Estábamos tan pegados que Maria tenía ya la falda metida en el culo. Quería sentirla aún más pegada a mí y comprobar si esa pasividad era realmente aceptación al contacto de mi cuerpo. Me bajé la cremallera del pantalón oculto por la gente y la oscuridad reinante y comencé a frotar mi pija, contra su culo, aprovechando los vaivenes del tren. Maria se echó un poco más hacia atrás, apoyando su culo ahora deliberadamente contra mí y meciéndolo al ritmo del traqueteo del tren. A pesar de lo que me estaba haciendo, no por ello dejó de disimular con su hija, entablando una trivial conversación sobre la película pero sin dejar de moverse. Me di cuenta de lo realmente caliente que estaba cuando apoyó su mano sobre la mía, que estaba todavía en su cintura.
- ¿Estás bien, Marcos? -me preguntó girando la cabeza hacia atrás.
- Sí, Maria, no te preocupes -le contesté- Tú cuídame a la chica.
- No te preocupes -me respondió- Como si fuera mi hija.
Mientras intercambiábamos estas palabras, nuestros cuerpos ardían de la calentura. Al pasar la cuarta estación, no podía más y necesitaba ir un poco más lejos. Empecé a levantarle suavemente la falda hasta dejar la parte de atrás a la altura de mi estómago. Apoyé la pija sobre sus bragas, en la raya de su culo. Los movimientos del tren me permitieron bajar su prenda íntima unos centímetros y pasarle la punta por sus cachetes, sintiendo por primera vez el suave contacto de su piel, lo cual aumentó todavía más su desenfreno. Maria no se movía, estaba completamente quieta y no decía una sola palabra, como si fuera una adolescente manoseada por primera vez.
Cuando salíamos de la quinta estación, se la pasé por entre sus cálidos muslos. Ella, al sentir el contacto de esa carne caliente, entreabrió las piernas un poco, permitiéndome subir hasta llegar a su entrepierna y hacer presión contra sus blancas y suaves braguitas. Repetí la operación varias veces, bajando y subiendo por sus muslos, lo que me provocaba una deliciosa e interminable sensación. Sentía lo mojada que tenía esa zona de las bragas a causa de sus flujos.
Me di cuenta de que faltaba una sola estación para bajarnos, así que decidí llegar todo lo lejos que pudiera. La saqué de entre sus piernas, le bajé las bragas unos centímetros por detrás y metí mi hinchada pija por el espacio libre, colocándola de nuevo entre sus piernas, pero esta vez en contacto directo con su empapada concha, entre este y el interior de sus bragas. El suave traqueteo del tren y la fricción de ambos cuerpos hicieron el resto. Pocos segundos después descargaba una abundante cantidad de semen en el interior de aquellas bonitas bragas. Como una oportunidad así no se presenta todos los días, la saqué rápidamente chorreando y empecé a extender la leche por todo su culo, e incluso por sus piernas. Antes de meterla de nuevo en el pantalón, acabé de limpiármela con la parte de debajo de su falda, sabiendo ya que, cuando Maria llegase a casa y se desnudase, se llevaría a la boca los restos de mi leche que había en su falda y en sus bragas. Sin duda se haría una tremenda paja, recordando la experiencia que acababa de hacerle vivir el novio de su hija, algo que su marido no habría conseguido ni en sus mejores tiempos. Había logrado despojarla de toda conciencia y llevarla a un grado de indecencia inimaginable para ella hasta ahora.
Por fin llegamos a nuestra parada y al bajar nos sorprendió un inesperado frío para el que no estábamos preparados. Solo teníamos que caminar seis manzanas pero a mí me parecieron veinte. El fuerte viento nos obligó a abrazarnos los tres. Por suerte yo iba en medio, entre mis dos mujeres.
- Si alguien te ve con una mujer de cada brazo va a pensar que eres un gigoló -dijo Andrea y todos reímos con ganas.
Entre temblores y chistes fuimos recorriendo el camino. Antes de llegar a casa recordé la leche que había derramado sobre Maria, que probablemente todavía estaría liquida en el interior y en su falda, donde me había limpiado. Este pensamiento hizo que se volviese a parar la pija.
Por fin, doblamos la última esquina y nos internamos en la oscura calle donde vivían Andrea y Maria. La mitad de las farolas estaban fundidas y la gente decía que las cambiarían pronto, aunque todavía no se había visto a ningún trabajador de la municipalidad en la zona.
- Hacía tiempo que no tenía tanto frío -dijo Andrea temblando.
- No veo el momento de llegar a casa y tomarme un buen café caliente -añadió Maria apretándose más contra mí.
Al llegar a la parte más oscura de la calle empecé a bajar la mano con la que sujetaba a Maria por su espalda. Cuando llegué a la falda palpé hasta encontrar la parte en la que me había limpiado el semen, que aún se notaba algo mojada. Decidí bajar más para manosearle el culo, lenta y descaradamente antes de llegar a casa. Le acaricié la redonda superficie con la mano abierta, sintiendo con la palma la dureza que todavía mantenía. Seguí bajando casi hasta tocarle las piernas, sintiendo cada centímetro que recorría de su cuerpo como si estuviese completamente desnuda pues tanto la falda como las bragas eran de un tejido tan fino que prácticamente parecían la propia piel de Irma. Subí y bajé dos o tres veces la mano, apretando con placer, y acabé por levantar un poco la falda. Al ver la oportunidad empecé a meter la mano para entrar en contacto con sus muslos.
