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Antiguo 25-04-2012 , 11:27:17   #3
ShadowLC85
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ShadowLC85 el Usuariox va por buen camino
  
Predeterminado Respuesta: Morbo en la Biblioteca

Antes de llegar al punto de no retorno la aparté la boca y, ante su sorpresa, me separé de ella y coloqué estirada mi cazadora que estaba en el suelo. Me recosté con la cabeza sobre una gruesa raíz del árbol y con un gesto le pedí que se sentase sobre mí. No puso ningún reparo. Con cierta calma puso cada una de sus rodillas a mi lado regalándome una bonita visión de su coñito hinchado y abierto y las luces de la ciudad al fondo. Abrió sus labios con sus dedos y dejó resbalar la punta de mi capullo longitudinalmente sobre ellos instantes antes de dejarse caer un poco ensartándose en mi polla.

Se inclinó hacia mí y, según mis manos se metían en su camiseta sacando sus tetas por abajo, ella con unos pocos movimientos arriba y abajo se quedó completamente empalada en mi polla. Comenzó a cabalgarme lentamente. Adelante y atrás, alante y atrás, adelante y atrás… con los ojos a veces cerrados y otras abiertos como platos se la veía esmerada en darse el máximo placer. Yo acariciaba ahora dulcemente sus tetas. Duras, redondas, hinchadas, extremadamente suaves, y entre ellas una ligera película de sudor que rozaba con las yemas de mis dedos. No sé el tiempo que estuvo así, pero me esforzaba por retenerlo en mi memoria. Con una voz deliciosa me dijo:

- ¿puedo correrme?

- Claro que sí, cielo… pero que yo te sienta

Para mi extrañeza, cambió la posición de sus rodillas echándolas hacia atrás y quedando en una rara posición tumbada sobre mí y aún empalada. Entonces empezó a frotarse. Se movía extrañamente, como dirigida por su propio coñito que había encontrado el punto óptimo de roce sobre mí. Sentía su pelo sobre mi cabeza, y su pelo del coño arañaba ligeramente mi propio pubis. En nuestros puntos de contacto había un mar de fluidos corporales. Cristina seguía frotándose, incansable, gimiendo cada vez más intensamente, hasta que casi gritando comenzó a correrse como si toda su vida estuviese concentrada en cada uno de los espasmos “¡¡¡aaaahhhhh!!! ¡¡¡aaaahhhhh!!! ¡¡¡aaaahhhhh!!! ¡¡¡aaaahhhhh!!! ¡¡¡aaaahhhhh!!!”. Perdí la cuenta del número de sacudidas que tuvo, pero se quedó completamente empapada en sudor y desmadejada sobre mí.

Se quedó tumbada sobre mí. Desmadejada. Respirando con dificultad pero satisfecha. Así la dejé un par de minutos, pero yo aún tenía que cobrarme mi trabajo. Con mucha más suavidad, pero mayor firmeza la ordené “ponte como antes, Cris”. Obedientemente lo hizo y volvió a ponerse sentada y clavada sobre mí. Ahora me miraba con una extraña dulzura. Yo, sin embargo, la follaba con dureza. Movía violentamente mis caderas para asegurarme de que mi verga la entraba hasta el fondo de su ser. Ahora no me cabalgaba. Solamente se dejaba hacer. Se dejaba follar, utilizar. Como una muñeca hinchable que sabe cual es su obligación. Pero eso sí, mirándome con cariño. No pude aguantar mucho más y, entre escalofríos que partían de mi polla y me invadían hasta la punta de mis pies, me corrí dentro de esa diosa. En su acogedor coñito que se había abierto para mí. UUUUUFFFFFFFF. Aún me empalmo al recordarlo jajaja.

