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Antiguo 29-09-2011 , 17:24:37   #149
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Habían hecho girar la plataforma a gran velo cidad y entonces pude ver la gran figura
del maes tro de azotamientos, con el pelo enmarañado, re mangado por encima de los
codos y con la gigante pala en su desmesurada mano derecha mientras con la izquierda
recogía una gran masa pringo sa de crema color miel que sacó de un cubo de ma dera.
¡Ah, dejad me que lo adivine! gritó. ¡Se trata de un jovencito recién llegado del castillo
que nunca ha sido apaleado aquí! Suave y sonrosado como un lechoncillo, a decir por su
pelo ru bio y esbeltas piernas. y bien, ¿vais a ofrecer a estas buenas gentes un buen
espectáculo, jovencito?
De nuevo hizo dar media vuelta a la plataforma y, con una palmotada, pegó la crema a
mis nalgas. Aplicó el emplasto a conciencia mientras la muchedumbre le recordaba a
gritos que iba a necesi tar una buena cantidad. Los tambores resonaron con su
espeluznante y profundo redoble. Ante mí podía ver a cientos de ansiosos lugareños
vociferantes que se extendían por toda la plaza. También vi a los desgraciados que
daban vueltas al mayo, a los esclavos colocados en la picota, que forcejeaban cada vez
que les pellizcaban e importunaban, a los que estaban colgados boca abajo de un
carrusel de hierro que giraba lentamente, del mismo modo en que me estaban moviendo
a mí entonces, en aquel círculo implacable. Mis nalgas se calentaron, después
parecieron hervir a fuego lento y luego sentí que se cocían bajo el espeso masaje de la
crema. Casi percibía el modo en que relucían. Así que continué arrodilla do libremente,
¡sin grilletes! De pronto mis ojos se quedaron tan deslumbrados por las antorchas que
me vi obligado a parpadear.
Ya me habéis oído, jovencito resonó otra vez la retumbante voz del maestro de
azotamientos. Volvía a tenerlo frente a mí, y él se secaba la mano en su pringoso
delantal. Entonces se estiró para cogerme la barbilla y me pellizcó las mejillas mientras
agitaba mi cabeza hacia delante y atrás.
Ahora, ofreceréis un buen espectáculo a esta gente dijo a voz en grito. ¿Me oís,
jovencito? ¿Y sabéis por qué vais a ofrecer un buen espectáculo? ¡Porque voy a zurrar
este bonito trasero hasta que lo hagáis! la multitud chilló con risas burlo nas. ¡Moveréis
esas preciosas nalgas, joven esclavo, como no lo habíais hecho nunca! ¡Ésta es la
plataforma pública!
Con un brusco golpe de pedal dio otra vuelta a la plataforma giratoria mientras la larga
pala rec tangular me azotaba ambas nalgas con un contun dente estallido, obligándome a
luchar frenética mente por recuperar el equilibrio.
La multitud profirió un jovial rugido cuando volvieron a hacer girar la plataforma y me
alcanzó un segundo golpe; y después otro giro y otro, y luego otro más. Apreté los
dientes para amorti guar los gritos mientras el ardiente dolor se pro pagaba desde mis
nalgas a través de mi verga. Oía las mofas: «Dale duro», «Zúrrale en serio», «Dale en
ese trasero» y «Sacúdele la polla». Me percaté de que yo obedecía estas órdenes, no
deliberadamente, sino movido por la desesperación. Cada vez que uno de los
ensordecedores azotes me za randeaba brutalmente, yo culebreaba e intentaba no
salirme de mi sitio en la plataforma giratoria. Intentaba cerrar los ojos pero se abrían
completamente con cada golpe, igual que mi boca, de la que brotaban gritos
incontrolables. La pala me enviaba de un lado a otro, casi me derribaba para luego
volver a enderezarme, pero aun así, con cada palazo notaba cómo se sacudía mi ávida
ver ga hacia delante, palpitando de deseo, mientras el dolor centelleaba en mi cabeza
como una explo sión de fuego.
La miríada de matices y formas de la plaza se enmarañaba borrosamente. Mi cuerpo,
atrapado en una serie vertiginosa de fuertes azotes, parecía volar, como si se
desprendiese de sí mismo. Había dejado de intentar recuperar el equilibrio pero aun así
la pala no me permitía escurrirme o caer; nunca había existido ese peligro. Estaba
atrapado en la velocidad de las vueltas, cedía al calor y la fuerza de la pala para
amortiguar su efecto, que jándome a voz en grito, mientras la multitud aplaudía, chillaba
y vitoreaba.

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