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Antiguo 14-09-2011 , 09:00:04   #104
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

LA SUBASTA EN EL MERCADO
La carreta se había detenido y Bella alcanzó a ver, entre la maraña de brazos blancos y
cabellos
desgreñados, las murallas del pueblo que se exten día más abajo, por cuyas puertas
abiertas salía una multitud variopinta que se lanzaba corriendo a los prados.
Rápidamente, los soldados obligaron a bajar del carretón a los esclavos, a quienes
apremiaban a agruparse sobre la hierba a golpe de correa. Bella quedó inmediatamente
separada de Tris tán, a quien apartaron bruscamente sin ningún otro motivo aparente
que el capricho de uno de los guardias.
A los demás cautivos les estaban retirando las embocaduras de cuero.
¡Silencio! resonó el vozarrón del jefe de patrulla. ¡En el pueblo, los esclavos no hablan!
¡El que abra la boca volverá a ser amordazado con mucha más crueldad que antes!
Rodeó con su caballo el pequeño grupo de pe nados, obligándolos a apretarse más, y
ordenó que se les desataran las manos; ¡Y pobre del escla vo que retirara las manos de
la nuca!
¡En el pueblo, vuestras voces descaradas no hacen ninguna falta! continuó. ¡Ahora sois
bestias de carga, tanto si esa carga es el trabajo como el placer de los amos!
¡Mantendréis en todo momento las manos en la nuca, de lo contrario, os enyugarán y os
llevarán por los campos para que tiréis del arado!
Bella temblaba frenéticamente. La obligaron a ponerse en marcha, pero no encontraba a
Tristán por ningún lado. A su alrededor no veía más que largas cabelleras movidas por
el viento, cabezas inclinadas y lágrimas. Al parecer, una vez desamordazados, los
esclavos lloraban más suavemente y se esforzaban por guardar silencio; pero los
guardias seguían impartiendo las órdenes a gritos.
¡Moveos! ¡Levantad las cabezas! ordenaban con voz ronca e impaciente. Al oír aquellas
voces enfurecidas Bella sentía los escalofríos que ascendían por sus brazos y piernas.
Tristán estaba en algún lugar tras ella. Si al menos pudiera acer carse un poco...
Se preguntaba por qué les habían dejado allí, tan lejos del pueblo, y por qué el carretón
daba media vuelta.
De repente lo comprendió. Iban a hacerlos marchar a pie, como cuando se lleva un
rebaño de ovejas al mercado. Casi con la misma rapidez con que lo pensaba, los
guardias montados a caballo arremetieron contra el pequeño grupo y los obli garon a
emprender la marcha con una lluvia de golpes.
«Esto es demasiado cruel», pensó Bella. Se puso a correr sin dejar de temblar. Como
siempre, el golpe sonoro de la pala la alcanzaba cuando me nos lo esperaba y la
impulsaba por los aires hacia delante, sobre la tierra blanda recién revuelta.
¡Al trote, levantad la cabeza! gritó el guardia. ¡Arriba también esas rodillas!
Bella veía los cascos de las monturas que pisa ban con fuerza a su lado, como antes los
había vis to en el castillo, en el sendero para caballos. Sintió la misma agitación
incontrolable cuando la pala le golpeó sonoramente los muslos e incluso las pan
torrillas. Los pechos le dolían y un continuo tormento de lava ardiente recorría las
irritadas pier nas desnudas.
Aunque no podía ver a la muchedumbre con claridad, sabía que estaba allí. Cientos de
lugareños, tal vez incluso miles, salían a raudales por las puertas del pueblo para ver a
sus esclavos. «y nos van a llevar justo hacia ellos; es terrible», pensó.
De repente, la determinación que en el carro la animaba a desobedecer, a rebelarse, la
abandonó. Simplemente estaba demasiado asustada. Corría cuanto podía por el camino
en dirección al pue blo, pero la pala seguía alcanzándola por mucho que ella se
apresurara. Corría tanto que finalmen te se dio cuenta de que se había abierto paso hasta
la primera fila de esclavos y que estaba galopando con ellos, sin nadie delante que la
ocultara de la enorme multitud.
Los estandartes ondeaban en las almenas de las murallas. A medida que los esclavos se
aproxi maban, se oían ovaciones, se veían brazos agitán dose y, en medio de la
excitación, se percibían también carcajadas burlonas. El corazón de Bella palpitaba con
fuerza mientras intentaba no mirar al frente, aunque era imposible apartar la vista.
«Ninguna protección, ningún sitio donde esconderse pensó. ¿y dónde está Tristán? ¿Por
qué no consigo retrasarme en el grupo? » Cuando lo intentó la pala la golpeó
sonoramente, una vez más, y el guardia le gritó que continuara adelante.
Los golpes no cesaban de castigar a los esclavos que la rodeaban y una princesa
pelirroja que corría a su derecha rompió a llorar desconsoladamente.
Oh, ¿qué nos va a suceder? ¿Por qué desobedecimos? gemía la princesita entre sollozos.
El príncipe moreno que corría al otro lado de Be lla le dirigió una mirada de
advertencia:
¡Silencio, o será peor!

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