Entonces se tumbó de nuevo sobre mí. Y tras unos minutos, se puso a mi lado mientras nos besábamos la boca suavemente. No hacían falta muchas palabras. Sólo experimentaba aún el momento “amor” que se da en estos casos. En tres ocasiones me confesó entre susurros que había sido fantástico. Yo también aguanté unos minutos acariciándola y diciendo palabras cariñosas, pero no demasiado tiempo. Una vez más tenía que actuar con inteligencia y antes de que llegase el momento de su arrepentimiento, la dije con dulzura que nos íbamos y nos vestimos sacudiéndonos el polvo de la ropa. Por cierto, qué bonito es ver cómo se viste una mujer así.

La llevé a su casa y la dejé con lágrimas en los ojos. Ya había entrado en la fase posterior a la euforia y quizá se arrepintiese de lo que había pasado. A mí ya me daba igual, estaba claro que por diferencia de clase y edad, no podía aspirar a nada más con Cristina. Ya había tenido lo que quería. Me había metido en su cálido y perfumado coñito de chica bien, y la había hecho gozar. La había tratado como una mujer, como una novia cariñosa y como una puta viciosa ¿qué más podía pedir?. Cristina me dio un beso en la mejilla y se despidió con un simple “adiós”.

Durante la siguiente semana no la vi por la Facultad. Disimuladamente la busqué, pero no fue a clase o, al menos, no coincidí con ella. Cuando la volví a encontrar en la biblioteca, evitó nuestro contacto visual. Jajaja lo sabía, estaba arrepentida de lo que había pasado. Entendí rápido el mensaje y no hice ningún acercamiento. En realidad me daba igual, pero lo que me jodía era que a última hora de la tarde, llegó el imbécil de su novio holandés y la dio el mismo beso asqueroso que siempre. Ella le había perdonado y me parecía lamentable por su parte.

Con el paso del tiempo volvimos a nuestra rutina de salir a fumar un cigarro. No volvimos a mencionar el tema y yo ya no la ofrecía fumar ni vueltas en moto. No obstante, nos hicimos más amigos y, cuando había sitio, nos sentábamos juntos. A mí, Cristina me seguía poniendo super cachondo, pero no lo dejaba translucir. De hecho, me había buscado una “medio novia” muy parecida físicamente a ella, que era la que recibía las consecuencias de mi estado. Seguía enchochada del imbécil del holandés. Por mis amistades y mi actividad nocturna en un bar de copas me había enterado que el tal Ken en secreto se tiraba a alguna españolita más. No quise decir nada a Cris. Era el típico caso en que diría que es mentira y me echaría la culpa a mí. Además, allá ella. Con todo me moría por follármela más veces pero sabía que, después de lo que pasó, sus precauciones eran máximas.

Así pasó la navidad, el invierno, y entramos en primavera. La primavera la sangre altera, y más cuando la chica que se sienta enfrente cambia sus vaqueros por vestiditos y minifaldas. Para ella era el último año, y no quería suspender ninguna asignatura. El imbécil del holandés también se lo tomaba más en serio, después de estar todo el año tocándose los cojones. Seguro que le aprobarían por el morro por el hecho de ser erasmus y de fuera. Yo llevaba muy bien la carrera y se me había metido entre ceja y ceja follarme a Cristinita alguna vez más antes de que acabase el curso y desapareciese. La había perdido totalmente el respeto, y más aún cuando la muy imbécil hablaba de irse a trabajar a Holanda (y “su Ken” no lo sabía).

Un día, con la biblioteca bastante llena, estaba sentado frente a Cris y el imbécil de Ken a su lado. Ellos susurraban todo el rato y me estaban empezando a molestar. Él se puso a darle suave morreo mientras reían en bajo, y a mí se me ocurrió poner mi pié descalzo sobre el tobillo de ella, que estaba frente a mí. Abrió los ojos como platos sorprendida y tal vez enfadada, pero no dijo nada para que Ken no se enterase y la montase. Entonces empecé a subir mi pié sobre sus medias, por la parte interior de su pierna. Ella estaba más nerviosa, pero no decía nada. Cerró los muslos atrapando mi pié entre ellos y yo, con pequeños movimientos la frotaba.


Última edición por ! Master !; 25-04-2012 a las 11:56:50 Razón: Puede causar confusión.
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