| Denunciante Novato
| Respuesta: Las aventuras de Bella Todas las imágenes del día se fundieron en mi cerebro: el extraño relato de Jerard, la
ama al hacer penetrar el falo entre mis nalgas separadas; y aun así no podía pensar con
claridad en nada, sólo sentía los palazos y oía a la muchedumbre carcajeante cuyos
rugidos llegaban a mis oídos fluyendo co mo una marea hasta la plataforma giratoria.
¡Que no paren esas caderas! gritó el maestro de azotamientos. y yo, sin pensarlo ni de
searlo, obedecí, vencido por la fuerza de la orden y por el deseo del gentío.
Castañeteando descon troladamente, oía los roncos y estridentes vítores, mientras la
pala golpeaba primero el lado izquier do y luego el derecho de mis nalgas, para caer a
continuación ruidosamente sobre mis muslos y volver de nuevo al trasero.
Me encontraba perdido, como nunca antes lo había estado. Los gritos y las
aclamaciones me purgaban tanto como las luces y el dolor. Ya no era más que mis
ronchas ardientes, mi carne hin chada y la dura vara de mi pene que se sacudía en vano
mientras la multitud aullaba, la pala me al canzaba ruidosamente una y otra vez y mis
pro pios gritos casi ahogaban el sonido de sus golpes.
En el castillo no había sufrido nada que expiara mi alma de este modo. Nada me había
cauterizado y vaciado de tal manera.
Me había sumergido en las profundidades del pueblo, y allí estaba, abandonado. De
repente era un lujo, un lujo horrible, que tantas personas fueran testigos de este delirio
de degradación. Si tenía que perder el orgullo, la voluntad, el alma, pues que se
deleitaran en ello. y también sentí que era natural que los cientos de personas que se
arremo linaban en la plaza ni siquiera se percataran de todo ello.
Sí, en esto me había convertido, en esta masa desnuda e hinchada de genitales y
músculos esco cidos, en el corcel que tiraba del carruaje, el objeto sudoroso y lloroso,
sometido al ridículo público.
Podrían complacerse en ello o ignorarlo, como prefirieran.
El maestro de azotamientos retrocedió unos pasos e hizo girar la plataforma una vez
más. Mis nalgas hervían. Mi boca abierta se estremecía, sofocada por los gritos
descontrolados que se atragantaban más ruidosamente que nunca.
¡Poned esas manos entre las piernas y ta paos los testículos! rugió mi torturador. Sin pen
sar, en un último gesto de envilecimiento, me en corvé obedientemente, con la barbilla
todavía bien apoyada, y protegí mis testículos mientras el gentío pataleaba y se reía cada
vez con más fuerza.
De repente vi que un aluvión de objetos volaban por los aires. Me estaban tirando
manzanas a me dio comer, mendrugos de pan, huevos frescos que se aplastaban
quedamente al explotar las cáscaras contra mis nalgas, espalda y hombros. Sentí pro
fundas punzadas en mis mejillas y en las plantas de mis pies desnudos, mientras con los
ojos abier tos de par en par asistía en medio del griterío ami propio espectáculo. Hasta
mi pene fue alcanzado, lo que provocó penetrantes chillidos de satisfacción y más
risotadas.
Seguidamente una lluvia de monedas comen zó a alcanzar las maderas del estrado. El
maestro de azotamientos gritó:
Más, sabéis que ha merecido la pena. ¡Más! ¡Pagad la zurra del esclavo y su dueño se
dará más prisa en volver a traerlo! Vi a un joven que me rodeaba formando un ansioso
círculo para reco ger el dinero. Lo colocó en un pequeño saco y lo ató con un cordel.
Luego, levantándome la cabeza por el pelo, me introdujeron el saco y lo apretaron
contra mis dientes. Yo jadeaba y gruñía de asom bro. Sonaron aplausos por doquier y
exclamacio nes de «¡Buen chico!», así como preguntas guaso nas sobre si me había
gustado la paliza y si me gustaría recibir otra la noche siguiente.
Me alzaron bruscamente de la plataforma y me hicieron bajar a toda prisa por los
escalones de madera.
Sin más ceremonias, me alejaron de la plataforma giratoria con sus brillantes antorchas.
Con un empujón, caí de cuatro patas. A continuación, me condujeron a través de la
multitud hasta que vi las botas de mi amo y, al alzar la vista, descubrí su lánguida figura
apoyada contra el mostrador de madera de un pequeño puesto de vino. Me obser vaba
sin el menor atisbo de sonrisa, y no dijo nada. Tomó el pequeño saco de mi boca, lo
sopesó en su mano derecha, se lo guardó y continuó ob servándome desde la altura.
Yo incliné la cabeza hasta apoyarla en el polvo del suelo y sentí que mis manos salían
de debajo de mí. No podía moverme, aunque por suerte no recibí ninguna orden para
hacerlo. El estruendo de la plaza se fundió en un único sonido que casi parecía silencio.
Enseguida noté las delicadas manos de mi amo, las manos de un caballero, que me
levanta ban. Vi ante mí un pequeño puesto para el aseo personal. Allí un hombre
esperaba con un cepillo y un cubo de fregar. Fui conducido con absoluta firmeza y
entregado a él. El hombre dejó la copa de vino que estaba bebiendo y cogió con gratitud
una moneda de mi amo. Luego se estiró y, sin me diar palabra, me obligó a ponerme en cuclillas so bre el cubo humeante. |