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Antiguo 15-11-2011 , 10:06:03   #212
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Cuando le separaron las piernas, Bella se per cató de que iban a introducir la fruta con
miel dentro de su cuerpo. Su sexo bien adiestrado presionó irresistiblemente mientras
los dedos se dosos metían profundamente el melón, luego la siguiente pieza y la otra,
provocando ardores y suspiros cada vez más intensos.
La princesa no podía contener los gemidos, pero sus secuestradores parecían aprobarlo.
No cesaban de asentir con la cabeza y sus sonrisas eran cada vez más radiantes. Estaba
llena de fruta, y sentía cómo surgía abultada de su interior. En ese momento le estaban
mostrando el resplande ciente racimo de uvas que iban a colocarle entre las piernas.
Luego le colgaron un encantador ramito de flores blancas sobre la cara, le abrieron la
boca y el ramito quedó ajustado entre sus dientes, con sus céreos pétalos aleteando
levemente contra las mejillas y la barbilla.
Bella intentó no morder el tallo y se limitó a sostenerlo firmemente. A continuación le
emba durnaron las axilas con una espesa capa de miel y le incrustaron algo redondo,
quizás un dátil, en el ombligo. Le rodearon las muñecas con brazaletes y también le
ajustaron unas pesadas tobilleras. El cuerpo de Bella ondeaba casi irresistiblemente
sobre la almohada a medida que aumentaba en ella la tensión. Aquellos rostros
sonrientes la seducían.
También experimentó un intenso miedo al verse transformada lentamente en un simple
objeto de lujo.
Pronto la dejaron a solas con la severa adver tencia de que permaneciera quieta y en
silencio.
La princesa oyó que se estaban haciendo otros preparativos apresuradamente por la
habitación, y más suspiros. Casi podía distinguir el ritmo de otro corazón que latía
ansiosamente cerca de ella.
Finalmente, sus capturadores volvieron a aparecer en su campo de visión.
Sujetando el abultado almohadón, la levanta ron como si fuera un tesoro, y cuando la
música sonó con más fuerza la llevaron escaleras arriba, mientras las paredes de su sexo
se aferraban al enorme relleno de frutas y miel y los jugos gotea han desde su interior.
La pintura dorada se secó sobre los pezones provocándole una peculiar tensión en la
piel. Todo su cuerpo estaba sometido a nuevos estímulos.
La habían llevado a una gran cámara ilumina da con una luz suave y trémula. El olor del
incien so era embriagador. El aire transportaba la pulsa ción rítmica de panderetas, el
rasgueo de arpas y las agudas notas metálicas de otros instrumentos. Sobre su cabeza,
los cientos de pequeños fragmentos reflectantes, cuentas centelleantes e intrincados
diseños dorados del tejido que colgaba del techo cobraron vida.
La instalaron en el suelo y cuando volvió la cabeza desamparadamente, pudo vislumbrar
a los músicos a su izquierda, en un extremo, y justo a su lado, a la derecha, a sus nuevos
amos.
Sentados con las piernas cruzadas mientras degustaban un abundante banquete de
delicioso aroma, y vestidos con prendas y turbantes de seda con complejos bordados, le
lanzaban ojeadas de vez en cuando mientras hablaban entre ellos con voces rápidas y
poco audibles.
La princesa se tumbó sobre el gran cojín aga rrándose con fuerza a los extremos, con las
pier nas bien abiertas como le habían inculcado en el pueblo y en el castillo. Sus
silenciosos y temerosos asistentes se retiraron de nuevo a las sombras, no sin antes
advertirla e implorarle con gestos y mi radas lastimosas que guardara silencio. Perma
necieron cerca de ella para vigilarla, pasando desapercibidos para los que allí comían
tan opípa ramente.
«Ah, ¿qué es este extraño mundo en el que he renacido? », pensó Bella mientras la fruta
se hin chaba contra la estrechez de su enardecida vagina.
Sintió que sus caderas se alzaban por encima de la seda y los pendientes palpitaban en
sus orejas. La conversación continuaba con una fluidez natural y de vez en cuando uno
de los señores tocado con turbante le sonreía antes de volver a charlar con los demás.
Pero había aparecido otra figura. Algo atisbó por el rabillo del ojo, a la izquierda, y
Bella vio que se trataba de Tristán.
Lo traían a cuatro patas, guiado por una larga cadena sujeta aun collar con joyas
incrustadas.
También estaba lustrado con la loción dorada, y sus pezones cubiertos de oro. La espesa
mata de vello púbico estaba salpicada de pequeñas joyas centelleantes y el miembro
erecto relucía bajo el fino ungüento dorado. Tenía las orejas perforadas, no con
pendientes colgantes sino con un rubí en cada lóbulo. Llevaba el cabello peinado con
raya en medio, exquisitamente cepillado con polvo de oro. La pintura dorada perfilaba
sus ojos, espesaba sus pestañas y definía la asombrosa perfección de su boca. Los ojos
azules ardían con un resplandor iridiscente.
Sus labios se movieron levemente para dibujar una media sonrisa mientras lo conducían
hacia ella. No parecía estar triste ni asustado sino más bien perdido en su deseo de
cumplir lo que le or denaba el encantador ángel moreno que lo guiaba.

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