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Los mejores licores
Siempre he sido un poco pieza. Me crié en un barrio del extrarradio de Madrid y siempre rodeado de las peores compañías. A pesar de todo, era un estudiante razonablemente bueno. Aunque sólo fuera por amor a mi madre que se dejaba la vida trabajando para darnos una educación a mi hermano y a mí, después de que mi padre se “hubiera ido a por tabaco” y nunca hubiera vuelto a casa.

Yo era el típico español. Delgado y fuerte. Ni alto ni bajo. Moreno. La mayor parte de las veces sin afeitar. Con el pelo más largo de lo que quisiera mi madre. Aunque nunca he sido un adonis, tenía cierto desparpajo y siempre he tenido bastante éxito con las chicas. Chulo, un poco macarra, con una pequeña afición al hachís, muchas veces metido en peleas, y siempre llevando alguna moto de dudosa procedencia… tenía cierto nombre y siempre salía con una u otra del barrio.

Cuando pasó lo que contaré, estaba en primero de Derecho y tenía 18 años. Acababa de entrar en la Universidad, y quería tomármelo en serio. Lo necesitaba para salir de ese ambiente. Me gustaba el Derecho. Me encajaba. Para evitar que mis amigos me arrastraran al bar, por las tardes me solía quedar a estudiar en la biblioteca de la Facultad. Allí me sumergía en los libros: Derecho romano, Aministrativo… Los fines de semana, trabajaba en un bar de copas de mi barrio, pero entresemana tenía todo el día para mí, y lo aprovechaba entre clases y estudios.

Había una diosa morena que solía estudiar también en la misma zona de la biblioteca. Era mayor que yo y estaba en el último curso. No es que fuera una belleza exótica, pero era una chica con curvas y todo en su sitio, además de una bonita sonrisa, dientes blancos como perlas y ojazos enormes. Siempre la observaba discretamente cuando se sentaba frente a mí. Me encantaba ver cómo se colocaba muy bien su faldita para que no se le viese nada. Era una chica tímida y reservada. Por sus formas y su vestuario se notaba que era de procedencia adinerada. Educada. Con clase. De las que me volvían loco porque eran inaccesibles para mí. Nada que ver con las chicas de barrio con las que yo salía y con las que, cuando podía, experimentaba algunas perversiones.

Después de varias semanas, había conseguido cambiar ocasionalmente algunas palabras con ella. Se llamaba Cristina, tenía 24 años y un novio como Ken el de la Barbie. Era un chico de Erasmus, alemán u holandés, me da igual. Un gilipollas que notaba que me miraba mal. Como por encima del hombro. Me cabreaba ver como llegaba cada tarde, a última hora, y le daba un beso asqueroso en la boca. Ella, al ver que yo la miraba con expresión de desagrado, me miraba de reojo poniéndose colorada. Se notaba claramente que no le gustaba lo que le hacía “su Ken” en público, pero no se atrevía a decirle nada.

Poco a poco tomamos algo de confianza. Yo la ofrecía salir a fumar conmigo y ella, aunque no fumaba, a veces salía para despejarse. Nos entendíamos bien. Hablábamos de cosas sencillas como pelis de cine, o motos, que la encantaban. Yo exageraba mis conocimientos y le invitaba a llevarla a casa en mi quemada Yamaha, aunque ella siempre declinaba porque la venía a buscar Ken. Desde su altar de chica guapa, mayor que yo, educada y con dinero, se notaba que le hacían gracia mis ocurrencias. Pero nada más. Tampoco es que fuéramos grandes amigos, y ni siquiera nos sentábamos juntos cada tarde, pero nos conociamos.

A veces me quedaba mirándola, sólo por provocarla. Me divertía ver su reacción y su sonrisa tímida y, todos los estudiantes lo sabéis, en esos momentos de biblioteca, uno se entretiene con cualquier cosa para no estudiar. Yo, cada hora, salía a fumarme un cigarrito o un porro flojito y ella, si no era la hora en la que esperaba a su perfecto “Ken”, me acompañaba. El imbécil de su novio se cabreaba cuando la veía conmigo, como si yo tuviese opciones sobre ella, o como si fumar fuese el peor de los pecados. Alguna vez había presenciado como él la regañaba, y era desagradable de ver. Una diosa española siendo hablada mal por un imbécil. Me sentaba mal la actitud sumisa de ella aceptando su regañina y, aunque él me sacaba una cabeza, me daban ganas de darle un par de hostias. Pero no me quería meter en sus líos. Además, se notaba que ella, de alguna forma, le admiraba. ¿No habéis visto a personas que cuando peor las hablan, más defienden a sus parejas? Pues era un caso así.

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