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ALBAFIKA DE PISCIS
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Wave Respuesta: Corporación Popular Deportiva Junior (Topic Oficial)

La dura travesía por Colombia en pos de una estrella



¿Cómo no te voy a querer, si montado en una mula yo te vengo a ver?
Coro Frente Rojiblanco Sur

En la terminal de transportes me esperaban Chayane José y John Jairo Blanquicett, alias El Monito, pertenecientes al Bloque Sol 2000 del Frente Rojiblanco, mis dos compañeros de viaje en esta travesía por la séptima estrella de nuestro Junior del alma.

Luego de un par de llamadas y unas airadas negativas de su jefe, Chayane tuvo que abortar la misión. A las 11:15 de la noche, Blanquicett y yo, solos, emprendimos el ‘vuelo’, tomando la Calle 17 en la vía a Santa Marta. Nos despedimos de la brisa loca con la única esperanza de regresar con el título.

El Monito es hincha de cuna y de casta, su sangre es literalmente blanquirroja, todos en su familia desde el más pequeño hasta los abuelos asisten al estadio. Hace cinco años que pertenece al Frente, esa incansable barra que pone a temblar el Metropolitano, a sudar a los policías y a correr a los rivales. “Vamos a ganar dos acero”, me dice convencido respondiendo a una pregunta nunca hecha.

Él se ha convertido en los últimos seis años en una sombra literal del Junior. No estudia ni trabaja, su único alimento es el triunfo del equipo. Sonríe como acordándose de las recriminaciones de su familia.

Por la rendija del bus se mete un sol caliente que nos hace renacer las ganas de no alejarnos de nuestra ciudad. “El Junior se le mete a cualquiera en el corazón”, dice El Monito sobre el Puente Pumarejo y el río allá abajo queda como testigo de ese amor profundo que sabe a tierra. ¡Como no!, si es su sol, pensé yo.

Atravesamos el gran Magdalena de historias, en medio del bamboleo del bus. El Monito cuenta que las plazas más calientes son Medellín y Cali, sabe que en Manizales no será tan alto el voltaje. “La verdad es que en la barra hay de todo, uno que otro coleto y por eso nos discriminan”. Ha tenido entre siete y ocho enfrentamientos fuertes, incluso con heridos. “No puedo negar que a veces yo también me he ido a esperar a los hinchas para robarles la bandera. El trapo es lo más importante para un hincha. Ser barra brava no es un delito si no un sentimiento”.

Llega la banda loca del rojiblanco, la que te sigue Junior a todo lados, la que si vas perdiendo te sigue alentando, la que a pesar de todo te sigue amando.

Me dice que él también quisiera que se acabara la violencia pero nunca faltan los insultos y las provocaciones. “Para hacer esto hay que quererlo mucho. Viajar en mula pasando hambre, sin bañarse, hay que ser un guerrero del camino”. Entonces ¿Vale la pena matar por una camiseta?, insisto. “¡Nooooo!, pero esta es una cultura como cualquier otra, una tribu. Y yo me haría matar por los colores mi camiseta”, responde contradiciéndose pero sinceramente. Hace apenas unos meses casi muere al caerse de una mula pero eso no es excusa para dejar de acompañar el equipo. Cinco miembros de la barra no contaron con tal suerte.

En Bosconia una protesta nos atascó de cuatro a cinco y media de la tarde. Llegamos a Pailitas a eso de las nueve de la noche, hicimos parada técnica para comer. El menú: fritos recalentados. Luego un par de películas de acción.

Honda, 6:40 de la mañana, 19 horas de viaje, cansancio y carretera. Cada hueso del cuerpo duele. Media hora después llegan las busetas que nos van a llevar a Manizales. En la pausa El Monito recalca: “Por mis trapos y por el Junior me hago matar”. No puedo jugar al psicoanalista, ni juzgarlo, ni tomar partido, no lo entiendo porque mis fervores y pasiones pertenecen a un talante introvertido. Eso no las hace más ni menos importante. Solo diferentes.

El grupo se crece, nos encontramos con un integrante de Los Kuervos, residente en Bucaramanga, llamado Luis Carlos Torres, de 25 años. Camiseta puesta, encima banderas y prendas alusivas. Luego se unieron al grupo Anthony Olivieri, de 23 años, procedente de Aguachica, Cesar, y José Pérez, de 20, también de Los Kuervos, quien venía viajando desde Bogotá.

Ahora somos cinco. Nos subimos a una buseta. La felicidad duraría poco. Entre los municipios de Fresno y Padua nos tocó bajarnos y caminar más de cinco kilómetros a causa de deslizamientos y derrumbes en la vía. Ante la idea de tener que esperar varias horas sería mejor avanzar a pie para llegar a tiempo.

Cuesta arriba el sol nos acompañaba, de repente, oh sorpresa, varios miembros del Holocausto, una barra brava del Once Caldas, que venían de Bogotá estaban frente a nosotros. El momento fue tenso: hubo miradas agresivas y provocaciones.

Minutos después vimos la oportunidad de treparnos en una tractomula, pero nuestro intento fue frustrado porque uno de Los Cholos, como llaman a los barristas del ‘blanco blanco’, trató de atacarnos con un machete. Por fortuna aparecieron unos policías, quienes controlaron la situación. Los uniformados se encargaron de custodiarnos y embarcarnos.

Cada cinco minutos nos deteníamos por los deslizamientos, y estábamos angustiados porque podíamos tropezarnos de nuevo con Los Cholos.

A las 2:30 p.m., finalmente llegamos a Manizales, después de 27 horas y 30 minutos de viaje. La ciudad estaba fría, a pesar de la neblina parecía un día de fiesta, todos estaban de blanco.

Todos lucían convencidos de que serían los campeones, menos El Monito y su tribu quienes a pesar de la larga travesía a penas empezaban su batalla por el honor, por la séptima estrella y todo por su Junior del alma.

Mañana: el final feliz de la aventura.

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