A la salud de mis soldados, que han servido ala reina como se merece dijo el capitán y
de inmediato se oyó un fuerte pataleo acompañado de una salva de aplausos. ¿Quién va
a ser el prime ro? inquirió el capitán.
Bella sentía que sus labios púbicos se juntaban a causa de su creciente grosor, y una
densa hume dad fluía a través de su arruga púbica. Pero un silencioso acceso de terror
invadió su alma y la dejó paralizada. ¿Qué va a sucederme? , se preguntó al tiempo que
unas oscuras figuras que se aproxima ban cada vez más la rodeaban. La robusta silueta
de un hombre fornido se elevó ante ella. Los pul gares del forzudo se hundieron
suavemente en los tiernos sobacos de Bella para cogerla de las manos del capitán,
agarrándola con fuerza. Los jadeos de Bella cesaron.
Otras manos guiaron las piernas de la princesa hasta colocarlas alrededor de la cintura
del soldado. Bella sintió que con la nuca tocaba la pared que tenía detrás y levantó las
manos para prote gerse, con la mirada fija en el rostro del soldado que rápidamente se
llevó la mano derecha a los pantalones para desabrochárselos.
El olor de cuadra, el aliento de cerveza, el aroma penetrante y delicioso de la piel
bronceada por el sol y del cuero sin curtir emanaban de aquel hombre, cuyos ojos
negros se estremecieron bre vemente y se cerraron por un momento cuando hundió la
verga en el cuerpo de Bella, ensanchando los dilatados labios de la muchacha, cuyas ca
deras golpeaban contra la pared con un ruido sor do ya un ritmo frenético.
Sí. Ahora. Sí. El miedo se disolvió dando paso a una emoción aún mayor y más difícil
de expre sar. Los pulgares del hombre se clavaban en los sobacos de la princesa
mientras continuaban las acometidas. Alrededor de ellos, en la penumbra, Bella veía
numerosos rostros cuyas miradas se centraban en ella, mientras el ruido de la posada se
elevaba y descendía en violentas oleadas.
El pene descargó su caliente y anegador fluido dentro de ella, mientras su propio
orgasmo se di fundía por todo su cuerpo, cegándola, y de su boca abierta surgían gritos
espasmódicos. Con el rostro encendido, desnuda, Bella experimentó su placer en medio
de esta ordinaria taberna. La levantaron otra vez, vacía. Sintió que la arrodillaban sobre
la mesa, ya continuación le separaban las piernas y le coloca ban sus propias manos bajo
los pechos.
Mientras una ávida boca succionaba su pezón, la princesa elevó el pecho arqueando la
espalda y apartó tímidamente los ojos de los que la rodea ban. La hambrienta boca se
nutrió seguidamen te de su pecho derecho, aspirando intensamente mientras la lengua
apuñalaba el diminuto y duro pezón.
Otra boca había tomado el pecho izquierdo.
Mientras ella se apretaba contra los labios que la chupaban y le daban un placer casi
desmesurado, unas manos le separaron las piernas aún más, ha ciendo descender el sexo
casi hasta dejarlo sobre la mesa.
Durante un instante volvió a invadirla aquel miedo irreprimible. Había manos sobre
todo su cuerpo, mientras la sostenían por los brazos y le sujetaban a la fuerza las manos
a la espalda. No podía liberarse de las bocas que succionaban con fuerza sus pechos.
Alguien la obligó a levantar la cabeza y vio una sombra oscura que la cubría mientras se
ponía a horcajadas sobre ella. La verga penetró en su boca, que se abría, y Bella se
quedó mirando el vientre velludo situado sobre ella. Suc cionó el falo con toda su
fuerza, con la misma in tensidad con que las bocas le chupaban los pe chos, y continuó
gimiendo mientras el miedo se evaporaba una vez más.
Su vagina temblaba, los fluidos descendían por sus muslos separados y sufría violentas
sacu didas de placer.
La verga que tenía en la boca la cautivaba, pero no le daba ninguna satisfacción.
Absorbió el pene más y más hasta que su garganta se contrajo y la eyaculación salió
disparada contra ella. Mientras, las bocas tiraban con delicadeza de sus pezones,
trataban de morderlos, y sus labios púbicos se cerraban en vano capturando el vacío.
De pronto, algo tocó su clítoris palpitante y lo raspó a través de la gruesa película de
humedad.
Algo se hundió entre sus ávidos labios púbicos.
Era el mango tosco y enjoyado de la daga... seguro que lo era... y la empaló.