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Antiguo 14-09-2011 , 09:01:26   #106
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Entretanto, los guardias atormentaban a los príncipes fustigándoles levemente los penes
con los cintos de cuero. Luego, con las manos, les sos tenían y les dejaban caer
pesadamente los testícu los oscilantes al tiempo que les ordenaban que se mantuvieran
firmes y les castigaban con varios golpes de pala en las nalgas si no obedecían. Tristán
se encontraba de espaldas a Bella, que veía cómo temblaban los duros y perfectos
músculos de las piernas y nalgas del príncipe mientras el guardia lo importunaba,
pasándole la mano con brusquedad entre las piernas. En ese instante, Bella lamentó
terriblemente haber hecho el amor furtivamente con él. Si no conseguía una erección,
como le ordenaba el guardia, ella sería la culpable.
Volvió a oírse la retumbante voz:
Todos los presentes conocéis las normas de la subasta. Los esclavos desobedientes que
nuestra graciosa majestad ofrece para realizar trabajos forzados serán vendidos al mejor
postor por un período que sus nuevos señores y amos decidirán, y que nunca será
inferior a tres meses de vasallaje.
Estos esclavos desobedientes deberán comportar
se como criados silenciosos y, cada vez que lo per mitan sus señores y señoras, serán
traídos al lugar de castigo público para sufrir aquí su escarmiento, para disfrute de la
multitud así como para su pro pla mejora.
El guardia se había apartado de Tristán. Antes le había propinado un golpe de pala casi
juguetón tras sonreír susurrándole algo al oído.
A los nuevos amos se os encomienda so lemnemente que hagáis trabajar a estos
esclavos continuó la voz del heraldo sobre la tarima, que los disciplinéis y que no
toleréis ninguna desobediencia ni palabra insolente. Todo amo o se ñora puede vender a
su esclavo dentro del pueblo en cualquier momento y por la suma que conside re
conveniente.
La princesa de rojos cabellos apretaba los pechos desnudos contra Bella, que se adelantó
para besarle el cuello. Al hacerlo sintió el tupido vello rizado del pubis de la muchacha
contra la pierna, y la humedad y el calor que desprendía.
No lloréis le susurró.
Cuando regresemos, seré perfecta, seré per fecta le confió la princesa, que estalló de
nuevo en sollozos.
Pero ¿qué os hizo desobedecer? le susurró Bella rápidamente al oído.
No sé gimió la muchacha, abriendo completamente sus azules ojos. ¡Quería ver qué
pasaba! De nuevo empezó a llorar lastimosa mente.
Cada vez que castiguéis a uno de estos esclavos indignos continuaba el heraldo, estaréis
cumpliendo el mandato de su majestad real.
Es la mano de su majestad la que los golpea y son los labios reales los que les
reprenden. Una vez por semana, los esclavos serán enviados al edificio central de
cuidados. Habrá que alimentarlos adecuadamente, y deberán disponer de tiempo sufi
ciente para dormir. En todo momento, los es clavos deberán mostrar evidencias de
severos azotes; y toda insolencia o rebeldía será tajante mente reprimida.
El pregonero volvió a hacer sonar la trompeta. Había pañuelos blancos agitándose por
doquier y cientos de personas que aplaudían con entusiasmo. La princesa pelirroja soltó
un gritó al sentir que un joven que se había doblado sobre la valla del redil tiraba de su
muslo.
El guardia lo detuvo con una reprimenda be nevolente, pero el muchacho ya había
conseguido deslizar la mano en el húmedo sexo de la princesa.
En esos instantes obligaban a Tristán a subir al entarimado. Como antes, el príncipe
cautivo mantenía la cabeza erguida, las manos enlazadas en la nuca y una actitud de
total dignidad a pesar de que la pala golpeaba sonoramente sobre su tor neado y
apretado trasero mientras él ascendía por los escalones de madera.
Bella advirtió por primera vez, bajo el alto patíbulo y los eslabones de cuero de la
cadena colgante, una plataforma giratoria baja y redonda so bre la que un hombre alto y
demacrado con un coleto de terciopelo verde obligaba a subirse a Tristán.
El hombre separó las piernas del príncipe de una patada, como si no pudiera dirigirle ni
la or den más simple.
«Le tratan como a un animal», pensó Bella, que se esforzaba por ver lo que sucedía.
El alto subastador se incorporó y accionó la plataforma giratoria con un pedal, para que
Tris tán girara con facilidad y rapidez.
Bella alcanzó a vislumbrar el rostro enrojeci do del príncipe, su pelo dorado y los ojos
azules casi cerrados. El pecho y el vientre endurecidos relucían por el sudor, el pene
aparecía enorme y grueso, tal y como querían los guardias, y las pier nas le temblaban
ligeramente por la presión que las obligaba a mantenerse tan separadas.
El deseo se apoderó de Bella que, pese al mie do y a la lástima que le inspiraba Tristán
en aquel momento, percibía que sus propios órganos se hinchaban y volvían a latir. «No
pueden dejarme ahí sola ante todo el mundo. ¡No pueden vender me de este modo! ¡No
puede ser!», se decía.
Pero, cuántas veces había dicho estas mismas palabras en el castillo.
Unas sonoras carcajadas provenientes de un balcón próximo la cogieron desprevenida.
Por to das partes se alzaban conversaciones y discusiones aviva voz mientras la
plataforma giraba sin cesar y los rizos rubios de Tristán mantenían des pejada la nuca a
causa del movimiento, lo que le hacía parecer más desnudo y vulnerable.
Un príncipe de fuerza excepcional gritó el subastador con voz aún más fuerte y grave
que la del heraldo, lo que le permitía hacerse oír entre el estruendo de las
conversaciones, de largas extremidades pero de constitución robusta. Muy adecuado,
desde luego, para los trabajos de la casa, indiscutiblemente para el trabajo en el campo
y, sin duda, para el de las cuadras.
Bella dio un respingo.

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