Respuesta: Las aventuras de Bella | Deseé encaramarme hasta el interior de la jaula de Elena, despojarla del pequeño escudo de malla de oro e hincar mi verga en el pequeño y húmedo nido. Quise abrirle la boca con la lengua, apretar sus voluminosos pechos, chupar los pequeños pezones sonrosados y verla sonrojada de palpitante placer mientras la llevaba al éxtasis. Pero no eran más que sueños dolorosos. Elena y yo sólo podíamos mirarnos y esperar en silencio que tarde o temprano nos permitieran alcanzar el éxtasis en brazos del otro. La delicada Bella era sumamente intrigante y la rolliza Rosalynd, con sus grandes y apenados ojos, resultaba absolutamente voluptuosa, pero era Elena quien se mostraba más ingeniosa, con un siniestro desdén por lo que nos había sobrevenido. Entre susurros se reía de nuestro destino y, al hablar, sacudía su espesa melena de color castaño por encima del hombro. -¿Quién puede decir que ha disfrutado de tres opciones tan maravillosas, Laurent: el palacio del sultán, el pueblo, el castillo? -preguntaba-. Os lo aseguro, en cualquiera de esos lugares puedo encontrar deleites de mi agrado. -Pero, querida, no sabéis cómo van a ser las cosas en el palacio del sultán -objeté-. La reina tenía cientos de esclavos desnudos. En el pueblo había cientos de siervos trabajando. Pero ¿y si el sultán tiene todavía más esclavos de todos los reinos de Oriente y Occidente, tantos que incluso pueda utilizarlos como escabeles? -¿Creéis que será así? -preguntó, excitada. Su sonrisa adquirió una insolencia encantadora. Aquellos labios húmedos, la exquisita dentadura-. Entonces debemos encontrar alguna manera de hacernos notar, Laurent. -Apoyó la barbilla en la mano-. No quiero ser una más entre un millar de príncipes y princesas dolientes. Debemos asegurarnos de que el sultán se entera de quiénes somos. -Tenéis ideas peligrosas, mi amor -Contesté yo-. No olvidéis que no podemos hacer uso de la palabra y que nos cuidan y castigan como si fuéramos simples bestias. -Encontraremos la manera, Laurent -replicó ella con un guiño malicioso-. Antes nada os asustaba, ¿no es cierto? Os escapasteis simplemente por saber cómo os capturarían, ¿o no? -Sois demasiado perspicaz, Elena -dije-. ¿Qué os hace pensar que no huí por miedo? -Sé que no fue así. Nadie se escapa por miedo del castillo de la reina. Lo que incita a hacerlo es el espíritu de aventura. Yo también lo hice, ya veis. Por eso me sentenciaron al pueblo. -¿Y mereció la pena, querida mía? -pregunté. Oh, si al menos pudiera besarla, derramar su buen humor en mi boca, pellizcarle los pezones. Era una crueldad enorme que no me hubiera encontrado cerca de ella durante nuestra estancia en el castillo. -Sí, mereció la pena -contestó con aire meditativo-. Cuando se produjo el ataque sorpresa llevaba un año como esclava en la granja del corregidor. Trabajaba en sus jardines arrancando los hierbajos con los dientes, a cuatro patas, bajo la tutela del jardinero, un hombre corpulento y severo que nunca soltaba la correa. »Yo estaba dispuesta a vivir algo nuevo -continuó. Se tumbó boca arriba y separó las piernas en un gesto habitual en ella. Yo no podía dejar de observar el espeso vello castaño de su sexo bajo la malla de oro-. Luego, los soldados del sultán llegaron como si los hubiera enviado con mi imaginación. Recordad, Laurent, tenemos que hacer algo para distinguirnos ante la corte del sultán.  |