| Denunciante Sobresaliente
| Respuesta: Herbert Mullin - El Hippie Asesino Según el psiquiatra Donald Lunde, el asesinato del Padre Tomei fue el que más afectó a la cordura de Herbert, él había querido desfogar la ira que tenía acumulada contra su padre (que era muy católico y severo) y, para eso, había decidido matarlo de manera simbólica en la persona del Padre Tomei. Pero eso, en opinión de Lunde, habría de generarle posteriormente una crisis de culpa que le llevaría a querer restituir la deuda de conciencia con su padre. Por lo anterior, ya que su padre era un héroe de guerra, y también porque al entrar a las Fuerzas Armadas él podría desfogar su agresividad matando bajo el amparo del Estado, Herbert Mullin decidió unirse a los Marines de Estados Unidos. 
Dibujo de Mullin en el que representa sus cálculo sobre un posible terremoto.
El asesino logró pasar los exámenes físicos y psiquiatricos, pero se le negó su adminisión debido a su historial delictivo, ya que tenía arrestos menores y un extraño comportamiento. Este rechazo reforzó los delirios conspiratorios en la mente de Mullin, el cual estaba convencido que sus oponentes eran un grupo de poderosos hippies.En enero de 1973, Herbert llegó a pensar que eran las drogas las que habían llevado su vida a la ruina y las que le habían impedido honrar a su padre, ya que fue por los delitos que había cometido en la época en que consumía por lo que no lo dejaron ingresar a las Fuerzas Armadas. Pero, en la mente de Herbert, las cosas no se podían quedar así: su vida había sido destruida por los trastornos que las drogas le habían causado y existía un culpable principal, alguien que debía pagar con el máximo precio posible: Jim Gianera, su amigo que le había introducido en las drogas años atrás. Gianera, sea cómo fuera, debía morir. 
Mullin años despues de su detención, ya en la cárcel.
Cuando Herbert llego a la casa de Gianera el 25 de enero de 1973, descubrió que su “amigo” se habia mudado y la cabaña [2] estaba ocupada por Kathy Francis. Ella le dio la dirección de la nueva casa de Gianera.El crimen fue una atrocidad digna de llevarse a la Gran Pantalla. Herbert tocó la puerta y Gianera lo recibió. Sin darle tiempo a reaccionar, Herbert lo increpó por haberlo introducido al mundo de las drogas y, tras gritarle con los ojos vidriosos y la voz quebrada por el llanto que se estaba burlando de él y lo estaba engañando (la frase exacta que usó fue “¡You're claptrapping me!”), le disparó a Gianera por detrás mientras aquel corría intentando escapar. Entonces, aún con vida y con parte de la escalera recorrida (la casa era de dos plantas), Gianera se arrastró gimiendo y goteando sangre por los escalones, empujó la puerta de su cuarto y, antes de que su mujer consiguiera refugiarse con él en el baño (la mujer se estaba duchando previamente), Herbert les disparó a ambos en la cabeza. Sin estar satisfecho con matarlos, el asesino dejó fluir toda la ira y el rencor que tenía guardado hacia Gianera y sacó su puñal y lo introdujo una y otra vez en las cabezas de Jim Ralph Gianera de 25 años y su esposa Joan Gianera de 21 años…Horas después, la madre de Joan —que se encargaba de cuidar al hijo ( por suerte no estaba en el momento del crimen) de los Gianera— encontró el cadáver de su hija y de su nuero…
Pero la misión de venganza aún no estaba completa. Kathy Francis sabía que él había ido a la casa de los Gianera y podía hacer que la Policía lo capture demasiado pronto: ella, aunque inocente, estaba condenada a ser una víctima más en la venganza del desquiciado Herbert Mullin. Determinado a cumplir cada punto del plan, el asesino regresó en su coche a la cabaña de los Francis, estacionó su vehículo en la carretera para que no se bloqueara en el barro que rodeaba la cabaña, tocó la puerta y esperó.
Kathy Francis, al abrirle, se desplomó en un charco de sangre tras recibir un disparo en el pecho y otro en la frente. Implacable, Herbert se dirigió rápidamente al cuarto en el que supuso que los dos hijos (Daemon de 4 años y David de 9) de la pareja estaban, abrió la puerta con violencia y los fulminó a tiros y, en un arrebato de ira y bestialidad, comenzó a apuñalar los cadáveres de los tres inocentes.
Las autoridades, que sabían que Katy y su esposo estaban metidos en el mundo de la droga, sospecharon que podía tratarse de una venganza pero a fin de cuentas no supieron bien qué hacer con el crimen. En primera instancia, aunque contra natura, se sospechó de Bob Francis ya que la Policía lo tenía fichado como traficante. Lo llevaron a un interrogatorio y le hicieron dar una lista exhaustiva de traficantes de droga, rivales, enemigos personales y todo inadaptado social o delincuente que él conociera y considerase relevante para el caso. Herbert Mullin, al no constar en la lista, logró una vez más escabullirse de la Policía. Por esa misma fecha Edmund Kemper (otro asesino en serie) andaba cometiendo crímenes atroces en la misma zona y alguno de los crímenes de Herbert se le adjudicaron incorrectamente a Ed Kemper.
