Se trata de una sala sin ventanas, mal iluminada con un par de fluorescentes. En el suelo, migas de pan, algún cabello que se mueve levemente, pelusas de polvo, alguna hormiga que va de un lado a otro…
María se dirige a su taquilla, la abre, se quita la bata y la cuelga y recoge su bolso pensando ya en el fin de semana. El sábado por la tarde ha quedado con sus amigas para ir a tomar algo en el bar de la plaza del pueblo, donde se junta toda la juventud y fuente de la mayoría de noviazgos. Hace ya meses que María comparte miradas y sonrisas con Manuel, un muchacho alto y delgado de diecinueve años y que en breve partirá para cumplir el servicio militar en las Islas Canarias.
Ensimismada en sus pensamientos, María cierra la taquilla, se da la vuelta y se da de bruces con el Sr. Altamira. La muchacha lo mira sorprendida, no entiende que hace el hombre en esa sala reservada sólo a mujeres. Aunque la luz es escasa, Maria percibe las mejillas arreboladas de su jefe, los ojos brillantes y el pecho que le sube y baja aceleradamente sobre la prominente barriga.
El Sr, Altamira tiene cuarenta y pocos años, más bien bajito y con unos quilos de más, calvo y de mirada inteligente. Casado y padre de tres hijos que estudian internos en Barcelona capital.
Los dos se miran bajo la pálida luz intentando decir algo, pero a ninguno de los dos les salen las palabras. Hasta que el Sr. Altamira coge el bolso de las manos de María y lo deja sobre la banqueta en la que las empleadas se sientan para cambiarse los zapatos. María no comprende nada, está asustada, sobretodo por la falta de palabras de él, que siempre se muestra muy elocuente.
El hombre la coge de las manos y la atrae hacia él. Con la proximidad de los cuerpos María percibe el calor casi animal que se desprende del hombre, y el olor… Un olor que nunca antes ella ha percibido, una mezcla de sudor limpio, de piel ardiente, un aroma que le recuerda a la flor del saúco.
Al final él consigue articular unas palabras “no tengas miedo, no te voy a hacer daño, ya verás como te gusta…” y a María se le llenan los ojos de lágrimas porque, aunque no tiene ninguna experiencia con los hombres, sí que ha oído hablar de “esas cosas” y comprende que algo va a pasar y ve con meridiana claridad que tiene dos opciones, empujar a ese hombre, apartarlo de su camino, huir de ahí y perder el trabajo… O quedarse, apretar los dientes, pasar el mal rato y mantener su puesto de trabajo.
Con una frialdad que a ella misma le sorprende, escoge la segunda opción y musita un “soy virgen” que a los oídos del Sr. Altamira suena a gloria por lo que implica de aceptación.
Él la tranquiliza, sabe que la chica “necesita” su virginidad para casarse. Como hemos dicho los tiempos empiezan a cambiar, pero en un pueblo una muchacha “sin honra” se convierte en una solterona o en una puta.
Así que él le dice con voz queda, cargada de deseo, “no te preocupes, no te desgraciaré, levántate la falda”. María lentamente se sube la falda mostrando sus bien torneadas piernas y sus muslos blancos de piel fina. “Súbela más” dice él. Y María se sube la falda hasta la cintura, él se arrodilla delante de ella, le baja las bragas hasta los tobillos y acerca su cara al pubis poblado de un suave vello rubio oscuro. María se estremece al notar la cálida respiración de él sobre su vagina, no puede verle la cara, si mira hacia abajo ve el bulto de su falda abullonada alrededor de la cintura, la cabeza de él oculta a su mirada.
Él la empuja levemente hasta que la espalda de Maria queda apoyada en el frío metal de las taquillas. El Sr. Altamira separa con las dos manos los labios mayores de la vagina de la muchacha, saca la lengua y lame los labios internos con hambre. María percibe el ruido de los lametones, el chapoteo de la saliva, le recuerda a su perro cuando bebe agua. Él separa un poco más los labios, la punta de la lengua a la entrada de la vagina, girando en círculos, subiendo después hacia el clítoris, presionando el capuchón, como pidiendo permiso. El hombre refriega su cara entera en el coño suave, con un olor que le recuerda ligeramente a la piña, lo chupa, lo muerde con dulzura, lo degusta con pasión.
