| Denunciante Novato
| Respuesta: El castigo de la Bella Durmiente | Pero ¿por qué, Bella? le susurró de nuevo Tristán, con los labios aún pegados a los de la
jo ven. Lo habéis tenido que hacer a propósito para escaparos del príncipe de la Corona.
Os admiraban demasiado, erais demasiado perfecta.
Sus ojos azul oscuro, de un tono casi violeta, parecían reflexivos, meditativos, aunque
reacios a manifestarse por completo.
Su rostro era un poco más grande que el de la mayoría de hombres, de osamenta fuerte y
perfec tamente simétrica, aunque los rasgos casi eran de licados, y tenía una voz más
baja y autoritaria que los príncipes que fueron los amos de Bella. Pero en aquella voz
sólo había calor, y eso, junto con sus largas pestañas que cobraban un reflejo dorado
bajo la luz del sol, le daban un aire de ensueño.
Hablaba a Bella como si siempre hubieran sido compañeros de esclavitud.
No sé por qué lo hice susurró Bella.
No puedo explicarlo pero, sí, debe de haber sido a propósito. Besó el pecho de Tristán y
rápidamente encontró sus pezones, que también besó, y a continuación los succionó con
intensidad, sintiendo cómo el príncipe volvía a latir con fuerza contra ella, pese a sus
leves ruegos que pedían cle mencia.
Evidentemente, los castigos de palacio habían sido sumamente obscenos, y servir de
juguete para la suntuosa corte, ser el objeto de una atención implacable, había sido
realmente excitante.
Sí, halagador y a la vez confuso: las palas de cuero exquisitamente repujado, las correas
y las marcas que provocaban, la implacable disciplina que la había dejado llorosa y
jadeante en tantas ocasiones. y los calientes baños perfumados que venían a
continuación, los masajes con aceites fragantes, las horas que pasaba medio dormida en
las que no se atrevía a considerar las tareas y pruebas que le aguardaban.
Sí, había sido embriagador y cautivador, in cluso aterrador.
Naturalmente había amado al alto y moreno príncipe de la Corona con sus misteriosos y
súbi tos arrebatos, así como a la encantadora y dulce lady Juliana con sus preciosas
trenzas rubias. Am bos habían sido unos eficaces verdugos.
Entonces, ¿por qué lo había echado todo a perder? ¿Por qué al ver a Tristán en el
cercado, entre el grupo de príncipes y princesas desobedientes condenados a ser
subastados en el pueblo, se había rebelado deliberadamente para ser castigada junto con
ellos?
Todavía recordaba la breve descripción que hizo lady Juliana de lo que les deparaba el
destino a aquellos desdichados:
Es un vasallaje horrible. La subasta empieza en cuanto llegan los esclavos, y ya os
imaginaréis que hasta los mendigos y patanes más abyectos de la ciudad están allí para
presenciarla. Cómo no, la ciudad entera festeja la jornada.
Luego, aquel extraño comentario expresado por el señor de Bella, el príncipe de la
Corona, que no podía imaginarse en aquel momento que su es clava favorita acabaría
condenándose a sí misma:
Ah, pero, pese a toda la brutalidad y crueldad había dicho, es un castigo sublime.
¿Acaso eran estas las palabras que la habían trastornado?
¿Acaso anhelaba que la expulsaran de la ilus tre corte, de los sofisticados e inteligentes
rituales que le imponían, para acabar sometida a una im placable severidad, donde las
humillaciones y azo tes se producirían con la misma fuerza y rapidez, pero con un
desbordamiento aún mayor y más salvaje?
Los límites serían, por supuesto, los mismos.
Ni tan siquiera en el pueblo estaba permitido des garrar la carne de un esclavo; en
ningún caso se podían provocar quemaduras ni lesiones graves.
No, todos los castigos contribuirían a su mejora.
Pero Bella ya sabía a estas alturas cuánto se podía lograr con la correa de cuero negro,
de inocente apariencia, y con la pala, tan engañosamente deco rada, pero de cuero al fin
y al cabo.
La diferencia era que en el pueblo no sería una princesa. Ni Tristán un príncipe.
Además, los ru dos hombres y mujeres que los obligarían a traba jar y los castigarían
sabrían que, con cada uno de aquellos golpes injustificados, estaban acatando la
voluntad de la reina.
De repente, Bella fue incapaz de pensar. Sí, lo había hecho deliberadamente, pero
¿cómo había cometido tan tremendo error?
Y vos, Tristán dijo de pronto, intentando ocultar un desgarro en la voz. ¿No fue también
intencionado lo vuestro? ¿No fue una provocación deliberada a vuestro amo?
Sí, Bella, en mi caso existe una larga historia contestó Tristán. Bella detectó la
aprensión en sus ojos, el temor que tanto le costaba admitir.
Como sabéis, yo servía a lord Stefan, pero lo que ignoráis es que un año antes, en otra
tierra y como iguales, lord Stefan y yo fuimos amantes. Los grandes ojos azules
cobraron una expresión más franca y los labios sonrieron un poco más cálidos, casi con
tristeza.
Bella sofocó un grito al oír estas palabras.
El sol dominaba el cielo pero la carreta, tras doblar una pronunciada curva, descendía
con más lentitud sobre un terreno irregular, sacudiendo a los esclavos que se caían unos
sobre otros aún con más brusquedad.
Podéis imaginaros nuestra sorpresa continuó Tristán cuando nos encontramos como
amo y esclavo en el castillo y cuando la reina, que percibió el rubor en el rostro de lord
Stefan, me entregó inmediatamente a él con instrucciones estrictas para que me adiestrara personalmente has ta convertirme en un esclavo perfecto.  |