Condenado por ser feo
Cuando nace, el aye aye tiene la cabeza muy pequeña, casi del mismo tamaño que sus orejas y los ojos saltones.
El pelaje tarda en crecerle y parece una rata con aspecto enfermizo, de cuyo cuerpo sólo destacan, además de las enormes orejas, sus pulgares oponibles.
Tiene un rostro muy inexpresivo y el hecho de que sea nocturno, rápido y gran saltador, ha hecho que las supersticiones se disparen en Madagascar.
Su dedo intermedio es sustancialmente más largo y delgado que el resto y en esa anomalía reside el mayor temor de los lugareños.
Temen al aye aye como si fuera el peor de los demonios, le persiguen y le cazan, sin que los grupos conservacionistas puedan hacer nada por él, hasta el momento.