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Antiguo 12-11-2011 , 09:17:15   #203
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Bella no era capaz de decir cuán numeroso era el grupo que parecía prolongarse sin fin
por detrás de su jinete. Aquellos gritos moderados, pronun ciados en una lengua
extranjera, llenaban sus oí dos, junto con los sollozos y gemidos de los prín cipes y
princesas capturados.
El destacamento continuó avanzando por las colinas a la misma velocidad desesperada,
ascen diendo por peligrosos senderos y bajando por va lles arbolados. Luego galoparon
a través de un elevado desfiladero que parecía un tunel sin final.
Finalmente, Bella detectó el olor a mar y, al levantar la cabeza, descubrió ante sí el débil
resplandor uniforme del agua a la luz de la luna, y la sombra de un gran buque anclado
en una ense nada, sin una sola luz que indicara su siniestra presencia.
Entre frenéticos jadeos, mientras los caballos descendían hacia la orilla y atravesaban
las profundas olas, Bella se desvaneció.
MERCANCÍA EXÓTICA
Cuando Bella se despertó estaba tumbada y sumida en un fuerte sopor. Permaneció
quieta, casi incapaz de abrir los ojos, y entonces percibió el pesado balanceo del barco,
una sensación que había conocido sólo en sueños cuando todavía era una muchacha y
vivía en el castillo de su padre.
Aterrorizada, intentó incorporarse y, de repente, la silueta de un rostro de piel
aceitunada apareció sobre ella.
La observaban un par de ojos negros como el azabache, de exquisita forma almendrada,
enmar cados en un semblante joven y casi perfecto. Una rizada cabellera negra
completaba aquella imagen casi angelical. También vio un dedo que le acucia ba a
mantener el más absoluto silencio. Quien le hacía este gesto era un joven alto que estaba
de pie ante ella, ataviado con una reluciente túnica de seda dorada atada con un cinturón
plateado sobre unos livianos pantalones largos del mismo tejido.
Luego él la cogió por las manos con unos de dos oscuros y extraordinariamente suaves,
la ayudó a sentarse y, al ver que ella obedecía, sonrió, asintiendo vigorosamente con la
cabeza. A conti nuación le acarició el cabello y gesticuló efusivamente para
comunicarle que la encontraba her mosa.
Bella abrió la boca para hablar, pero el encantador muchacho le colocó inmediatamente
un dedo sobre los labios. El rostro del joven reflejó un gran temor y sus cejas se
fruncieron mientras meneaba la cabeza. Bella guardó silencio.
El joven metió la mano entre sus prendas y de un bolsillo sacó un peine alargado con el
que ordenó el cabello de la princesa. Bella bajó la vista, aún amodorrada, y descubrió
que la habían lava do y perfumado. Sentía cierta embriaguez. Ha bían untado todo su
cuerpo con algún aroma dulzón que no le era desconocido. Su piel resplan decía. La
habían embadurnado con un pigmento dorado y fragante. ¡La fragancia era canela! Qué
agradable, pensó Bella. Notó el sabor de bayas frescas en sus labios. ¡Pero tenía tanto
sueño! Casi no podía mantener los ojos abiertos. Por todos lados, a su alrededor, varios
príncipes y princesas dormían en ese mismo pequeño cuarto, débilmente iluminado. ¡Y
allí estaba Tris tán! Con una perezosa oleada de excitación intentó acercarse a él, pero el
asistente de piel oscura se lo impidió con una gracia felina. Sus gestos urgen tes y las
expresiones de su rostro hicieron saber a Bella que debía permanecer muy quieta y ser
bue na. Con un mohín exagerado y moviendo el dedo, la regañó. Luego echó una ojeada
al dormido príncipe Tristán y, con la misma ternura exquisita, aquel joven acarició el
sexo desnudo de Bella dán dole una palmadita, mientras él asentía sonriendo.
Bella estaba demasiado cansada para hacer otra cosa que observar la escena llena de
admiración.
Todos los esclavos estaban perfumados y emba durnados con perfume. Parecían
esculturas dora das sobre sus lechos de satén.
El muchacho peinó la melena de Bella con tal cuidado que la princesa no sintió el
menor tirón ni enredo. Le cogió el rostro entre las manos y lo acunó como si se tratara
de un objeto precioso.
Luego volvió a acariciarle el sexo del mismo modo amoroso, con palmaditas, y esta vez
lo desper tó y sonrió alegremente a Bella con el pulgar pe gado a los labios de ésta como
si quisiera decirle:
«Sed buena, pequeña.»

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