Mientras María mantiene las manos fuertemente apretadas alrededor de la falda. Percibe el calor de su cuerpo, como fiebre. La vergüenza y el asco iniciales han dado paso a la sorpresa, al estupor provocado por unas sensaciones que nunca antes había experimentado. La lengua caliente y dura de él le recorre todos los rincones del coño, como si se tratara de un gusano impaciente que busca comida.
El Sr. Altamira percibe con agrado como el coño de Maria se va humedeciendo de sus propios jugos, ácidos y ásperos, que a él le saben a gloria. Decide que es el momento y chupa el clítoris con suavidad y persistencia, dando golpecitos con la lengua, atento a la respiración de ella.
María ya se ha olvidado de donde está, con los ojos cerrados, las piernas ligeramente separadas, las manos tontamente cogidas a la falda, todo su cuerpo es una brasa encendida en manos de su amo. Respira tan rápido que cree que se va a desmayar, percibe los agujeros de su coño y de su culo como si fueran el centro del mundo y esa lengua ardiente que en cada lametazo le quita el oxígeno la tiene completamente sometida.
Sin dejar de lamer el clítoris el hombre desliza una mano por detrás de los muslos de ella, busca el agujero del culo, está completamente mojado de los líquidos que se han deslizado de la vagina, con el dedo índice traza suaves círculos alrededor del orificio que palpita con cada caricia. Al final lo penetra, todo el dedo dentro, después dos, sin dejar de dar lametones en el clítoris. Puede oír que María gime cada vez más alto.
Él consigue decir “silencio” y ella se muerde los labios mientras el primer orgasmo de su vida explota en cada milímetro de su cuerpo, de los pies a la cabeza. Primero María piensa que se va a mear, la sensación es esa, quiere aguantarse, pero no puede, las oleadas de placer empiezan a sacudir su cuerpo, no se mea, los espasmos le hacen temblar los muslos, la barriga, siente el corazón latir en el agujero de su coño. Las olas que suben de su bajo vientre son tan cálidas y placenteras que María querría ser mar para siempre.
El Sr. Altamira se separa rápido de ella, le da la vuelta y hace que la muchacha le ofrezca el culo bajando el torso y apoyando las manos en la banqueta. A la suave luz y a los hambrientos ojos del hombre el espectáculo es maravilloso. La hembra con el culo levantado, las piernas separados, sus agujeros ofrecidos, húmedos, brillantes, aún palpitantes…
El Sr. Altamira se desabrocha rápidamente la bragueta, se saca con dificultad un miembro duro y casi negro por la acumulación de sangre, grande, grueso, espléndido si alguien más ahí lo pudiera ver. Lo empieza a refregar suavemente por el culo de Maria, friccionando el glande en el esfínter, como haciéndole cosquillas, escupe sobre él para lubricarlo.
María está aturdida, la mezcla de emociones hace que no sepa si lo que vive es una pesadilla o un agradable sueño. El orgasmo ha sido increíble pero pensaba que allí acababa todo, que él la dejaría marchar, pero parece que el juego sigue y vuelve a sentir miedo.
La penetración llega sin avisar, de golpe, toda la polla hasta los huevos hundida en el culo de María. Un pequeño grito de ella silenciado nuevamente por las órdenes de él “no quiero que nos oigan”. Y el balanceo que empieza sin compasión, con penetraciones lentas y profundas que se alternan con golpes cortos que producen un sonido húmedo de frote y rozamiento.
A María se le saltan las lágrimas, ese cabrón la está poseyendo completamente, haciendo con ella lo que quiere. Sí, le ha dado placer, pero ha sido para al final forzarla salvajemente.
La mano derecha del Sr. Altamira se desliza sobre el coño chorreante de Maria, le pellizca el capuchón del clítoris, como encerrando dentro la sensible perlita. Y mientras lo mantiene presionado, encerrado en su cuevita, sigue follándose ese culo de nalgas blancas y redondas, que tiemblan con cada embestida.