La princesa abría los ojos sólo de vez en cuan do para percibir la luminosidad humeante
y des lumbradora de toda la taberna.
La sala estaba más tranquila y también más or denada que antes. El capitán no cesaba de
hablar.
Las palabras «princesa fugitiva» llegaron con claridad a oídos de Bella.
«Princesa fugitiva», pensó ella amodorrada.
No podían preocuparla tales cosas. Volvió acerrar los ojos, acurrucándose contra el
capitán que la estrujó con su brazo izquierdo.
«Cuán espléndido es él pensó la princesa. Con su tosca belleza.» Le encantaban los
profundos pliegues de su rostro bronceado, el deseo reflejado en sus ojos. Le vino a la
cabeza un curioso pensamiento. No le importaba de qué trataba la conversación de él
más de lo que a él le importaba hablarle a ella. Bella sonrió para sus adentros. Era su
esclava desnuda y sobrecogida. y él, su rudo y bestial capitán.
Pero sus pensamientos se trasladaron invo luntariamente a Tristán. Se había declarado
tan re belde ante Tristán.
¿Qué habría sido de él? ¿Cómo le iría con Ni colás el Cronista? ¿Conseguiría enterarse
alguna vez? Quizás el príncipe Roger pudiera darle alguna noticia. Tal vez el denso y
pequeño mundo del pueblo tenía sus vías secretas de información. Te nía que enterarse
de si Tristán se encontraba bien.
Sencillamente deseaba poder verle. Y, soñando con Tristán, la princesa se quedó
dormida.