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Antiguo 29-09-2011 , 17:23:53   #148
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

La respuesta de mi dueño había provocado sonoras risotadas, y la luz de las antorchas
hacía relucir las mejillas y ojos húmedos de la risa. Lle no de horror, dirigí la mirada
hacia la escalera y la alta plataforma, pero apenas vi nada aparte de los escalones
inferiores mientras me arrodillaba ante la cada vez más numerosa multitud que se amon
tonaba a nuestro alrededor. El esclavo situado
ante mí se adelantó con gran esfuerzo cuando apresuraron a otro príncipe cautivo
escaleras arriba. De algún lugar llegó el fuerte redoble de un tambor y repetidos gritos
de la multitud. Yo me di la vuelta para mirar suplicante a mi amo y me arrojé al suelo
para besar sus botas, mientras la muchedumbre me señalaba y se reía.
Pobre príncipe desesperado se mofaba un hombre. ¿Echas de menos tu agradable baño
perfumado del castillo?
¿Te azotaba la reina sobre sus rodillas?
Mirad esa polla; a esa polla le hace falta un buen amo y una buena señora.
Noté una mano firme que me cogía por el pelo y me levantaba la cabeza. Vi entre
lágrimas un apuesto rostro por encima de mí, afable pero no carente de severidad. Los
ojos azules se entrecerraron muy lentamente, los oscuras pupilas pa recieron expandirse
mientras alzaba la mano derecha y el dedo índice se agitaba hacia delante y atrás y con
los labios formaba silenciosamente la pala bra «no». Me quedé sin aliento. Los ojos se
le que daron inmóviles, fríos como la piedra, y la mano izquierda me soltó. Volví a
ocupar espontánea mente mi puesto en la fila y enlacé mis manos tras la nuca, de nuevo
temblando y tragando saliva mientras la multitud profería unos exagerados «ooooh» y
«aaaah» para expresar burlonamente su conmiseracióon.
Esto sí que es un buen chico me gritó un hombre al oído. No querréis defraudar ahora a
la multitud, ¿verdad que no? sentí que su bota me tocaba el trasero. Apuesto diez
peniques a que nos ofrece el mejor espectáculo de esta noche.
¿Y quién va a determinar eso? dijo otro.
¡Diez peniques a que mueve ese culo mejor que nadie!
Me pareció que transcurría toda una eternidad hasta que vi subir al siguiente esclavo,
luego al siguiente y otro más. Yo fui el último. Avancé esfor zadamente a cuatro patas
sobre el polvo, empapado del sudor que chorreaba por todo mi cuer po. Las rodillas me
ardían y la cabeza me daba vueltas. Incluso en este momento creía que, de algún modo,
iban a rescatarme. Mi amo sería mi sericordioso, cambiaría de idea, se daría cuenta de
que no había hecho nada para merecer esto. Sencillamente, tenía que suceder, porque yo
no era ca paz de soportarlo.
La multitud se apretujaba y empujaba hacia delante. Se oyeron fuertes vítores cuando la
prin cesa a la que estaban azotando sobre la plataforma empezó a quejarse con agudos
chillidos ya pata lear con todas sus fuerzas sobre la plataforma.
Sentí una ineludible necesidad de levantarme y echar a correr pero no me moví. El
rugido de la plaza pareció aumentar bruscamente con el siguiente redoble de tambores.
Los palazos habían concluido. Era mi turno. Dos mozos me llevaron en volandas
escaleras arriba mientras toda mi alma se rebelaba. Entonces oí la firme orden de mi
amo:
Sin grilletes.
Sin grilletes. Así que había existido esa posibilidad. Estuve apunto de iniciar un violento
forcejeo. «Oh, por favor, por piedad, poned me los grilletes.» Pero horrorizado, me
encontré a mí mismo estirándome por propia voluntad para apoyar la mandíbula sobre
el alto pilar de madera, separé las rodillas y enlacé las manos a la espalda mientras las
rudas manos de los mozos se limita ban a guiarme.
Entonces me quedé solo. Ninguna mano me tocaba. Mis rodillas descansaban
únicamente so bre unas muescas poco profundas talladas en la madera. Entre mí y los
miles de pares de ojos no se interponía nada aparte del delgado poste sobre el que
descansaba la mandíbula, mientras mi pecho y vientre se comprimían en espasmos
inconte nibles.

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