En cuestión de segundos se encontró de pie en el tosco barreño de madera del patio. La
llama de las antorchas vacilaba a la entrada del mesón, al igual que junto al cobertizo.
La señora Lockley restregaba la piel de Bella con rapidez y rudeza, lavó su escocida
vagina con un chorro de vino mezclado con agua y luego cubrió de espuma las nalgas
de la muchacha.
La mesonera no pronunció palabra mientras torcía a Bella a uno y otro lado, le doblaba
las piernas para que se acuclillara y enjabonaba su ve llo púbico. Después la secó con
bruscos movi mlentos.
Bella vio cómo lavaban a otros esclavos con igual rudeza, y oyó las chillonas y burlonas
voces de la vulgar mujer del delantal y de otras dos re cias muchachas del pueblo que
estaban plenamente entregadas a su tarea, aunque de vez en cuando se detenían para
propinar un azote en las nalgas de uno u otro esclavo sin motivo aparente. Pero lo único
que Bella podía pensar era que pertenecía al capitán, y que iba a ver a la guarnición.
Con toda seguridad, el capitán estaría allí, se decía. Las risotadas y el griterío que
llegaban desde la posada la incitaban y la atormentaban al mismo tiempo.
Cuando Bella estuvo completamente seca y con el pelo cepillado, la señora Lockley
apoyó un pie en el borde del barreño y echó a Bella sobre su rodilla. Le aplastó
fuertemente los muslos con va rios palazos y luego le propinó un empujón para que se
pusiera a cuatro patas.
Bella luchó denodadamente por recuperar el equilibrio y el aliento.
Indiscutiblemente, resultaba insólito que no le hablaran, ni siquiera para darle órdenes
severas e impacientes. Bella alzó la vista mientras la seño ra Lockley giraba en torno a
ella hasta situarse a su lado. Por un instante, atisbó la sonrisa de la me sonera antes de
que tuviera ocasión de recuperar su expresión habitual. Súbitamente, Bella sintió cómo
le levantaba la cabeza con delicadeza, estirando su melena en toda la longitud, y se
encontró el rostro de la señora Lockley justo encima de ella:
Así que vos ibais a ser mi pequeña alborota dora... Éstas son las nalgas que iba a tener
que cocer para el desayuno mucho más rato que las de los demás...
Tal vez aún debierais hacerlo susurró Bella sin querer ni pensarlo ... Si es eso lo que os
gusta para desayunar. Un violento temblor se apoderó de ella en cuanto acabó la frase.
¡Oh, qué había hecho!
El rostro de la señora Lockley se iluminó con una expresión más que curiosa, y de sus
labios se escapó una risa a duras penas reprimida.
Os veré por la mañana, querida mía, con to dos los demás. Cuando el capitán se haya
marcha do y el mesón esté tranquilo, sin nadie más que los otros esclavos, que estarán
esperando en fila sus azotes matinales. Entonces os enseñaré a abrir la boca sin permiso.
Lo dijo con una efusividad inusual. Las mejillas de la señora Lockley habían cogido
color; estaba tan guapa. y ahora, al trote le ordenó con suavidad.
La gran sala de la posada estaba ya abarrotada de soldados y otros hombres que bebían.
El fuego crepitaba en la chimenea y una pieza de cordero giraba en el espetón. Varios
esclavos, en pie y con las cabezas inclinadas, se precipitaban de puntillas para servir
vino y cerveza en docenas de jarros de peltre. Allí donde Bella miraba, entre el gentío
de bebedores vestidos de oscuro con pesadas botas de montar y espadas, veía el destello
de traseros desnudos y relucientes vellos púbicos de esclavos que servían humeantes
platos de co mida, se inclinaban para enjugar el líquido verti do, se arrastraban a cuatro
patas para fregar el sue lo o correteaban para recoger una moneda que alguien había
arrojado juguetonamente al suelo lleno de serrín.
Desde un rincón sombrío llegaba el rasgueo resonante y monótono de un laúd, el ritmo
de una pandereta y los soplidos de una trompeta que in terpretaban una lenta melodía.
Pero la cancionci lla apenas se oía debido a las risotadas de los comensales. Los
fragmentos interrumpidos de un coro arrancaban con entusiasmo pero se desvane cían
enseguida. De todas partes llegaban las voces que ordenaban más comida y bebida, y las
peticio nes de más esclavas y esclavos guapos que acompañaran y entretuvieran a los
soldados.