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Antiguo 31-08-2011 , 08:58:43   #89
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

No es que Bella quisiera acallarlo pero no podía contener sus abrazos. Lo ansiaba en ese momento tanto como antes, pero se dio cuenta de que era demasiado tarde.
Mientras el príncipe Alexi la conducía de regreso al vestidor, se preguntó si él podría adivinar los verdaderos efectos que sus palabras habían causado en ella.
La había encandilado y fascinado. Sus explicaciones habían contribuido a lograr que entendiera su propia resignación y entrega. ¿O ella ya los había sentido?
Alexi la lavó, le limpió toda evidencia de su amor, mientras ella permanecía inmóvil, sumida en sus pensamientos.
¿Qué había sentido antes, aquella misma noche, cuando la reina le había dicho que quería enviarla de regreso a su hogar a causa de la excesiva devoción que provocaba en el príncipe de la corona? ¿Había deseado marcharse?
Le obsesionaba un pensamiento horroroso. Se veía dormida en esa alcoba polvorienta que había sido su prisión durante cientos de años, oía los cuchicheos a su alrededor.
La vieja bruja del huso que había pinchado el dedo de Bella se reía a través de sus encías sin dientes; y, levantando sus manos para acercarlas a los pechos de Bella, exudaba cierta sensualidad obscena.
Bella se estremeció.
Dio un respingo y forcejeó mientras Alexi le apretaba las ligaduras.
—No tengáis miedo. Hemos disfrutado de la noche juntos sin ser descubiertos —le aseguró.
Ella se quedó observándolo fijamente, como si no lo conociera, porque en el castillo no había nadie que le diera miedo, ni él, ni el príncipe, ni la reina. Era su propia mente lo que la asustaba.
El cielo se estaba aclarando. Alexi la abrazó. Se encontraba ya atada a la pared, con su largo cabello comprimido entre su espalda y las piedras que había tras ella. Pero se sentía incapaz de salir de esa alcoba polvorienta de su tierra natal. Le parecía que viajaba a través de capas y capas de sueño, en ese vestidor en el que estaba metida, en ese país cruel donde había perdido su materialidad.
Un príncipe había entrado en la alcoba, había posado sus labios en ella. Pero ¿era únicamente Alexi quien la besaba? ¿Fue Alexi el que la besaba, allí?
Cuando abría los ojos en aquella antigua cama y miraba al que en aquel instante rompía su hechizo, ¡descubría un tierno e inocente semblante! No era su príncipe de la corona. No era Alexi. Era algún alma prístina semejante a la suya que en aquel momento retrocedía de ella llena de asombro. Era valiente, sí, valiente, ¡y sin complejos!
Bella gritó:
—¡No!
Pero la mano de Alexi le tapaba la boca:
—Bella, ¿qué sucede?
—No me beséis —dijo en un susurro.
Pero cuando vio el dolor en el rostro de Alexi, abrió la boca y sintió sus labios que acudían a sellarla.
Se sintió llena de la lengua de Alexi y apretó su cadera contra él.
—Ah, sois vos, sólo sois vos... —susurró.
—¿Y quién creíais que era? ¿Es que estabais soñando?
—Por un momento parecía que todo esto fuera un sueño —confesó. Pero la piedra era demasiado real, y el contacto con él también.
—Pero ¿por qué debía ser un sueño? ¿Es una pesadilla tan terrible para vos?
Ella sacudió la cabeza:
—Vos lo amáis, todo ello, lo amáis —le dijo al oído.
Observó cómo los ojos de él la observaban lánguidamente y luego apartaban la mirada—. Parecía un sueño porque todo el pasado, el pasado real, ha perdido su brillo.
Pero ¿qué estaba diciendo? ¿Que en estos pocos días no había anhelado ni una sola vez su hogar, que ni una sola vez había deseado lo que fue su juventud y que el sueño de cien años no la había dotado de sabiduría?
—Lo amo. Lo desprecio —dijo Alexi—. Me humilla y me fascina. Y entregarse significa sentir todas esas cosas a la vez, y aún así tener una sola mente y un solo espíritu.
—Sí —suspiró ella, como si lo hubiera acusado falsamente—. Dolor perverso, placer perverso.
Y él le dedicó una sonrisa de aprobación.
—Volveremos a estar juntos de nuevo...
—Sí...
—Podéis contar con ello. Y hasta ese momento, querida mía, mi amor, perteneced a todo el mundo.

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