Eso, mi querido Tristán está en manos de vuestro amo, el sultán respondió el lord.
Bella soltó un grito sofocado.
Sentí que mi rostro se endurecía. La rabia me inundó y me silenció por un momento en
que miré fijamente al noble.
Milord pregunté con voz temblorosa de furor, ¿ni siquiera vais a intentar salvarnos?
En mi imaginación apareció la figura de mi señor, Nicolás, arrojado sobre las piedras de
la plaza, mientras el caballo nos llevaba lejos sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo.
Pero eso no representaba ni la mitad de mis inquietudes. ¿Qué nos deparaba el futuro?
He hecho todo lo que está en mis manos respondió el noble acercándose a mi jaula.
He exigido una enorme compensación por cada uno de vosotros, pero el sultán está
dispuesto a pagar lo que sea por esclavos de la reina con buenas curvas, piel suave y que
estén bien adiestrados; aunque también es cierto que le gusta su oro como a cualquiera.
En el plazo de dos años os devolverá bien alimentados, en buen estado de salud y sin
mancillar, o perderá para siempre de vista su oro. Creedme, príncipe, se ha hecho
cientos de ve ces anteriormente. Si no hubiera interceptado su embarcación, sus
emisarios y los. nuestros tam bién se hubieran entrevistado. No quiere enfrentamientos
con su majestad. No corréis peligro.
¡Peligro! protesté. Vamos de camino a una tierra extranjera donde...
Silencio, Tristán ordenó el noble con firmeza. Fue el sultán quien inspiró en nuestra
reina la pasión por las víctimas del placer. Fue él quien envió los primeros esclavos a la
reina y le explicó los cuidados con que había que tratarlos.
No sufriréis ningún daño grave. Aunque, naturalmente... naturalmente...
Naturalmente, ¿qué? exigí saber.
Seréis más abyecto prosiguió el lord con un leve encogimiento de hombros que denota
ba inquietud, como si no pudiera explicarlo del todo. En el palacio del sultán ocuparéis
una posición muy inferior. Por supuesto, seréis los ju guetes de vuestros amos, pero
juguetes muy pre ciados. A partir de ahora no os tratarán como seres inteligentes sino
que os adiestrarán como si fueseis valiosos animales. Por Dios, jamás habléis ni
mostréis otra cosa que el más simple de los en tendimientos.
Milord interrumpí.
Como veis continuó él los ayudantes ni siquiera permanecen en la habitación si alguien
os habla como seres racionales. Les parece demasiado incongruente e impropio. Se
retiran por no presenciar la desagradable visión de un esclavo al que se trata como...
como aun ser humano susurró Bella.
Le temblaba el labio inferior y apretaba con fuer za sus pequeños puños en torno a las
barras, pero no lloraba.
Sí, exactamente, princesa.
Milord entonces yo ya estaba furioso. Vuestro deber es rescatarnos, estamos bajo la
protección de su majestad! ¡Esto vulnera todo pacto!
Inaceptable, querido príncipe. En la complejidad de los intercambios entre grandes
poten cias deben sacrificarse ciertas cosas. Os enviaron a servir, y es lo que haréis en el
palacio del sultán.
No dudéis en ningún momento de que vuestros nuevos señores os guardarán como un
tesoro.
Aunque el sultán tenga muchos esclavos de su propia tierra, los príncipes y princesas
cautivos son para él una especie de lujo especial, una gran curiosidad.
Me sentía demasiado indignado y frustrado para seguir hablando. Era inútil. Nada de lo
que dijera iba a cambiar la situación. Estaba preso como una criatura salvaje y mi mente
se quedó blo queada en un miserable silencio.
He hecho cuanto he podido dijo el lord retrocediendo unos pasos para dirigirse también
a los demás esclavos.
Dimitri se había despertado y permanecía apoyado en el codo, escuchando atentamente.
Me ordenaron que obtuviera una disculpa por el ataque continuó ellord y una elevada
compensación. He conseguido más oro del que esperaba. Se acercó a la puerta y apoyó
la mano en el picaporte. Dos años, príncipe, no es tanto.
Cuando regreséis, vuestro conocimiento y expe riencia tendrá un valor incalculable en
el castillo.
¡Mi amo! exclamé de pronto. Nicolás, el cronista de la reina, decidme al menos si sufrió
algún daño durante el ataque.
Está vivo y, con toda probabilidad, enfrascado en su trabajo, preparando para su
majestad el relato escrito del ataque. Se lamenta amargamente por vos. Pero no se puede
hacer nada. Ahora debo dejaros. Sed valientes y listos, listos sobre todo para fingir que
no sois listos, que no sois más que un abyecto montón de pasión siempre dispuesto a
manifestarla.
Salió a toda prisa.