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Antiguo 25-11-2011 , 09:04:50   #228
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Luego fui yo el condenado. Me había introducido voluntariamente en la escena para atarme de la misma dolorosísima manera, con los ojos mirando hacia el cielo los brazos doblados detrás de la áspera estaca, los muslos separados, completamente estirados y doloridos, y la verga tan dura como cualquiera de las que vi antes.
Bella era una más entre miles de espectadores.
Me pasearon por las calles del pueblo acompañado del lento doblar del tambor, para que la multitud de lugareños que oía pero no podía ver me contemplara. Con cada nuevo giro de las ruedas de la carreta, el falo de madera colocado en mi trasero se agitaba en mi interior.
Había sido delicioso y a la vez extremado, la mayor de todas las degradaciones. Me descubrí a mí mismo deleitándome en todo aquello, incluso mientras el capitán de la guardia me azotaba el pecho desnudo, con las piernas separadas y el vientre al descubierto. Con qué facilidad tan sublime rogué con gemidos y espasmos incontrolados, pues sabía con toda certeza que jamás atenderían mis súplicas. Qué agradable cosquilleo de excitación había sentido en el alma al saber que no había la menor esperanza de clemencia para mí.
Sí, en aquellos momentos había percibido todo el poder de mis secuestradores pero también había descubierto mi propio poder; los que carecemos de todo privilegio aún podemos incitar y guiar a nuestros castigadores hasta nuevos reinos de ardor y atenciones amorosas.
Ya no me quedaban deseos de agradar, ninguna pasión que colmar. Sólo una entrega atormentada y divina. Había balanceado desvergonzadamente las nalgas sobre el falo que sobresalía de la cruz que penetraba en mí al tiempo que recibía los rápidos azotes de la correa de cuero del capitán como si fueran besos. Había forcejeado y llorado a mis anchas sin la menor dignidad.
Supongo que la única tacha en aquel magnífico esquema era que no podía ver a mis torturadores a menos que se situaran directamente encima de mí, lo cual sucedía con poca frecuencia.
Por la noche, instalado en la plaza del pueblo en lo alto de la cruz, oía cómo mis torturadores se reunían en la plataforma que tenía debajo, sentía cómo me pellizcaban el escocido trasero y me azotaban a verga. Deseé poder apreciar el desprecio y el humor en sus rostros, su absoluta superioridad al lado del ser tan ínfimo en que me habían convertido.
Me gustaba estar condenado. Me deleitaba esta exhibición despiadada y aterradora de insensatez y sufrimiento, aun cuando me estremecía con los sonidos que anunciaban más latigazos, con el rostro surcado por lágrimas incontrolables.
Aquello era infinitamente más soberbio que ser el juguete tembloroso y abochornado de lady Elvira. Mejor aún que el dulce entretenimiento de copular con princesas en el jardín.
Finalmente, también hubo compensaciones especiales, pese al doloroso ángulo desde el que observaba. El joven soldado, después de azotarme al compás de las campanadas de las nueve de la mañana, situó la escalera a mi lado y, mirándome a los ojos, besó mi boca amordazada.

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