Bella no sabía dónde mirar. Por aquí un ro busto oficial de la guardia con su reluciente
cota de malla levantaba de un tirón a una princesa muy rubia y rosada y la colocaba de
pie sobre la mesa.
La esclava, con las manos detrás de la cabeza, danzaba y brincaba aceleradamente, tal y
como le in dicaban, con el rostro sonrojado, los pechos rebotando y el pelo plateado
volando en largos rizos de espirales perfectas alrededor de los hombros.
Sus ojos brillaban con una mezcla de temor y excitación patentes. Por allá, otra esclava
de delicadas facciones era arrojada contra un tosco regazo y azotada mientras intentaba
frenéticamente cubrirse la cara con las manos antes de que un espec tador divertido se
las apartara aun lado y se las es tirara con regocijo.
Entre los toneles de las paredes había más es clavos desnudos, que permanecían en pie,
con las piernas abiertas y las caderas adelantadas, por lo visto esperando que les
llamaran. En una esquina de la estancia, un hermoso príncipe con espesos rizos rojos
que le llegaban a los hombros estaba sentado con las piernas separadas sobre el regazo
de un soldado gigantesco. Los labios de ambos se fundían en un beso mientras el
soldado acariciaba el órgano erecto del príncipe. El príncipe pelirrojo chupaba la barba
negra toscamente afeitada del soldado, tomaba su mandíbula con la boca y luego abría
los labios para reanudar los besos. Se le jun taban las cejas a causa de la intensidad de
su pasión, aunque estaba sentado, indefenso e inmóvil como si lo tuvieran allí atado,
elevando el trasero al compás del movimiento de la rodilla del solda do, que pellizcaba
el muslo del príncipe para que diera saltos. El esclavo rodeaba con el brazo izquierdo el
cuello del soldado y hundía la mano derecha en la espesa cabellera del oficial, acari
ciándola lentamente.
Una princesa de negra melena forcejeaba en el suelo del rincón más alejado, tumbada
boca arriba con las manos sujetas a los tobillos y las piernas separadas. Su larga melena
barría el suelo mientras le vertían un jarro de cerveza sobre sus tiernas partes íntimas y
los soldados se inclinaban jugue tonamente para lamer el líquido que se escurría del
vello rizado del pubis. De repente la pusieron boca abajo sobre las manos, con los pies
levanta dos para que un soldado llenara de cerveza el sexo de la princesa hasta
desbordarlo.
En aquel instante la señora Lockley tiraba de Bella para que cogiera en sus manos una
jarra de cerveza y un plato de peltre con comida humeante. Luego le volvió la cara para
que viera la figura distante del capitán. Estaba sentado en una concu rrida mesa situada
al otro lado de la gran estancia, de espaldas a la pared, con la pierna apoyada sobre el
banco que tenía ante él y la mirada fija en Bella.
La princesa se esforzó por moverse deprisa de rodillas, con el torso erguido, sosteniendo
el plato bien alto hasta llegar allí y quedarse arrodillada junto al capitán. Se estiró por
encima del banco para depositar la comida sobre la mesa. El oficial, apoyado en un
codo, acarició el pelo de Bella y observó su rostro como si estuvieran a solas, aunque a
su alrededor los hombres reían, hablaban y cantaban. Su daga de oro destellaba a la luz
de las velas, al igual que su cabello dorado, sus cejas y el escaso vello que un mal
afeitado había olvidado sobre el labio superior. La inusual delicadeza de su mano, al
apartar hacia atrás el cabello de Bella y alisarlo detrás de los hombros, provocó escalo
fríos en los brazos y la garganta de la princesa, así como un espasmo ineludible entre las
piernas.
Casi sin querer, el cuerpo de Bella describió una imperceptible ondulación.
Al instante, la fuerte mano derecha del capitán la agarró por las muñecas, y
levantándose del ban co alzó a la muchacha del suelo, dejándola colgada por encima de
él.
La princesa, desprevenida, primero palideció, y luego sintió que la sangre le inundaba el
rostro.
Mientras el capitán la agitaba a uno y otro lado, los demás soldados se volvían para
mirarla.