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Antiguo 29-09-2011 , 17:23:11   #147
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

UN MAGNÍFICO ESPECTÁCULO
Tristán:
Sin los horrorosos arneses del tiro me sentí aún más vulnerable. Mi desnudez me
resultaba ofensiva mientras marchaba velozmente hacia el final de la carretera,
esperando algún tirón de las riendas en cualquier momento, como si todavía las llevara
puestas. A esta hora eran numerosos los carruajes, decorados con farolillos, que pasaban
con estruendo junto a nosotros, con los esclavos trotando a toda prisa, con las cabezas
tan altas como antes llevaba la mía. ¿Prefería estar como ellos? ¿O me gustaba más esta
otra condición? ¡No lo sabía! Sólo era consciente de mi temor y deseo, y de un
conocimiento absoluto de que mi atractivo amo Nicolás, mi estricto señor, más que
muchos otros, caminaba a mi lado.
Más adelante, una brillante luz iluminaba abun dantemente la carretera. Estábamos
llegando al final del pueblo. Pero, sin detener la marcha, al doblar por el último de los
elevados edificios que tenía a mi izquierda vi un espacio abierto que aun que no era el
mercado estaba terriblemente abarrotado y alumbrado por abundantes antorchas y
farolillos. Olí el vino en el aire y oí las ruidosas y embriagadas risas. Había parejas que
bailaban agarradas y vendedores de vino con odres llenos sobre los hombros que se
abrían camino entre la multitud ofreciendo copas a todos los asistentes.
Mi amo se detuvo de repente y dio una mone da a uno de estos expendedores. Luego
sostuvo la copa ante mí para que lamiera el vino de ella. Me sonrojé hasta la raíz del
cabello, pero pude apreciar las virtudes del vino y lo bebí ávidamente con todo el
esmero que pude. Hacía rato que me ardía la garganta.
Cuando levanté la vista, aprecié con más clari dad que aquel lugar era una especie de
recinto para aplicar castigos. Con toda seguridad, era el sitio que el subastador había
denominado el lugar de castigo público.
A un lado había una hilera de esclavos colocados en picotas, y otros estaban maniatados
en el interior de unas tiendas lóbregamente iluminadas, cuya entrada estaba vigilada por
mozos que deja ban pasar, tras pagar una moneda, a los lugareños que iban y venían.
Otros esclavos maniatados co rreteaban en círculo alrededor de un mayo, casti gados
por cuatro guardias que esgrimían palas.
Aquí y allá, un par de esclavos corrían a cuatro patas sobre el polvo para recoger algún
objeto lanzado ante ellos, mientras jóvenes de ambos sexos les instaban a darse prisa,
pues obviamente habían apostado dinero a favor de su esclavo favorito.
Más a la derecha, sostenidas contra las murallas, giraban lentamente unas ruedas
gigantes con es clavos atados a ellas con las extremidades completamente estiradas,
dando vueltas y más vueltas con sus inflamados muslos y nalgas convertidos en dianas
contra las que el público lanzaba corazones de manzana, huesos de melocotón e incluso
huevos crudos. Otros esclavos se movían a duras penas acuclillados tras sus amos, con
el cuello su jeto a las rodillas por dos cortas cadenas de cuero, y los brazos estirados
hacia delante aguantando dos grandes palos de los que colgaba un cesto lleno de
manzanas dispuesto para la venta. Dos prin cesitas rosadas, de pechos voluminosos y
brillan tes de sudor, cabalgaban sobre caballos de madera con frenéticos gestos
bamboleantes, y sus vaginas empaladas sobre falos de madera. Mientras yo ob servaba
la escena atónito, ya que mi dueño me permitía caminar entonces con más lentitud y po
día recorrer a su vez con la mirada la feria, una princesa alcanzó su descomunal y
sobrecogedor clímax para deleite de la multitud, y recibió los aplausos que le dedicaban
como vencedora de la prueba. La otra se llevó unos cuantos palazos, y fue castigada y
reprendida por los que habían apostado por ella.
Pero la gran atracción se encontraba en la alta plataforma giratoria donde un esclavo era
azotado con una larga pala rectangular de cuero. Al verlo, el corazón se me cayó a los
pies y recordé que mi ama me había amenazado con llevarme a la plata forma giratoria.
Fue entonces cuando advertí que, poco a poco, me estaban conduciendo hacia allí. Nos
abría mos paso a través del mar de ruidosos espectado res que se extendía unos quince
metros alrededor de la alta plataforma. Observamos atentamente la fila de esclavos
arrodillados con las manos detrás del cuello, que recibían la lluvia de imprecaciones de
los presentes mientras esperaban en los escalones de madera su turno para subir al
estrado y re cibir su castigo.
Mientras yo miraba incrédulo, mi amo me dio un empujón para colocarme directamente
al final de la cola y ocupar mi puesto. Un mozo apostado al pie de la escalera recibía
monedas de los asistentes. Me obligaron a arrodillarme y fui incapaz de ocultar el miedo
que me consumía. Las lágrimas me escocían los ojos y todo mi cuerpo se agitaba
tembloroso. ¿Qué había hecho yo? Docenas de rostros redondos se habían vuelto hacia
mí y al cancé a oír sus pullas:
Vaya, ¿un esclavo del castillo que se cree demasiado bueno para la plataforma pública?
Mirad qué cipote.
¿No habrá sido un cipote malo?
¿Por qué van a azotarle, señor Nicolás?
Por ser apuesto contestó mi señor con un deje de humor negro.

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