A Bella se le detuvo el corazón al ver a la mu chacha. Pero la señora Lockley la hizo
pasar justo a su lado, aunque fue incapaz de volver la cabeza para ver mejor a la
desgraciada, y a continuación tuvo que entrar trotando en la estancia principal de la
posada.
Pese al calor del día, el ambiente de la enorme sala era fresco. En la enorme chimenea
ardía un fuego, donde había una humeante marmita de hie rro. Docenas de mesas y
bancos concienzuda mente pulidos estaban repartidos por el vasto sue lo embaldosado,
y varios barriles gigantescos se alineaban a lo largo de las paredes. En uno de los lados
sobresalía una larga repisa que partía desde el hogar y, en el muro más alejado, había
algo así como un pequeño y tosco escenario. Un mostrador, largo y rectangular, se
extendía hacia la puerta desde el hogar y, tras él, un hombre con una jarra en la mano y
el codo apoyado en la madera parecía estar listo para servir cerveza a cualquiera que se
lo pidiera. Alzó la desgreñada cabeza, descubrió a Bella con sus oscuros ojos pequeños
y hundidos y, con una sonrisa, le dijo a la señora Lockley:
Ya veo que os ha ido bien.
Los ojos de Bella tardaron un momento en acostumbrarse a la penumbra, pero pronto se
per cató de que había otros muchos esclavos des nudos en la sala. En un rincón, un
príncipe de precioso cabello negro, desnudo y de rodillas, restregaba el suelo con un
gran cepillo cuyo mango de madera sostenía con los dientes. Una princesa de cabello
rubio oscuro se dedicaba a la misma tarea, más allá de la puerta. Otra joven de pelo
casta ño recogido sobre la cabeza estaba de rodillas sacando brillo a un banco, aunque
en su caso se beneficiaba de la clemencia de poder emplear las manos. Otros dos
jóvenes, príncipe y princesa, con el cabello suelto, se arrodillaban en el extremo más
alejado del hogar, iluminados por el destello de la luz del sol que entraba por la puerta
trasera, y bruñían vigorosamente diversas fuentes de peltre.
Ninguno de estos esclavos se atrevió a echar una sola ojeada a Bella. Su actitud era de
completa obediencia. Cuando la joven princesita avanzó apresuradamente con el cepillo
de fregar suelos para limpiar las baldosas próximas a los pies de Bella, ésta se percató
de que no hacía mucho que sus piernas y nalgas habían recibido el último cas tigo.
«Pero ¿quiénes son estos esclavos? », se preguntó Bella. Estaba casi segura de que
Tristán y ella formaban parte del primer grupo sentenciado a trabajos forzados. ¿Serían
éstos los incorregibles que por su mal comportamiento eran consignados al pueblo
durante un año?
Coged la pala de madera dijo la señora Lockley al hombre que estaba en la barra. Luego
tiró de Bella hacia delante y la arrojó a toda prisa sobre el mostrador.
La princesa no pudo contener un quejido y de pronto se encontró con las piernas
colgando por encima del suelo. Aún no había decidido si iba a obedecer o no a esta
mujer cuando sintió que le soltaba la mordaza y la hebilla y luego le llevaba las manos a
la nuca con suma violencia.
Con la otra mano, la mesonera le tocó entre las piernas y sus dedos indagadores
encontraron el sexo húmedo de Bella, los labios hinchados e incluso la ardiente pepita
del clítoris, lo que obligó a Bella a apretar los dientes para contener un gemido de
súplica.
La mano de la mujer la dejó padeciendo un tormento extremo.
Por un instante, Bella respiró sin impedimen tos pero a continuación sintió la lisa
superficie de la pala de madera que apretaba suavemente sus nalgas, con lo cual las
ronchas parecieron arder otra vez.
Roja de vergüenza tras el rápido examen, Bella se puso en tensión, a la espera de los
inevitables azotes que, sin embargo, no llegaron. La señora Lockley le torció la cara
para que pudiera ver a través de la puerta abierta
¿Veis a esa guapa princesa que cuelga delletrero? preguntó la dueña de la posada y,
agarrando a Bella por el pelo, tiró y empujó de su ca beza para que hiciera un gesto
afirmativo. Bella comprendió que no debía hablar y, por el momen to, decidió obedecer.
Asintió espontáneamente.