Respuesta: El Coronel no tiene quien le escriba (Léelo acá no lo descargues) Esa mañana había puesto la casa en orden y estaba vestida de una manera insólita, con los viejos zapatos de su marido, un delantal de hule y un trapo amarrado en la cabeza con dos nudos en las orejas. “No tienes el menor sentido de los negocios”, dijo. “Cuando se va a vender una cosa hay que poner la misma cara con que se va a comprar”. El coronel descubrió algo divertido en su figura.
—Quédate así como estás —la interrumpió sonriendo—. Eres idéntica al hombrecito de la avena Quaker.
Ella se quitó el trapo de la cabeza.
—Te estoy hablando en serio —dijo—. Ahora mismo llevo el gallo a mi compadre y te apuesto lo que quieras que regreso dentro de media hora con los novecientos pesos.
—Se te subieron los ceros a la cabeza —dijo el coronel—. Ya empiezas a jugar la plata del gallo.
Le costó trabajo disuadiría. Ella habla dedicado la mañana a organizar mentalmente el programa de tres años sin la agonía de los viernes. Preparó la casa para recibir los novecientos pesos. Hizo una lista de las cosas esenciales de que carecian, sin olvidar un par de zapatos nuevos para el coronel. Destinó en el dormitorio un sitio para el espejo. La momentánea frustración de sus proyectos le produjo una confusa sensación de vergüenza y resentimiento.
Hizo una corta siesta. Cuando se incorporó, el coronel estaba sentado en el patio.
—Y ahora qué haces —preguntó ella.
—Estoy pensando —dijo el coronel.
—Entonces está resuelto el problema. Ya se podrá contar con esa plata dentro de cincuenta años.
Pero en realidad el coronel había decidido vender el gallo esa misma tarde. Pensó en don Sabas, solo en su oficina, preparándose frente al ventilador eléctrico para la inyección diaria. Tenía previstas sus respuestas.
—Lleva el gallo —le recomendó su mujer al salir—. La cara del santo hace el milagro.
El coronel se opuso. Ella lo persiguió hasta la puerta de la calle con una desesperante ansiedad.
—No importa que esté la tropa en su oficina —dijo—. Lo agarras por el brazo y no lo dejas moverse hasta que no te dé los novecientos pesos.
—Van a creer que estamos preparando un asalto.
Ella no le hizo caso.
—Acuérdate que tú eres el dueño del gallo —insistió—. Acuérdate que eres tú quien va a hacerle el favor.
—Bueno. |