| Denunciante Novato
| Respuesta: Las aventuras de Bella | Nos quedamos en silencio, oyendo los distan tes gritos de los marineros en cubierta.
Luego sen timos el perezoso oleaje mientras la otra embarca ción se alejaba de nosotros.
Al instante, el gigantesco barco volvió a mo verse, cada vez más deprisa, como si
navegara a toda vela, y yo volví a repantigarme contra los fríos barrotes dorados, con la
mirada fija y perdida.
No estéis triste, querido mío dijo Bella, que me observaba. La larga melena le cubría los
pechos y la luz se reflejaba en los mórbidos miem bros. Continuamos en el mismo
torbellino.
Me volví y me tumbé boca abajo, pese al incó modo metal que tenía entre las piernas,
hundí la cabeza en mis brazos y, durante largo rato, lloré en silencio.
Finalmente, cuando mis lágrimas se secaron, oí de nuevo la voz de Bella.
Ya sé que estáis pensando en vuestro amo me dijo con cariño. Pero, Tristán, recordad
vuestras propias palabras.
Suspiré contra mi brazo.
Recordádmelas, Bella le requerí con mucha calma.
Que toda vuestra existencia no era más que una súplica por disolveros en la voluntad de
los demás. y así sigue siendo, Tristán. Estamos pro fundizando cada vez más, todos
nosotros, en esa disolución.
Sí, Bella asentí quedamente.
No es más que otra vuelta de tuerca con tinuó. Ahora entendemos más sutilmente lo que
hemos sabido desde que nos hicieron prisio neros.
Sí, Bella, que pertenecemos a otros.
Volví la cabeza para mirarla. Si intentáramos tocarnos, la posición de las jaulas
únicamante nos permitiría rozarnos las puntas de los dedos, así que era mejor mirar
simplemente su encantador rostro y sus sensuales brazos mientras permanecía allí,
agarrada tranquilamente a los barrotes.
Es cierto añadí yo. Tenéis razón. Sentí cómo se me comprimía el pecho y de nuevo
aquel familiar reconocimiento de mi impotencia, no como príncipe, sino como esclavo,
totalmente dependiente de los caprichos de nuevos y desco nocidos amos. ,
Al observar el rostro de Bella, aprecié el despertar de la curiosidad que ardía en sus
ojos. No sabíamos qué tormentos o qué éxtasis nos aguar daban.
Dimitri se había dado media vuelta y estaba profundamente dormido, al igual que
Laurent, tumbado en la jaula de abajo.
Bella se estiró otra vez como un gato y allí se quedó, tendida sobre el colchón de seda.
La puerta se abrió y entraron los jóvenes asistentes vestidos de seda; eran seis, al
parecer uno para cada esclavo. Se aproximaron a las jaulas y, tras abrir los cerrojos, nos
ofrecieron una bebida caliente y aromática que, con toda seguridad, con tendría otra
placentera sustancia narcótica.
CAUTIVERIO SENSUAL
Cuando Bella se despertó ya era de noche. Se volvió hacia abajo y vio las estrellas a
través de un diminuto ventanuco enrejado. La gran embarca ción rechinaba y zumbaba
surcando las olas.
Pero, antes de que sus sueños se disiparan, notó que la levantaban, la sacaban de la jaula
y la colocaban otra vez sobre un almohadón gigante, esta vez encima de una larga mesa.
Varias velas estaban ardiendo, Bella olió el perfume a incienso y, a lo lejos, oyó una
música vibrante e intensa.
Los encantadores jóvenes se habían colocado alrededor de la princesa y le frotaban la
piel con el dorado ungüento, sonriéndola mientras trabaja ban. Le estiraron los brazos
hacia arriba y guiaron sus dedos para que se agarrara otra vez al borde del cojín. Con un
pincel y el destellante pigmento dorado colorearon cuidadosamente los pezones.
Bella estaba demasiado consternada para emitir el menor sonido. Permaneció inmóvil
para que le pintaran los labios y luego, los suaves pelos del
pincel perfilaron diestramente sus ojos con el pol vo dorado que los asistentes
esparcieron a continuación por las pestañas. Le mostraron unos grandes pendientes
enjoyados y soltó un gritito sofocado al sentir que le perforaban los lóbulos, pero sus
sonrientes y silenciosos secuestradores se apresuraron a acallarla y consolarla. Los
pendientes se quedaron colgando de las pequeñas y abra sadoras heridas pero el dolor se
desvaneció al sentir que le apartaban las piernas y sostenían por encima de ella un
cuenco con relucientes y apetitosas frutas. Le quitaron la diminuta malla del pu bis y
unos tiernos dedos le dieron unas palmaditas y le acariciaron el sexo hasta que despertó.
Luego, Bella se quedó mirando el mismo rostro encanta dor de piel aceitunada que la
había saludado la primera vez. El que debía de ser su asistente cogió la fruta del cuenco
dátiles, trozos de melón y melocotón, pequeñas peras, bayas rojas para mojar cada pieza en una taza de plata con miel.  |