| Denunciante Novato
| Respuesta: Las aventuras de Bella Los lugareños se abalanzaban sobre la princesa, la empujaban, la pellizcaban,
palmoteaban sus irritadas nalgas y le decían que era una chica muy mala; luego, le
preguntaban si disfrutaba con sus cachetes y confesaban lo mucho que les gustaría
disponer de una hora a solas con ella para enseñar le buenos modales. Pero Bella tenía
los ojos clava dos en la mujer, temblaba de pies a cabeza y sentía un curioso vacío
mental, como si hubiera dejado por completo de pensar.
No obstante, lo hacía. Como antes, se pregun taba: «¿Por qué no voy a ser tan mala
como me plazca? » Pero súbitamente rompió a llorar una vez más, sin saber por qué. La
mujer caminaba tan rápido que Bella se veía obligada a trotar; así que obedecía, aunque
fuese a regañadientes, con los ojos irritados por las lágrimas lo cual hacía que en su
visión los colores de la plaza se fundieran en una única nube de frenético movimiento.
Entraron rápidamente en una pequeña calle donde se cruzaron con personas rezagadas
que apenas les dirigían un vistazo, impacientes por llegar a la plaza. Enseguida, Bella se
encontró trotando sobre los adoquines de una callejuela silenciosa y vacía que torcía y
daba vueltas bajo las oscuras casas con entramados, ventanas con paneles romboides y
contraventanas y puertas pintadas de vivos colores.
Había rótulos de madera por doquier que anunciaban los negocios del pueblo: aquí
colgaba una bota de zapatero, allí el guante de cuero de un guantero, y una copa de oro
toscamente pintada indicaba la presencia del tratante en cuberterías de plata y oro.
Un extraño silencio envolvió a las mujeres, y entonces Bella sintió que todos los leves
dolores de su cuerpo parecían avivarse. Notaba su cabeza lastrada con fuerza hacia
delante por las riendas de cuero que rozaban sus mejillas. Respiraba an siosamente
contra la tira de cuero que la amorda zaba y, por un momento, la sorprendió algo de la
escena general, de la callejuela serpenteante, las pequeñas tiendas desiertas, la alta
mujer con el corpiño y la amplia falda de terciopelo rojo cami nando ante ella, la larga
cabellera negra que caía en rizos sobre la estrecha espalda. Tuvo la impresión de que
todo aquello había sucedido antes o, más bien, de que era algo bastante corriente.
Aunque era del todo imposible, Bella se sintió como si, de alguna manera peculiar,
perteneciera a aquello, y poco a poco el terror paralizador que sintió en el mercado se
fue disipando. Estaba des nuda, sí, y le ardían los muslos por los hemato mas, igual que
las nalgas; no quería ni pensar en el aspecto que tendrían. Los pechos, como siempre,
enviaban aquella perceptible palpitación por todo su cuerpo y, cómo no, sentía la
terrible pulsación secreta entre las piernas. Sí, su sexo, importunado con tanta crueldad
por las rozaduras de aquella lisa pala, aún la enloquecía.
Pero en ese instante, todas estas cosas resultaban casi dulces. Incluso resultaba casi
agradable el sonoro contacto de los pies desnudos sobre los adoquines calentados por el
sol. Además, la alta mujer le inspiraba una vaga curiosidad. Bella se preguntaba cuál
sería su cometido a partir de aquel momento.
En el castillo nunca se planteó en serio este tipo de cosas. Le asustaba lo que pudieran
obligarla a hacer pero, en cambio, en estos instantes no estaba segura ni de si tendría
que hacer algo. No lo sabía.
De nuevo volvió a ella la sensación de total normalidad ante el hecho de estar desnuda,
de ser una esclava maniatada, penada, arrastrada con crueldad por esta callejuela. Se le
ocurrió pensar que la alta mujer sabía con precisión cómo mane jarla, por la manera
apresurada en que la llevaba, controlando toda posibilidad de rebelión. Todo esto
fascinaba a la princesa.
Dejó que su mirada discurriera errante por los muros y se percató de que, aquí y allí,
había gente que la observaba desde las ventanas. Por delante descubrió a una mujer que
la observaba con los brazos cruzados desde el balcón. Continuando el camino, un
muchacho sentado en el alféizar de la ventana le sonrió y le lanzó un besito. Luego
apareció un hombre de piernas torcidas y burda ves timenta que se quitó el sombrero
ante la señora Lockley y se inclinó a su paso. Aunque apenas se detuvo a mirar a Bella,
le dio una palmadita en las nalgas al cruzarse con ella. Aquella extraña sensación de
familiaridad con todo aquello empezó a confundir a Bella pero sin dejar de deleitarla al
mismo tiempo. Entretanto, llegaron rápidamente a otra gran plaza adoquina da, en cuyo
centro había un pozo público, y que estaba rodeada de mesones con sus letreros distin
tivos colgados a la entrada.
Allí estaban el Signo del Oso, el Signo del Ancla y el Signo de las Espadas Cruzadas,
pero el más destacado era, con mucho, el dorado Signo del León, que colgaba muy
elevado sobre una vas ta calzada, bajo tres pisos de ventanas emplomadas.
Sin embargo, el detalle más impactante era el cuerpo de una princesa desnuda que se
balanceaba por debajo del letrero, con las muñecas y tobillos atados a una tira de cuero,
de la que colgaba como una fruta madura, con el rojo sexo dolorosamente expuesto.
Era exactamente la postura en la que maniataban a los príncipes y princesas de la sala de
castigos del castillo, una postura que Bella aún no había sufrido en sus propias carnes
pero que temía más que ninguna otra. La princesa tenía el rostro entre las piernas, con
los ojos casi cerrados, tan sólo unos centímetros por encima de su sexo hin chado,
despiadadamente descubierto. Cuando vio a la señora Lockley, la muchacha gimió
retorciéndose bajo las ligaduras y, con gran esfuerzo, intentó adelantarse en un gesto de
súplica, como hacían los príncipes y princesas torturados en la sala de castigos del castillo. |