Te escribo esta carta para recordarte, pera decirte que te extraño y que el tiempo que estuviste junto a mí, fue muy valioso. Recuerdo que a pesar de que eras pequeño y tierno, rugías como un león y que tus pequeñas extremidades te hacían correr como una gacela. Como me despertabas por la mañana subiéndote a mi cama y acercando tu cara hacia mí, me hacías reír bastante.
Como ante el sol brincabas y te acostabas en el patio esperando el calor y ante la lluvia te refugiabas bajo la mesa, cerrando tus ojos y escondiéndote del frio, jugando a dormir y haciéndome dar sueño.
Eras bastante terco para comer. El manjar más delicioso no lo probabas, pero disfrutabas comiéndote los bordes del tapete y ante el agua que te servía, preferías el jugo sobre mi mesa.
Siempre estabas ahí cuando llegaba a casa, asomándote por la puerta, y siempre te despedías mirándome como me alejaba de nuestro hogar. Como me gustaría saber en qué pensabas, ojala pudieras hablar.
Tu vejez llegó sin arrugas. Llegó sin avisar. Pensé que ibas a durar igual que yo. Pero no, tu vida es más corta.
Quizás nos volvamos encontrar y poder salir a correr al parque nuevamente. Darte de comer de mi mano y lo que más extraño: abrazarte.
Nunca me abandonaste. Solo lo hiciste una vez, y fue porque la naturaleza lo quiso.