Las punzadas de la pala la castigaban haciéndole adelantar las caderas en un arco
provocativo. Luego volvían para rozarle otra vez el vello púbico, inundándola de
oleadas de placer y dolor al mismo tiempo.
En un gesto absolutamente desafiante, meneó el cuerpo con todas sus fuerzas y casi
consiguió desprenderse del subastador, que soltó una fuerte risotada de perplejidad. La
multitud no paraba de chillar mientras el hombre intentaba mantenerla quieta
presionando con los fuertes dedos las mu ñecas de Bella para izarla aún más. Por el
rabillo del ojo, la princesa vio que dos lacayos con vestimentas vulgares se apresuraban
a acercarse en dirección a la tarima.
Inmediatamente la cogieron por las muñecas
y la ataron a la tira de cuero que pendía del patíbulo, que estaba sobre la cabeza de la
princesa. Ésta se quedó entonces balanceándose en el aire, y la pala del subastador
empezó a golpearla, obligán dola a girar, mientras Bella no podía hacer otra cosa que
sollozar e intentar ocultar el rostro entre los brazos estirados.
No tenemos todo el día para divertirnos con esta princesita gritó el subastador, aunque
la muchedumbre lo provocaba gritándole «Azó tala, castígala».
Así que exigís mano firme y disciplina seve ra para la encantadora damita, ¿es esto lo
que me ordenáis? preguntó mientras Bella se retorcía con los azotes de la pala que le
propinaba en las plantas de los pies desnudos. Luego le levantó la cabeza y la colocó
entre los brazos para que no pudiera ocultar su rostro.
¡Unos pechos preciosos, brazos tiernos, nalgas deliciosas y una pequeña cavidad del
placer dig na de los dioses!
Empezaban a oírse las ofertas, superadas con tal rapidez que el subastador apenas
alcanzaba a repetirlas en voz alta. Bella vio a través de los ojos arrasados en lágrimas
cientos de rostros que la ob servaban fijamente: hombres jóvenes que se api ñaban hasta
el mismísimo borde de la tarima, un par de jovencitas que murmuraban y la señalaban y,
más atrás, una anciana apoyada en un bastón que estudiaba a Bella y levantaba un dedo
sarmen toso para ofrecer su postura.
De nuevo, una sensación de desenfreno se apoderó de ella. Sintió, una vez más, aquel
despe cho, y pataleó y gimió con los labios cerrados, aunque no dejaba de intrigarla el
hecho de que no gritara en voz alta. ¿Era más humillante admitir que podía hablar? ¿Se
sonrojaría aún más si la obli lecto y sentimientos, y no una esclava estúpida?
La única respuesta que obtenía eran sus propios sollozos. La subasta continuaba. Le
separa ron las piernas cuanto pudieron y el subastador le pasó la vara de cuero por las
nalgas como había hecho con Tristán. Le toqueteó el ano obligándola a protestar, a
apretar los dientes, a debatirse, e incluso a intentar alcanzar a su torturador con una
patada inútil.
Pero en aquel instante el subastador confirmaba la oferta más elevada, luego otra, y con
sus comentarios intentaba que la multitud pujara más alto, hasta que Bella lo oyó
anunciar con su característica y profunda voz:
¡Vendida a la mesonera, la señora Jennifer Lockley, de la posada el Signo del León. Por
la cuantiosa suma de veintisiete piezas de oro, esta fogosa y divertida princesita será
azotada para ganarse el pan.
LAS LECCIONES DE LA SEÑORA LOCKLEY
La multitud continuaba aplaudiendo mientras desencadenaban a Bella y la empujaban
escaleras abajo con las manos enlazadas tras la nuca, lo que realzaba aún más sus
pechos. No le sorprendió sentir que le colocaban una tira de cuero en la boca y se la
sujetaban firmemente a una hebilla, en la parte posterior de la cabeza, a la que a su vez
le ataron las muñecas. No le sorprendía después de la resistencia con la que había
forcejeado sobre la plataforma.
«¡Pues que hagan lo que quieran!», se dijo llena de desesperación. y cuando sujetaron
unas riendas a la misma hebilla y se las dieron a la alta dama de pelo negro situada de
pie ante la tarima, Bella se dijo: «Muy bien pensado. Me hará seguir la como si fuera
una bestia.»
La mujer estudiaba a Bella del mismo modo como lo hizo antes el cronista con Tristán.
Tenía un rostro vagamente triangular, casi hermoso, y una negra cabellera suelta que le
caía por la espalda, excepto una delgada trenza recogida sobre la frente que mantenía el
rostro despejado de los es pesos bucles oscuros. Llevaba un magnífico cor piño con
falda de terciopelo rojo y una blusa de lino de mangas abombadas.
«Una rica mesonera», concluyó Bella. La alta mujer tiraba con tanta fuerza de las
riendas que casi hizo caer a Bella. Luego se echó las riendas por encima del hombro y
obligó a la joven a adop tar un trote rápido tras sus pasos.