Bella tuvo un orgasmo desenfrenado. Entre jadeos contenidos, levantaba cada vez más
las caderas, y todas las imágenes, sonidos y aromas de la posada se disolvieron en su
frenesí. El mango de la daga la sostenía, la empuñadura le maltrataba el pubis sin
permitir que el orgasmo cesara, forzan do un grito tras otro.
Pese a que la tendieron de espaldas sobre la mesa, la atormentaba, la obligaba a
culebrear y retorcer las caderas. Apenas pudo ver el rostro del capitán por encima de
ella, mientras se contorsio naba como un gato y el mango de la daga la mecía arriba y
abajo, obligándola a golpear la mesa con las caderas.
Esta vez no iba a correrse tan pronto.
La estaban levantando. Sintió cómo la tendían sobre un barril de grandes dimensiones,
con la es palda arqueada sobre la húmeda madera y su cabello desparramado sobre el
suelo, podía oler la cerveza. En esa posición veía el mesón patas arriba, en una
exhibición de colores. Otro pene entró en su boca mientras unas manos firmes asegura
ban sus muslos contra la curva del tonel y una ver ga penetraba en su lubricada vagina.
Bella había dejado de pesar, no había equilibrio. No veía nada aparte del oscuro escroto
y la ropa desabrochada que tenía ante sus ojos. Entretanto, le palmotea ban los pechos y
se los chupaban, agarrados por fuertes dedos que la sobaban. Bella buscó a tientas las
nalgas del hombre que llenaba su boca y se afe rró a él, guiando sus movimientos. Pero
la otra verga la machacaba contra el barril, la taponaba, pulverizaba su clítoris
mecánicamente con un ritmo diferente. Sintió en todos sus miembros la consumación
abrasadora, como si no surgiera de su entrepierna, mientras sus pechos se multiplica
ban. Todo su cuerpo se convirtió en el orificio, el órgano.
La llevaban al patio y advirtió que sus brazos rodeaban unos hombros firmes y
poderosos.
Un joven soldado de pelo castaño la transportaba sin dejar de besarla y hacerle
carantoñas. Los hombres estaban sentados en grupos sobre el cés ped, riéndose a la luz
de las antorchas, en torno a los esclavos a los que bañaban en los barreños. Su talante
era tranquilo puesto que sus primeras y ai dientes pasiones habían sido satisfechas.
Los soldados formaron un corro alrededor de Bella cuando la bajaron para meterle los
pies en el agua caliente. Luego se arrodillaron, tomaron un odre lleno y echaron chorros
de vino sobre el cuerpo de la muchacha, provocándole cosquilleos mientras la
limpiaban. La lavaron con el cepillo y el trapo, entre juegos, y competían por besarla y
por llenar su boca, lenta y cuidadosamente, del agrio y frío vino. Bella intentó recordar
ese rostro, aquella risa, incluso la piel del que tenía el pene más grueso; todo fue en
vano.
La tendieron sobre la hierba, bajo las higueras, y volvieron a poseerla. Su joven
apresador, el soldado del cabello castaño, se nutrió de la boca de Bella como en una
ensoñación, y luego la penetró aun ritmo más lento y suave. Ella estiró los bra zos,
palpó la piel desnuda de las nalgas del soldado y la tela de los pantalones a medio bajar.
Mientras tocaba el cinturón desatado, el tejido arrugado y el trasero medio desnudo,
contrajo fuertemente su vagina contra la verga del mucha cho de tal manera que él tuvo
que soltar un grito sofocado por encima de ella, como si de un esclavo se tratara.
Transcurrieron varias horas.
Bella estaba sentada, medio dormida y echa un ovillo, sobre el regazo del capitán. La
cabeza reposaba contra el pecho de él y los brazos le rodeaban el cuello. Como un león
desperezándose, él se desentumeció bajo ella y su voz retumbó gra vemente en su ancho
pecho cuando se dirigió al soldado que tenía enfrente. Sin esfuerzo alguno, acunaba la
cabeza de la princesa en su mano izquierda, cuyo brazo le parecía a Bella inmenso y
poderoso.