¿Que más podía ofrecerme esa mujer? Acerqué mis labios a los suyos y la besé con una ternura que despertó en ella una sensualidad que se podía palpar en el aire. Estaba completamente entregada a mí, hasta que, por fin, nuestros labios se separaron
Se quedó mirándome fijamente, muy seria. Estaba pensando algo, pero no sabía cómo decírmelo. Yo estaba expectante por saber qué era. Presentía que aquel era el momento cumbre, sus palabras podían significar el fin, o el principio de algo memorable. Afortunadamente fue lo segundo.
Marcos, lo más importante es que no descuides a mi hija -me dijo muy seriamente- Si no lo haces y esto queda como un secreto entre nosotros, te prometo que a partir de ahora tendremos más experiencias como las de estos últimos días. Porque... yo parece que te gusto, ¿no?
- Mucho -le respondí tan serio como ella- ¿Y yo a ti?
- ¿A ti qué te parece? -me contestó con una pícara sonrisa.
Aquello me excitaba muchísimo y a Maria también, a juzgar por los suaves gemidos que salían de su boca. Al mismo tiempo que sus dedos acariciaban mi miembro de arriba abajo en una fantástica masturbación Tanta excitación era demasiado para mí y ella lo comprendió con una sonrisa. Aceleró los movimientos de sus manos y me hizo acabar en su boca. Una pequeña gota de semen resbaló por su barbilla, pero no le dije nada, me encantaba verla así.
Aquel sutil juego en el que tan pronto tentaba, como me dejaba tentar, estaba empezando a gustarme. Nadie había sentado las bases, nadie había fijado las reglas, y sin embargo cada día participaba más a gusto en él... y al parecer Andrea y su madre también. Era como jugar con fuego; intenso, arriesgado y prohibido.A la mañana siguiente toque a la puerta de la casa de Andrea como todos los días y esperé que me abrieran. Grande fue mi sorpresa cuando me abrió una mujer a la que no conocía.
¡Hola! -me dijo como si nada- Tú debes ser Marcos, ¿no?
Sí -contesté.
Pasa -me indicó y entré a la casa- Te preguntarás quién soy. Pues bien, soy Carmen, la tía de Andrea.
¡Ah! La famosa tía -exclamé y le di dos besos- Encantado de conocerla.
OH, no me hables de usted, no me gusta -dijo sonriendo y me invitó a pasar al comedor- Debes llevarte muy bien con Maria y Andrea. No han dejado de hablar de ti desde que entré.
Espero que bien.
Por supuesto -me respondió-
-Quisiera que con el tiempo también yo pueda decir lo mismo. Puedes estar tranquilo.
¡Miren quién ha venido!
¡Hola Marcos! -me saludó Maria desde el sofá- Ya conoces a mi hermana, ¡ven! Siéntate un momento con nosotras mientras esperas a Andrea. Salio hace un rato con su prima, pero ahora vienen.
Así fue como conocí a la tía de Andrea. Me enteré que hacía seis meses que se había separado de su marido. Había venido con su hija a la ciudad aceptando la invitación de su hermana y pensaba pasar con ellas una buena temporada. En ese instante presentí que no seria una persona más en mi vida.
Por fin volvió Andrea y pude conocer a Marita, su prima. Tenía trece años y era la criatura más inocente que había visto en mi vida, quizás debido a haber crecido en un pueblo, alejada de la vida de la ciudad.
En aquella época mi vida transcurría prácticamente entre la casa de ellas y mi escaso tiempo de escritor.
En una de las tantas noches que me quedaba a dormir. Maria, Andrea y yo, estábamos sentados a la mesa tomándonos un café mientras veíamos una entretenida película en la tele. La hermana de Maria estaba en su cuarto haciendo las maletas, pues se iba al día siguiente de vuelta a su pueblo para arreglar unos asuntos. Su hija se quedaría, ya que tenía vacaciones en el colegio. Al rato, entraron las dos en el comedor.
- Bueno, nosotras vamos a acostarnos ya -dijo con los ojos algo cansados- Mañana tengo que levantarme muy temprano y no creo que nos veamos así que... será mejor que me despida ahora.
Los tres nos levantamos y nos despedimos de Carmen. Aquella mujer había acabado por caerme bien, se parecía mucho a su hermana en la simpatía natural que ambas compartían. Me apenaba un poco que se fuese, pero también me alegraba pues así despejaría un poco mi camino hacia Maria que desde que ella estaba se había enfriado un poco.
