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Antiguo 14-09-2011 , 09:01:56   #107
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

El subastador sostenía en la mano una larga, estrecha y flexible pala de cuero, que más
parecía una correa rígida. Golpeó con ella la verga de Tristán, otra vez de cara al redil
de esclavos, mientras anunciaba a todo el mundo:
Con un miembro fuerte, bien dispuesto, de gran resistencia, capaz de ofrecer servicios
inme jorables. El estallido de risas resonó por toda la plaza.
El subastador extendió el brazo, aferró a Tristán por el pelo y lo dobló bruscamente por
la cin tura, mientras accionaba de nuevo el pedal para que la plataforma girara mientras
Tristán conti nuaba inclinado.
Excelentes nalgas retumbó la profunda voz; luego se oyó el inevitable chasquido de la
pala que dejaba erupciones rojas sobre la piel de Tristán. ¡Elásticas y suaves! gritó el
subastador, quien ahora presionaba la carne con los dedos. Luego acercó la mano al
rostro de Tristán y lo levantó. ¡Y es recatado, de temperamento tranquilo, deseoso de
obedecer! ¡Más le vale! De nuevo, resonó un estallido y se oyeron risas por todas partes.
«¿Qué estará pensando? se dijo Bella. ¡Me resulta insoportable!»
El subastador había cogido otra vez a Tristán por la cabeza y Bella vio que el hombre
esgrimía un falo de cuero negro que colgaba de una cadena atada al cinturón de su
coleto de terciopelo verde.
Antes de que Bella alcanzara a comprender qué pretendía hacer, el subastador ya había
introducido el falo en el ano de Tristán, lo que suscitó nuevos vítores y gritos que
surgieron de la multitud que llenaba todos los rincones del mercado, mien tras el
príncipe seguía doblado por la cintura, con el rostro imperturbable.
¿Hace falta que diga más? gritó el subastador. Pues entonces... ¡que empiece la subasta!
Las pujas comenzaron de inmediato, supera das nada más escucharse por cantidades que
se gritaban desde todas las esquinas, como la de una mujer que estaba en un balcón
próximo, proba blemente la esposa de un tendero, con su soberbio corpiño de terciopelo
y su blusa de lino blanco, quien se levantó para pujar por encima de las ca bezas de los
otros.
«Encima, todos son sumamente ricos pensó Bella. Son tejedores, tintoreros y plateros de
la propia reina, así que cualquiera tiene dinero para comprarnos.» Incluso una mujer de
aspecto vul gar, con las manazas enrojecidas y el delantal manchado, pujó desde la
puerta de la carnicería, aunque enseguida quedó fuera de juego.
La pequeña plataforma giratoria continuaba dando vueltas lentamente. A medida que las
canti dades eran más elevadas, el subastador intentaba persuadir a la multitud para hacer
la puja final.
Con una vara delgada forrada de cuero, que de senfundó de una vaina como si se tratara
de una espada, presionó la carne de las nalgas de Tristán, aquí y allá, y le frotó el ano,
mientras el príncipe cautivo permanecía callado, con aspecto humilde, demostrando su
padecimiento únicamente por el rubor ardoroso del rostro.
Pero, de súbito, alguien alzó la voz desde el fondo de la plaza y superó todas las pujas
con un amplio margen, provocando un murmullo entre la muchedumbre. Bella
permanecía de puntillas, in tentando ver qué sucedía. Un hombre se había adelantado
para situarse ante la tarima y la prince sa lo vislumbró a través del andamiaje que soste
nía la plataforma. Era un hombre de pelo blanco, aunque no tan viejo como para lucir un
pelo tan cano, que se distribuía sobre su cabeza con un encanto inusual y que enmarcaba
un rostro cuadrado y bastante pacífico.
De modo que el cronista de la reina está in teresado en esta joven montura tan robusta
gri tó el subastador. ¿No hay nadie que ofrezca más? ¿Alguien da más por este
magnífico prínci pe? Vamos, seguro que... Otra puja. Pero al instante, el cronista la
superó, con una voz tan suave que incluso Bella se asombró de haberla oído. En esta
ocasión, la apuesta era tan alta que cerraba las puertas a cualquier oposición. ¡Vendido!
declaró finalmente el subasta dor a viva voz. ¡A Nicolás, el cronista de la reina e
historiador jefe del pueblo de su majestad, por la cuantiosa suma de veinticinco piezas
de oro! Bella contempló entre lágrimas cómo se lleva ban a Tristán de la tarima y lo
empujaban precipi tadamente escaleras abajo en dirección al hombre cano. Su nuevo
amo esperaba sereno, con los bra zos cruzados, ataviado con un coleto gris oscuro de
exquisito corte que le confería un aire principesco, mientras inspeccionaba en silencio
su reciente adquisición. Con un chasqueo de dedos, ordenó a Tristán que lo precediera
al trote para salir de la plaza.
La muchedumbre se apartó de mala gana para dejar marchar al príncipe, no sin antes
empujarlo y burlarse de él. Bella intentaba a duras penas ver la escena cuando se dio
cuenta de que la estaban separando del grupo de esclavos quejumbrosos; gritó y vio
cómo se la llevaban a rastras en direc ción a los escalones de madera.

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