| Denunciante Novato
| Respuesta: El castigo de la Bella Durmiente ¡Qué horror! comentó Bella. Habién dolo conocido antes, caminando a su lado y ha
blando con él de igual a igual. ¿Cómo pudisteis someteros a aquello?
En el caso de Bella, todos sus amos habían sido completos desconocidos y los reconoció
per fectamente como sus señores en cuanto compren dió su indefensión y
vulnerabilidad. Había conocido el color y la textura de sus espléndidas pantuflas y
botas, los tonos estridentes de sus voces, antes de saber sus nombres o incluso de verles
el rostro. Pero Tristán esbozó la misma sonrisa misteriosa de antes.
Creo que fue mucho peor para Stefan que para mí le susurró al oído. Mirad, nos había
mos conocido en un gran torneo, donde nos en frentamos, y yo lo derroté en todas las
pruebas. Cuando cazábamos juntos, yo disparaba mejor y era mejor jinete. Me admiraba
y a la vez me apreciaba, y yo le quería por ello porque conocía el alcance de su orgullo
y de su amor. Como pareja, yo era quien tomaba la iniciativa.
»Luego, nuestras obligaciones nos forzaron a regresar a nuestros respectivos reinos.
Gozamos de tres noches furtivas de amor, quizás alguna más, en las que él se entregó
tanto como un mu chacho puede entregarse a un hombre. Luego vi nieron las cartas, que
finalmente resultaron dema siado dolorosas de escribir. Después, la guerra. El silencio.
El reino de Stefan se alió con el de la reina. Posteriormente, los ejércitos de su majestad
llegaron a nuestras puertas... Y se produjo este extraño encuentro en el castillo de la
reina: yo de rodillas a la espera de ser entregado a un amo respe table, y Stefan, el joven
deudo de la reina, sentado en silencio a su derecha en la mesa de banquetes. Tristán
sonrió una vez más. No, para él fue peor. Me abochorna admitir que mi corazón brin có
al verle. He sido yo quien, por despecho, he obtenido la victoria al abandonarlo.
Sí. Bella lo entendía porque sabía que había hecho lo mismo con el príncipe de la
Corona y con lady Juliana. Pero, el pueblo, ¿no sentíais miedo? Su voz se volvió a
quebrar. ¿Estarían muy lejos del pueblo, mientras hablaban de él? .
¿O es que era la única manera? preguntó que damente.
No lo sé. Seguro que hubo más cosas aparte de esto respondió Tristán en un susurro,
pero se detuvo algo confuso. Por si os interesa confesó, estoy aterrorizado. Pero lo
cierto es que lo dijo con tal calma, con una voz tan rebosante de seguridad y serenidad,
que Bella no pudo creerlo.
La crujiente carreta había tomado otra curva y los guardias se habían adelantado a
caballo para recibir órdenes del jefe. Los esclavos aprovecharon la ocasión para
murmurar entre ellos, aunque seguían demasiado temerosos y obedientes como para
deshacerse de las pequeñas embocaduras de cuero. No obstante, aún eran capaces de
consultarse ansiosamente sobre el destino que les espera ba, mientras el carro
continuaba oscilando en en su lento avance.
Bella dijo Tristán. Nos separarán cuando lleguemos al pueblo. Nadie sabe qué nos va a
pasar. Sed buena, obedeced. En el fondo, no puede ser... De nuevo la inseguridad lo
obligó a interrupirse. No puede ser peor que en el castillo.
Bella pensó que había detectado un tenue ma tiz de perturbación en su voz aunque, al
alzar la mirada hacia él, vio un rostro casi severo, sólo los hermosos ojos se habían
ablandado un poco. Bella apreció un leve atisbo de barba dorada en su man díbula y
deseó besarla.
¿Os preocuparéis por mí cuando nos sepa ren, intentaréis encontrarme, aunque sólo sea
para hablar un poco conmigo ? preguntó Bella. Oh, sólo saber que estaréis allí... Pero,
no, no creo que vaya a ser buena. No veo por qué debo seguir intentado ser buena.
Somos malos esclavos, Tris tán. ¿Por qué íbamos a obedecer ahora?
No digáis eso. Me preocupáis.
A lo lejos se oía un débil fragor de voces, el rugido de una numerosa multitud. Por
encima de las suaves colinas, llegaba el bullicio de una feria de pueblo y de cientos de
personas que hablaban, gritaban y se arremolinaban.
Bella se apretujó un poco más contra el pecho de Tristán. Sintió una punzada de
excitación entre las piernas y la fuerza con que latía su corazón. El miembro de Tristán
volvía a endurecerse pero no estaba dentro de ella y de nuevo fue una agonía te ner las
manos ligadas, no poder tocarlo. De repen te, la pregunta de Bella carecía de
significado, no obstante la repitió, entre el estruendo cada vez mayor de aquel rugido
distante.
¿Por qué debemos obedecer si ya hemos sido castigados?
Tristán también oía los crecientes sonidos le janos. El carretón cobraba velocidad.
En el castillo nos dijeron que debíamos obe decer siempre dijo Bella. Era lo que
deseaban nuestros padres cuando nos enviaron para prestar vasallaje a la reina y al
príncipe. Pero ahora somos esclavos malos...
Si desobedecemos, lo único que lograremos será un castigo aún peor contestó Tristán,
aunque un extraño brillo en su mirada traicionaba sus palabras. Sonaban falsas, como si
repitiera algo que debía decir por el bien de ella. Debemos es perar y ver qué sucede
continuó. Recordad, Bella, al final conquistarán nuestra voluntad.
Pero ¿cómo, Tristán? preguntó. ¿Que réis decir que os condenasteis a esto y aun así
obedeceréis? De nuevo sentía la misma agitación que experimentó en el castillo, cuando
dejó al príncipe y a lady Juliana llorando tras ella. «Soy una muchacha tan mala»,
pensó. Sin embargo...
Bella, sus deseos prevalecerán. Recordad que un esclavo díscolo y desobediente les
proporciona la misma diversión. Entonces, ¿por qué re sistirnos? preguntó Tristán.
¿Por qué esforzarse en obedecer? replicó Bella.
¿Tenéis fuerzas para ser tan mala en todo momento? inquirió él. Hablaba en voz baja
pero apremiante, con su cálido aliento en el cuello de la muchacha, a quien empezó a
besar otra vez. Bella intentaba impedir que el rugido de la multi tud penetrara en su
mente; era un sonido horren do, como el de una gran bestia en el momento de salir de su
cubil. Estaba temblando.
Bella, no sé qué he hecho dijo Tristán, que lanzó una ansiosa ojeada en dirección a
aquel fragor pavoroso y amenazador: gritos, aclamacio nes, la confusión de un día de
feria. Incluso en el castillo... empezó, y entonces los ojos azules se encendieron de algo
que podía ser miedo en un arrogante príncipe que no podía mostrarlo. In cluso en el
castillo, pensaba que era más fácil co rrer cuando nos mandaban correr, arrodillarse
cuando nos la ordenaban; era una especie de triunfo hacerlo a la perfección.
Entonces, ¿por qué estamos aquí, Tristán? preguntó Bella, que se puso de puntillas para
poder besarle los labios. ¿Por qué somos ambos unos esclavos tan malos?
Sin embargo, aunque intentaba parecer rebel de y valiente, se apretó contra Tristán llena de de sesperación. |