Respuesta: Las aventuras de Bella No podía evitar preguntarme si estos jóvenes cuidadores, tan atentos en todos los demás aspectos se percataban del adiestramiento implacable que habíamos recibido en los apetitos de la carne, si eran conscientes de que nuestros señores y amas nos habían enseñado en la corte de la reina a anhelar hasta el chasquido de la correa para aliviar el fuego interior que nos consumía. Durante el anterior vasallaje nunca había transcurrido más de medio día sin que hubieran empleado por completo nuestros cuerpos; hasta los más obedientes habíamos recibido castigos constantes, y los que habían sido enviados del castillo a la penitencia del pueblo tampoco habían conocido un descanso mucho mayor. Eran mundos diferentes. Eso habíamos convenido Tristán y yo durante nuestras susurrantes conversaciones nocturnas. Tanto en el pueblo como en el castillo se esperaba que habláramos, aunque sólo fuera para decir «sí, mi señor» o «sí mi señora”. Nos daban órdenes explícitas y nos enviaban de vez en cuando a hacer recados sin ningún acompañante. Tristán incluso había conversado largo y tendido con su apreciado amo, Nicolás. Sin embargo, antes de dejar el dominio de nuestra reina nos habían advertido que estos sirvientes del sultán nos tratarían como si fuéramos animales. Aunque aprendiéramos su extraña lengua extranjera, jamás nos hablarían. En la sultanía, cualquier humilde esclavo del placer que intentara hablar se ganaba un castigo inmediato y severo. Las advertencias se habían confirmado. A lo largo de todo el viaje nos habían premiado con palmaditas y caricias, y nos habían conducido de un lado a otro acompañados por el más tierno y condescendiente de los silencios. En una ocasión en que la princesa Elena, llevada por la desesperación y el aburrimiento, habló en voz alta para rogar que le permitieran salir de la jaula, los criados la amordazaron de inmediato. Luego le ataron los tobillos y las muñecas a la cintura por la espalda y colgaron su cimbreante cuerpo de una cadena sujeta al techo de la bodega. Así estuvo mientras sus asistentes la miraban con gesto ceñudo, indignados y escandalizados, hasta que sus vanas protestas cesaron. Después la hicieron descender con extremados cuidados y atenciones. Besaron sus silenciosos labios y untaron con aceite los doloridos tobillos y muñecas hasta que las marcas de los grilletes de cuero desaparecieron. Los muchachos de las túnicas de seda incluso le cepillaron el liso y brillante cabello castaño y masajearon las nalgas y la espalda con sus sabios dedos, como silas bestias irascibles como nosotros debieran ser amansadas de esta manera. Por supuesto, enseguida se detuvieron al percatarse de que la suave sombra de rizado vello de la entrepierna de Elena estaba húmeda y ella no podía mantener quietas las caderas contra la seda del confortable colchón, de lo excitada que estaba al sentir su contacto. Con leves gestos de enfado y movimientos de cabeza, la hicieron arrodillarse y la sujetaron otra vez por las muñecas para ajustar a su pequeño sexo la inflexible protección de metal, cuyas cadenas abrocharon firme y rápidamente alrededor de los muslos. Luego la volvieron a introducir en la jaula con los brazos y las piernas atados a las barras mediante resistentes cintas de satén. Sin embargo, esta demostración de pasión no los había enfurecido. Al contrario, antes de cubrir el húmedo sexo de la princesa lo habían acariciado, sonriéndole como si aprobaran su ardor, su necesidad. Pero ni todos los quejidos del mundo hubieran doblegado a los jóvenes sirvientes. Nosotros, los demás cautivos, tuvimos que contentarnos con observar sumidos en un silencio lascivo, mientras nuestros propios órganos apetentes palpitaban en vano. |