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Antiguo 23-08-2011 , 09:04:34   #40
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

LA SALA DE ADIESTRAMIENTO



Bella no estaba segura de si odiaba a lord Gregory. Quizás había algo consolador en su porte autoritario. La princesa se preguntaba cómo podría ser su vida allí sin alguien que la dirigiera de un modo tan absoluto, y sin embargo, él sólo parecía estar obsesionado con su obligaciones.
En cuanto la apartó de las manos de León, lord Gregory le propinó palazos antes de ordenarle que se pusiera de rodillas y que lo siguiera. Tenía que mantenerse junto al tacón de su bota derecha y observar todo lo que estuviera a su alrededor.
—Pero nunca debéis mirar a las caras de vuestros amos y amas, nunca intentaréis encontrar su vista y de vos no saldrá ningún sonido —indicó—, salvo cuando me respondáis.
—Sí, lord Gregory —susurró. El suelo que se extendía bajo ella estaba muy bien barrido y pulimentado, pero de todos modos le dañaba las rodillas ya que era de piedra. No obstante, Bella se apresuró a seguirlo, pasando junto a las demás camas ocupadas por esclavos que recibían cuidados, y a los baños en los que dos jóvenes eran lavados, igual que lo habían hecho con ella; los ojos de ambos destellaron al mirarla con cierta curiosidad cuando Bella se arriesgó a echarles una rápida ojeada.
«Hermosos», se dijo.
Pero cuando una joven de sorprendente belleza se cruzó en su camino guiada por un paje, Bella sintió un intenso ataque de celos. Era una muchacha con una melena de pelo plateado mucho más espeso y rizado que el suyo, y estaba de rodillas, sus enormes y magníficos pechos colgaban mostrando perfectamente unos grandes pezones rosados. El paje que la conducía con la pala parecía entretenerse mucho con ella, se reía de cada uno de sus grititos, la obligaba a moverse más deprisa con la fuerza de sus golpes y se burlaba dándole órdenes alegremente.
Lord Gregory se detuvo como si él también disfrutara de la visión de esta muchacha mientras la alzaban y la introducían al baño y le separaban las piernas como habían hecho con Bella. Ésta no pudo evitar fijarse otra vez en sus pechos y en el gran tamaño de los pezones. Sus amplias caderas eran grandes para el tamaño de la muchacha, y ante el asombro de Bella, la muchacha no estaba realmente llorando cuando la introducían en el agua. Sus gemidos eran más bien quejas mientras la seguían zurrando con la pala.
Lord Gregory mostró su aprobación:
—Preciosa —dijo para que Bella pudiera oírle—. Hace tres meses era tan salvaje e indomable como una ninfa del bosque, pero la transformación es verdaderamente exquisita.
Lord Gregory giró bruscamente a su izquierda y, puesto que Bella no se dio cuenta a tiempo, recibió un sonoro azote, al que siguió otro.
—Veamos, Bella —dijo lord Gregory, mientras atravesaban una puerta que daba a una larga habitación—, ¿os intriga saber cómo se prepara a otros para que muestren la pasión que vos exhibís con tal desenfreno?
Bella sabía que sus mejillas estaban encendidas. No podía resignarse a responder.
La estancia estaba débilmente iluminada por un fuego situado no muy lejos, pero sus puertas estaban abiertas al jardín. Aquí Bella vio a muchos cautivos colocados sobre mesas, en la misma posición en la que ella había estado en el gran salón, cada uno de ellos con un paje de servicio. Éstos trabajaban diligentemente sin tener en cuenta los gritos o estremecimientos procedentes de las otras mesas.
Varios jóvenes estaban arrodillados con las manos amarradas a sus espaldas. Los azotaban regularmente al tiempo que les daban placer a sus miembros erectos. En una de las mesas un paje frotaba suavemente un pene congestionado mientras trabajaba con la pala. En otra, dos pajes asistían despiadadamente al mismo príncipe.
Bella comprendió lo que estaba pasando, aun cuando lord Gregory no se lo explicara. Vio la confusión y el padecimiento de los jóvenes príncipes, sus rostros que se debatían entre el esfuerzo y el abandono. El más próximo a ella estaba a cuatro patas, su sexo tieso era martirizado lentamente, pero en cuanto empezaron los azotes, se quedó fláccido. Como consecuencia, las zurras cesaron y las manos se ocuparon de nuevo de endurecerlo.
A lo largo de las paredes había otros príncipes con las extremidades extendidas, sus muñecas y tobillos ligados a los ladrillos mientras sus órganos aprendían a obedecer con caricias, besos y succiones.
«Oh, es peor para ellos, mucho peor», pensó Bella, aunque sus ojos y su mente se quedaron prendados de sus exquisitas dotes. La princesa miraba las nalgas redondeadas de los que permanecían arrodillados a la fuerza; le encantaron los pechos pulidos, la musculatura delgada de sus extremidades y, sobre todo, quizá, la nobleza con la que soportaban el sufrimiento en sus hermosos rostros. Pensó de nuevo en el príncipe Alexi y deseó comérselo a besos. Quería besarle los párpados y los pezones del pecho; quería relamer su miembro.
Entonces vio a un joven príncipe al que ponían a cuatro patas para que chupara el pene de otro. Mientras ejecutaba el acto con gran entusiasmo, era azotado a su vez por un paje, que parecía, como todos los demás, deleitarse en aquel tormento. Los ojos del príncipe estaban cerrados, se embebía del sexo poderoso de su compañero acariciándolo con sus labios; sus propias nalgas se encogían con cada lametazo y, cuando el pobre príncipe parecía a punto de culminar su pasión, el que chupaba era obligado por el paje a retirarse, que se llevaba a su obediente esclavo hasta otro pene erecto.
—Aquí, como podéis ver, se les enseñan hábitos a los jóvenes príncipes esclavos —dijo lord Gregory—, aprenden a estar siempre preparados para sus amos y amas. Una lección difícil de aprender y de la que vos, en términos generales, estáis exenta. No es que no se os exija esa prontitud, sino que a vos se os exime de tener que hacer tal exhibición de ella.
Lord Gregory la encaminó para que se acercara a las esclavas a las que se estimulaba de un modo diferente. Aquí Bella vio a una hermosa princesa pelirroja con las piernas separadas, sostenidas por dos pajes que efectuaban un masaje con las manos en el pequeño nódulo situado entre sus piernas. Sus caderas subían y bajaban, y evidentemente era incapaz de controlar su propio movimiento. Suplicaba para que no la molestaran más, y justo cuando su rostro se había enrojecido del modo más terrible y daba la impresión de que no podía controlarse más, la abandonaron, manteniendo sus piernas separadas para que gimiera miserablemente.

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