Un mes despues, a principios de febrero de 1973, Mullin paseaba por el parque estatal Henry Cowell Redwoods, cuando encontró cuatro adolescentes hippies acampando. Herbert se hizo pasar por un guardabosque del parque y dijo que estaban contaminando el bosque, pero ellos se rieron cuando les pidió que se fueran. Mullin se les quedó mirando lleno de ira ya que ellos representaban todo cuanto había echado a perder su vida. En su mente, las alucinaciones auditivas se dispararon y se creó un diálogo en que él le preguntaba a cada uno de ellos si aceptaba ser ejecutado. Todos aceptaron. En realidad, después de reírse un rato de la cara enfadada de Herbert, los chicos regresaron a sus cosas sin pensar que, en cuestión de segundos, el asesino sacaría su revólver para ejecutarlos uno por uno. Nadie sobrevivió: el último, que pudo haber escapado, se enredó en su tienda de campaña mientras intentaba correr y, antes de alcanzar a desenredarse, fue ejecutado. Herbert inspeccionó un poco en las pertenencias de los chicos, tomó un rifle y 20 dólares y se marchó. Una semana después se encontraron los restos de David Oliker de 18 años, Robert Spector de 18, Brian Card de 19 y Mark Dreibeldis de 15. 
Mullin al ser detenido, en una foto policial.
El último homicidio sucedió tres días después, el 13 de febrero. Herbert no tenía planeado asesinar a nadie ese día, simplemente iba a llevar leña a casa de sus padres cuando de pronto en su cabeza oyó la voz de su padre diciéndole:
“No entregues un solo palo de madera hasta que no hayas matado a alguien”
En primer lugar la voz le había solicitado la muerte del tío Enos pero, tras la negativa de Herbert, la voz decidió contentarse con la muerte de cualquiera. Cansado de sus misiones de asesinatos pero a la vez sabiéndose incapaz de parar por su cuenta, Herbert Mullin decidió cometer un crimen imprudente y estúpido para ver si todo acababa. Así, en medio de una mañana tranquila y nublada, Herbert vio a un anciano en la calle, se le quedó observando un rato desde su coche, se bajó, le disparó con el rifle que había robado del campamento de los cuatro jóvenes hippies, se subió de nuevo, dio marcha atrás con su coche con calma y se marchó. Muchos vieron cómo mató a Fred Perez, un boxeador retirado de 72 años. Incluso, alguien que vio el crimen desde su ventana alcanzó a ver el número de la matrícula y llamó a la Policía. Momentos más tarde, Herbert fue capturado por la Policía mientras se desplazaba en su camioneta Chevy cargada de leña. Aquel fue su último crimen. Juicio y Descubrientos
Una vez en prisión, Herbert confesó sus crímenes y dijo que todo lo que había hecho se lo habían pedido las voces en su cabeza para así prevenir un terremoto. Herbert aseguró que la razón por la que no sucedió un terremoto recientemente se debía a su labor. Herbert Mullin fue acusado de diez homicidios y su juicio comenzó el 30 de julio de 1973, debido a que el acusado admitió sus crímenes, el juicio sirvió para determinar si era demente o culpable de sus acciones.
Como evidencia a favor de la hipótesis según la cual Herbert no estaba cuerdo y había sufrido un serio menoscabo en sus facultades mentales, los oficiales presentaron una carta (encontrada en la habitación de Herbert) escrita por el asesino durante el día en que mató a Perez:
‹‹Que se sepa a las naciones de la Tierra y las personas que lo habitan, este documento tiene más poder que cualquier otro medio escrito antes. Una tragedia como lo que ha sucedido no debería haber ocurrido y debido a esta acción que tomo de mi propia voluntad estoy haciendo posible que se produzca de nuevo. Mientras pueda estar aquí tengo que guiar y proteger a mi dinastía››
De hecho, cuando el jurado llamó a los psiquiatras para que dieran su veredicto, la opinión fue unánime: Herbert Mullin era un esquizofrénico paranoico y su caso, como el de la mayoría de sujetos que presentan dicho trastorno, implicaba alucinaciones auditivas (las voces que lo incitaban a matar), pensamiento fragmentado, sistemas de creencias delirantes (los sacrificios humanos para evitar desastres) que incluían un patrón de importancia (él, por su fecha de nacimiento, creía que tenía una misión especial) y delirios de posesión de facultades psíquicas (él se creía telépata). En respaldo de lo anterior, el psiquiatra Donald Lunde puso una cinta en la que Mullin, a través de una canción hecha por él mismo, describía su delirante filosofía. La canción se llamaba “Die Song” y decía lo siguiente:
‹‹Ya ves, la cosa es que la gente se reúne, digamos, en la Casa Blanca. A la gente le gusta cantar la Canción de La Muerte, tú lo sabes, a la gente le gusta cantar la Canción de La Muerte. Si yo soy presidente de mi clase cuando me gradúe de la secundaria, yo podría nombrar dos, posiblemente tres jóvenes homo sapiens que morirán. Yo podría cantarles la canción a ellos y ellos tendrían que matarse a ellos mismos o ser asesinados —un accidente automovilístico, una puñalada, una herida de bala. ¿Tú me preguntas por qué es esto? Y yo digo, bueno, ellos tienen que morir con el fin de proteger la tierra de un terremoto, puesto que todo el resto de la gente en la comunidad ha estado muriendo a lo largo del año, y mi clase, nosotros tenemos que contribuir en eso para hablarle a la oscuridad, nosotros tenemos que morir también. Y la gente preferiría cantar la Canción de La Muerte que asesinar. |