- Tía, ¿te importa que me vaya contigo al pueblo? -se ofreció Andrea- Así no estarás tan sola... Siempre que a mi madre y a Marcos no les importe.
- Claro, cariño -dije yo- Te echaré de menos, pero me encanta que acompañes a tu tía.
- Por mí, ¡bien! -dijo Maria- Pero aún tiene que decir tu tía si quiere que vayas o no...
- Me encantaría -dijo su tía- ¿Seguro que no te aburrirás?
- Claro que no, contestó mi novia- Eso sí, tendrás que despertarme tú, yo duermo como un tronco.
- De acuerdo -aceptó Carmen entre risas- Buenas noches a todos y encantada de conocerte, Marcos.
- Lo mismo digo -contesté y tras darnos dos besos a cada uno se fue a su cuarto con su hija.
Nos sentamos de nuevo a la mesa y serví un poco más de café. El ambiente se había vuelto un tanto triste por la despedida de Carmen y todos estábamos algo cabizbajos, en silencio y mirando la tele. Fue Maria la que rompió por fin el silencio.
- Lo siento porque es mi sobrina y la quiero mucho, pero tengo que decir esto -dijo muy seria- ¿Se fijaron en el camisón que llevaba? Parecía una vieja. La pobre tiene un gusto horrible para la ropa interior.
Andrea y yo estallamos en una sonora carcajada. Al principio nos miró sin entender de qué nos reíamos, pero por fin se unió a nuestras risas. Las lágrimas nos caían sin poder evitarlo, hasta que por fin conseguimos controlarnos y acabamos de tranquilizarnos.
- Qué cosas tienes mamá -dijo Andrea levantándose tomando la cafetera- Voy a buscar más café.
- Pero si es verdad -insistió Maria mientras su hija salía del comedor- ¿No te parece, Marcos?
- Sí, la verdad es que le quedaba horrible -acepté- Pero hay que tener en cuenta que no es más que una niña.
- Y ahora que no está Andrea te voy a decir una cosa -me dijo en voz baja- Has visto qué cuerpo tiene la niña, nadie diría que solo tiene 13 años, ¿verdad? No sé qué les dan de comer a las niñas en ese pueblo...
Maria tenía razón. Ya me había fijado en que la niña estaba demasiado desarrollada para la edad que tenía. Sus tetas eran aún pequeñas pero dignas de la supermodelo más cotizada, el cuerpo tenía unas curvas que quitaban el aliento y su culo, redondo y respingón, era capaz de volver loco a cualquiera. Además, aunque no era guapa tenía algo que la hacía no pasar inadvertida.
- Creo que es cosa de familia -le contesté mirándola apreciativamente.
- Vaya, gracias Marcos -me contestó sonrojándose un poco y en eso entró su hija.
- ¿Quién quiere más café? ¿Marcos? -me preguntó, asentí con la cabeza.
Mientras Andrea llenaba de nuevo la taza de café recién hecho, pensé en lo que acababa de decirle a Maria. Al decirlo no le había dado demasiada importancia, lo había dicho casi sin querer. Pero al pensar en ello me sentí bien por haberme animado a decirle un piropo tan abiertamente cara a cara.
Me había acostado bastante tarde, por eso a la mañana siguiente, cuando noté que me despertaban me di media vuelta en la cama e intenté seguir durmiendo. De reojo miré el reloj y por la hora que era deduje que Andrea y su tía ya debían haberse ido. Noté que una mano volvía a llamarme. Naturalmente no esperaba que fuese otra que Maria, la única que había quedado en la casa, pero me equivocaba. Ante mí tenía a la pequeña Mara, vestida únicamente con unas pequeñas braguitas de color rozado y una camiseta que no llegaba a cubrírselas del todo. Eso sí, sus dos tetas, de un tamaño más que respetable, se marcaban con toda nitidez contra la tela de la camiseta. Por lo visto su madre no le había enseñado lo que eran los sostenes, pues no recordaba haberla visto con uno puesto en todos los días que llevaba allí con nosotros.
- Vamos Marcos, despiértate -me dijo- La tía ya está preparando el desayuno... ¿Te gusta mi camiseta?