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Antiguo 16-11-2011 , 09:18:25   #219
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

CAUTIVOS EN EL MAR




Laurent:
Es noche cerrada.
Algo había cambiado. En cuanto abrí los ojos supe que nos acercábamos a tierra. Incluso en la lóbrega bodega percibí el olor característico de tierra firme.
Así que el viaje está llegando a su fin, pensé. Finalmente sabremos lo que nos depara esta nueva cautividad en la que estamos destinados a ser inferiores e incluso más abyectos que antes.
Experimenté miedo, pero también cierto alivio. Sentí tanta curiosidad como terror.
A la luz de un farol, vi que Tristán yacía despierto en su jaula, con el rostro alerta y la mirada perdida en la oscuridad. Él también sabía que el viaje casi había concluido.
Sin embargo, las princesas desnudas continuaban durmiendo. Parecían bestias exóticas en sus jaulas doradas. La menuda y cautivadora Bella era como una llama amarilla en la penumbra; el cabello negro y rizado de Rosalynd cubría su blanca espalda, hasta la curva de las pequeñas nalgas redondeadas. Arriba, la grácil y delicada figura de Elena permanecía tumbada de espaldas, con su lisa cabellera de color castaño extendida sobre la almohada.
Qué carne tan apetitosa la de estas tres tiernas compañeras de cautividad: los redondeados bracitos y piernas de Bella pedían a gritos que la pellizcaran, allí acurrucada entre las sábanas; la cabeza de Elena estaba reclinada hacia atrás, abandonada por completo al sueño, con las largas y delgadas piernas muy separadas y una rodilla apoyada contra los barrotes de la jaula; Rosalynd se puso de costado mientras yo la miraba, y sus grandes pechos de rosados,
oscuros y erectos pezones cayeron apaciblemente hacia delante.
Más a la derecha, el moreno Dimitri rivalizaba en belleza con el rubio Tristán. El rostro de Dimitri, sumido en un profundo sueño, exhibía una frialdad peculiar pese a que cuando estaba despierto era el más afable y tolerante de nuestro grupo. Probablemente los príncipes, enjaulados con las mismas precauciones que las princesas, no parecíamos más humanos ni menos exóticos que nuestras compañeras.
Todos llevábamos entre las piernas nuestra correspondiente protección de malla dorada, lo que prohibía hasta el más mínimo examen de nuestros ansiosos sexos.
Todos habíamos llegado a conocernos muy bien durante las largas noches en alta mar, cuando los guardias no estaban lo bastante cerca para oír nuestros susurros; y en las largas horas de silencio, que ocupábamos en pensar y soñar, quizá llegamos a conocernos mejor a nosotros mismos.
-¿Os habéis dado cuenta, Laurent? -susurró Tristán-. Estamos cerca de la costa.
Tristán era el más angustiado. Lamentaba la pérdida de su amo, Nicolás, aunque no por eso dejaba de observar todo lo que pasaba a su alrededor.
-Sí -respondí en voz baja, echándole un vistazo. Su mirada azul lanzó un destello-. No puede estar muy lejos.
-Sólo espero que...
-¿Sí? -insistí yo-. ¿Se puede esperar algo, Tristán?
-... que no nos separen.
No respondí. Me recosté y cerré los ojos. ¿Qué sentido tenía hablar si pronto nos revelarían nuestro destino y no podríamos hacer nada para alterarlo?
-Pase lo que pase -dije distraídamente-, me alegro de que el viaje haya finalizado y de que pronto sirvamos para algo.


Tras las pruebas iniciales que nuestras pasiones tuvieron que soportar, los secuestradores no habían vuelto a hacernos caso. Durante toda una quincena nos habíamos sentido
torturados por nuestros propios deseos. Los jóvenes criados que nos cuidaban se limitaban a reírse quedamente de nosotros y se apresuraban a atarnos las manos cada vez que nos atrevíamos a tocar los triángulos de malla que aprisionaban nuestras partes íntimas.
Por lo visto, todos habíamos sufrido por igual. No teníamos nada con que distraernos en la bodega del barco aparte de la visión de nuestras desnudeces.

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