- Bueno, bueno... Parece que ya llegamos -dijo Maria para avisarme y subí rápidamente la mano para rodear de nuevo su cintura - Ahora, después de quitarme estos zapatos que me están matando, les prepararé un buen café. ¿Les gustaria?
- Perfecto, mamá -contestó Andrea entusiasmada- Marcos y yo te ayudaremos.
No solté a Maria hasta que llegamos al patio. Abrió la puerta y ya en el ascensor empezamos a entrar por fin en calor, aunque ella y yo lo habíamos hecho por el camino. Al llegar, la madre de Andrea se dirigió directamente al baño.
- Creo que voy a darme una ducha, pero enseguida salgo -nos avisó desde la mitad del pasillo- vayan preparando las cosas en la cocina.
- Bueno mamá -contestó Andrea
Dejamos los tapados en el comedor y nos fuimos a la cocina. Lo ocurrido desde la estación a casa me había excitado muchísimo, me sentía a punto de explotar, así que, agarre a Andrea en mis brazos y empecé a besarla apasionadamente.
- Chúpamela Andrea -le pedí ya fuera de control- Llevo todo el día a punto de explotar, cariño. Vamos, antes de que salga tu madre.
- Mmmm... Pobrecito -me dijo con voz melosa- Toda esa leche acumulada desde anoche. Ven Bebe, dame el biberón...
Andrea me abrió hábilmente la bragueta y sacó mi duro pene dispuesto ya a cualquier cosa. Se arrodilló y empezó a masturbarme con la mano, para enseguida metérsela en la boca hasta el fondo. - Así, cariño -gemí sintiéndome en la gloria- Chúpamela... Con la lengua... Como tú sabes... Antes de que venga tu madre...
- Y si llegara mi madre y nos descubriera... ¿te gustaría? -me preguntó sacándose la pija un instante de la boca para luego volver a tragársela entera.
No hizo falta que contestase. El simple comentario me había excitado tanto que Andrea lo notó en mi cara y empezó a chupármela con más ganas todavía. Luego volvió a sacarla.
- Y si entrara y viera esta enorme pìja, con todas estas venas hinchadas, entrando y saliendo de mi boca -dijo y siguió mamando con fuerza.
Aquellas palabras me hacían imaginar la escena y mi excitación seguía subiendo por momentos. Andrea chupaba como si se fuese a acabar el mundo y me sentía ya al borde del orgasmo.
- Y si se acercara y me ayudara a chupártela... -dijo, y dándome una nueva chupada añadió- Y si acabases en su boca, salpicándole toda la cara con tu leche...
Esto último fue demasiado para mí y acto seguido acabe con un verdadero manantial de leche que hizo que por poco se ahogase. Ella tragó con pasión hasta la última gota y siguió chupando hasta que mi pija empezó a perder vigor.
- Qué hija de ... que eres ¿Cómo me has excitado?
- Todo por tu leche, cariño -me contestó y siguió chupándomela un ratito más.
Después del café vino la cena. Al terminar, nos sentamos los tres a charlar en el sofá, tomándonos un postre y con la tele a media voz.
- Ah, no me acordaba -dijo Maria- Esta mañana ha llegado una carta de mi hermana.
- ¿Sí? -exclamó Andrea entusiasmada- ¿Cómo esta la tía?
- Bien y dice que tiene que venir al pueblo a entregar unos documentos, así que la he invitado a que pase unos días con nosotros -nos contó.
- ¿Y cuándo viene? -preguntó mi novia.
- No creo que tarde mucho. Cree que el mes que viene.
- Mi tía es estupenda -dijo Andrea dirigiéndose ya a mí- Es la persona más buena que conozco.
Acabamos de ver un programa muy divertido en la tele y luego me despedí pues ya tenía algo de sueño.
Ya en mi cama, deseé con todas mis fuerzas no haber tenido que irme aquella noche de casa de mi novia.
A la mañana siguiente noté que una mano se posaba sobre mi hombro y repetía
Vamos Marcos, despiértate -en la frase más larga que había oído nunca-
Al ver a Maria, mi sorpresa fue mayúscula. Llevaba puesto un camisón transparente, que era como no llevar nada, y un conjunto rosa de sujetador y braguitas. Mi preferido. No sé cuántas pajas me había hecho con aquellas prendas en mis manos. Estaba deslumbrante, más aún bañada en los rayos de sol que se filtraban por la ventana. Se sentó al otro lado de la cama y empezó a preparar el desayuno en una bandeja que dejó sobre mis piernas. Levanté la vista y admiré lo que se presentaba como una maravillosa mañana. El desayuno en la cama y una preciosa mujer al lado de la cama. ¿Alguien da más?
Sabía que te iba a sorprender trayéndote el desayuno a la cama -dijo Maria sonriendo. Tu mujer Andrea pronuncio mirándome fijamente y acentuando las palabras- fue hasta el pueblo y regresa pasado el mediodía.