Veintidós gladiadores lo dieron todo en el campo. Valencia y Real Madrid por igual crearon oportunidades a granel, pero ninguno pudo vulnerar la portería del contrario. Los palos fueron los protagonistas junto con los porteros.
Casillas y Guaita, inmensos. Taparon balones imposibles, pero el valenciano se merece el título de mejor jugador del campo, por la muralla que edificó en los últimos minutos del partido. Tapó todo lo que se le puso delante, disparos a quemarropa y de media distancia. Despejó con los puños, contuvo con los brazos, tapó con su cuerpo.
Mientras Benzema y Cristiano Ronaldo porfiaban, con un Marcelo empujando al equipo, un Özil tratando de crear oportunidades en espacios reducidos, Di María e Higuaín colaborando, todo el Madrid metido en el campo del Valencia y Guaita ahí, bien colocado, al que la suerte le perdonó una mala salida que los desesperados merengues no pudieron concretar.
Para olvidar el arbitraje. Perjudicó a ambos equipos. Penaltis claros, faltas descalificadoras, incluso balones que le correspondían al contrario como cuando decretó una sacada de puerta a favor del Madrid cuando era evidente un tiro de esquina, fueron el lunar de este partido jugado con todas las ganas que se pueden imaginar.
Un partido épico, y si a lo justo nos vamos, el empate es lo merecido. El Barcelona debe estar sonriendo aunque quizás no le alcance. Deben doler a estas alturas al menos un par de los puntos perdidos por fuera, pues a estas alturas, aún le alcanza al Madrid para ganar la Liga, incluso perdiendo en el Camp Nou.