No sé si se saben la historia del Señor de los Cristales. Hace mucho, existían las tres señoras del Cielo, la señora mañana, la señora tarde y la señora noche.
La una, alegre, depertaba al mundo cada día llenando el mundo de luz y colores. La otra, tierna pero tímida, los atenuaba pintando el mundo de tonos y sombras de gran belleza. La última, recibía los colores para guardarlos en el cofre de la aurora, trayendo el necesario descanso a los hombres.
Pero la envidia de la señora noche le dañó el corazón y un día decidió no devolverlos. Al mundo lo sumió la tristeza, hasta que la señora mañana decidió pedirle ayuda a Kelima, la madre de los dioses.
Kelima, compadecida, envió al mundo al señor de los cristales para que cada mañana le devuelva al mundo los colores y él, viaja por los senderos del cielo pintando el prado de verde, los ríos de azul y el sol de amarillo, y así a todas las cosas.
Al ver esta explosión de colores recordé esta antigua leyenda que escuché alguna vez al pie de una hoguera cuando apenas me estrenaba como caminante.