Respuesta: Las aventuras de Bella Fuera cual fuese el motivo, esperé hasta que la dama se quedó dormida en la silla del jardín, entonces me levanté, eché a correr hacia el muro y trepé por él para saltar al otro lado. No escatimé esfuerzos para atraer su atención. Aquello se convertía en un intento inequívoco de fuga. Sin volver la mirada atrás, corrí por los campos segados en dirección al bosque. No obstante, nunca me había sentido tan desnudo, tan completamente esclavo como en esos momentos en los que mostraba mi rebelión. Todas las hojas, todas las altas briznas de hierba rozaban mi carne desprotegida. Mientras corría errante bajo los oscuros árboles, y cuando me arrastraba en las proximidades de las torretas de vigilancia del pueblo, me sorprendió sentir una vergüenza diferente. Cuando se hizo de noche, tuve la impresión de que mi piel desnuda relucía como un faro que el bosque no podría ocultar. Pertenecía al intrincado mundo del poder y la sumisión, y equivocadamente había intentado escabullirme de sus obligaciones. El bosque lo sabía. Las zarzas me arañaban las pantorrillas. Mi verga se endurecía al menor sonido procedente de la maleza. Nunca olvidaré el horror y la emoción finales de la captura, cuando los soldados me descubrieron en la oscuridad y completaron progresivamente el cerco sin dejar de gritar hasta tenerme totalmente rodeado. Varios pares de manos rudas cayeron sobre mis brazos y piernas. Cuatro hombres me transportaron casi pegado al suelo, con la cabeza colgando y las extremidades estiradas, como si fuera un simple animal que les había proporcionado una buena cacería; así fui trasladado hasta el campamento iluminado por antorchas entre vítores, abucheos y risas. En el tremendo e ineludible instante de ser juzgado, todo quedó un poco más claro. El príncipe de ilustre cuna se había convertido en un ser inferior y testarudo que debía ser azotado y ultrajado repetidamente por los fogosos soldados hasta que el capitán de la guardia apareciera y ordenara que me ataran a la gruesa cruz de castigo de madera. Fue durante esa dura experiencia cuando volví a ver a Bella. Para entonces ya la habían enviado al pueblo y el capitán de la guardia la había escogido como su juguete particular. Allí, de rodillas sobre la tierra del campamento, era la única mujer presente. Su fresca piel, mezcla de rosa y blanco lechoso, era mucho más deliciosa con el polvo que se pegaba a ella. Bella magnificó con su intensa mirada todo lo que me sucedía. Sin duda, yo aún la fascinaba; era un auténtico fugitivo y, de cuantos nos encontrábamos en el barco del sultán, el único que se había merecido la cruz de castigos. En los primeros días que pasé en el castillo había tenido ocasión de echar un vistazo a varios esclavos que habían sido atrapados y que también estaban subidos a la cruz, con las piernas completamente estiradas en el madero transversal, la cabeza doblada hacia atrás sobre lo alto de la cruz de tal manera que mirara de lleno al cielo, la boca tensada por la tira de cuero negro que mantenía su cabeza en esta posición. Había sentido terror por ellos, pero me había admirado de que, en esta deshonra, sus penes estuvieran tan duros como la madera a la que estaban atados sus cuerpos. |