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Antiguo 15-09-2011 , 09:26:08   #108
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

LA SUBASTA DE BELLA
«¡No, no puede ser verdad!», se dijo Bella, que sentía que las piernas no respondían
mientras la pala la golpeaba. Las lágrimas la cegaban cuando la llevaron casi en
volandas hasta la tarima y la colocaron sobre la plataforma giratoria. Poco importaba
que no hubiera caminado obediente mente.
¡Allí estaba! La multitud se extendía ante ella en todas direcciones, rostros contraídos y
manos que se agitaban, muchachas y muchachos de poca estatura que saltaban para
poder atisbar el espec táculo, mientras los que estaban en los balcones estiraban el
cuello para no perderse ningún detalle.
Bella temió sufrir un desmayo, pero inconce biblemente continuaba en pie. Cuando la
bota de blando cuero sin curtir del subastador le separó las piernas de una patada, la
princesa se esforzó por mantener el equilibrio mientras sus pechos tremulaban con los
sollozos contenidos. ¡Una princesita preciosa! gritó el subastador. Cuando la plataforma
empezó a girar súbi tamente, Bella estuvo a punto de perder pie. Ante ella vio a cientos
de personas que se apiñaban hasta llegar a las puertas del pueblo, en los balcones y
ventanas, y a los soldados repantigados sobre las almenas. ¡Con un cabello como hilo de
oro y tiernos pechos!
El brazo del subastador se movió alrededor del cuerpo de la princesa, le apretó con
fuerza los senos y le pellizcó los pezones. Bella soltó un grito contenido por sus labios
sellados, pero no pudo evitar sentir el ardor que de inmediato le invadió la entrepierna. y
si la cogía del pelo como había hecho con Tristán...
Todavía estaba pensando esto cuando se sintió forzada a doblarse por la cintura y
adoptar la mis ma postura que su compañero de esclavitud. Sus pechos parecieron
hincharse con su propio peso al quedar colgando bajo su torso, y la pala le volvió a
golpear las nalgas para deleite de la multitud, que no cesaba de expresar su regocijo. Se
oyeron aplausos, risas y gritos mientras el subastador le levantaba el rostro con el falo
de cuero negro, aunque mantenía a Bella inclinada sin dejar de ha cer girar la plataforma
cada vez más deprisa.
Preciosos atributos, idóneos sin duda para las labores caseras más delicadas. ¿Quién
malgas taría este delicioso bocado en los campos?
¡Que la lleven a los campos! gritó al guien, y se oyeron más vítores y risas. Cuando la
pala la azotó de nuevo, Bella soltó un gemido hu millante.
El subastador atenazó la boca de Bella con la mano y la obligó a levantar la barbilla, lo
que la hizo incorporarse con la espalda arqueada. «Voy a desmayarme, voy a
desfallecer», se decía la prin cesa, cuyo corazón latía con fuerza; pero seguía allí,
soportando la situación incluso cuando sintió entre los labios púbicos el repentino
hormigueo de la vara forrada de cuero. «Oh, eso no, no pue de...» pensó, pero su
húmedo sexo se hinchaba, hambriento del burdo contacto de la vara. Se re torció en un
intento de escapar a aquel tormento y la multitud rugió de entusiasmo.
Bella se dio cuenta de que estaba torciendo los labios de un modo terriblemente vulgar
para esca par al penetrante y punzante examen.
Nuevos aplausos y gritos aclamaron cuando el subastador empujó la vara hacia las
profundida des del caliente y húmedo vientre de la princesa sin dejar de gritar:
¡Una muchachita exquisita, elegante, ade cuada como doncella para la dama más
refinada o para diversión de cualquier caballero! Bella sabía que estaba como la grana.
En el castillo nunca había sufrido tal vejación. Sintió que sus piernas perdían el contacto
con el suelo mientras las manos firmes del subastador la levantaban por las muñecas
hasta dejarla colgada por encima de la plataforma, al tiempo que la pala alcanzaba sus
pantorrillas indefensas y las plantas de sus pies.
Sin pretenderlo, Bella pataleó en vano. Había perdido todo control. Gritaba con los
dientes apretados y mientras el hombre la asía, ella forcejeaba como una loca. Un
extraño y desesperado arrebato la invadió cuando la pala le azuzó el sexo, azotándolo y
toqueteándolo. Los gritos y rugidos de la multitud la ensordecían. Bella no sabía si en
realidad anhelaba aquel tormento o si prefería huir de él.
Sus oídos se llenaron de su propia respiración y de sus des controlados sollozos.
Entonces se dio cuenta, de repente, de que estaba dando a la con currencia precisamente
el tipo de espectáculo que todos deseaban. Estaban consiguiendo de ella mu cho más de
lo que les había dado Tristán, aunque no sabía si aquello le importaba. Tristán ya se ha
bía ido, y ella estaba completamente desampa rada.

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