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Denunciante Bronce
| Los Perros Sin Amo
Calificación: de
5,00 | LOS PERROS SIN AMO Los perros sin amo, los perros vagabundos, los perros que caminan por una y otra parte, cabizbajos, tristes y hambrientos, buscando un poco de comida y otro poco de afecto.
Todos los hemos visto alguna vez, en alguna parte, haciendo lo posible por vivir, por ladrar, por encontrar alguien que se apiade de ellos y les tome cariño, o al menos los contemple unos pocos segundos – casi nada – con ojos compasivos y misericordiosos.
Perros que languidecen lentamente y a veces se avergüenzan de ser tan miserables.
Duermen en cualquier parte y ni siquiera tienen fuerzas, antes de recogerse y cerrar los ojos.
Comen zapatos viejos o por lo menos tratan de comérselos, hasta que les arrojen una piedra y se van con la boca y con el alma llenas de sin sabores y frustraciones de los dientes, la lengua y la saliva.
Nacieron desdichados – como ocurre también a muchos hombres – y condenados a vagar sin rumbo, a merodear por basureros, mataderos y restaurantes de tercera clase. Nacieron para ser los propietarios de un permanente ayuno.
Cuando ventea fuertemente y la lluvia no oculta sus pretensiones diluviales, buscan refugio bajo los aleros de las casas antiguas y tanto se estrechan a los muros para que el agua no los moje, que los muros se ahuecan un poquito y se llenan de pelos tiritantes.
Cuando el verano, por el contrario, trata de competir con el invierno y ganarle batallas y lo logra hasta cierto punto, los perros sin amo, abrazados por el calor, martirizados por la sed y a punto de quemarse y achicharrarse, lamen las tuberías y buscan los escapes de las mismas, para beberse un hilo de agua fresca, un hilo tan delgado, tan delgado, que el ojo de un aguja no alcanzaría a verlo ni a sentirlo.
Amanecen cubiertos de rocío y tiznados por los fantasmas y los residuos de la noche. Su desayuno es nada, nada distinto a bostezar y comenzar de nuevo a vagar por las calles, olfateando las aceras y las puertas de los hoteles y las panaderías.
Son como almas en pena, buscando a toda hora salir del limbo de este mundo, por cualquier hendidura o pasadizo estrecho, para alcanzar, al fin extenuados pero felices, el reino de los cielos.
Estos perros sin amo - tan amados por la desdicha - mueren de inanición y de tristeza en muladares y avenidas, y no cuentan con un entierro de novena clase. Son sepultados en los basureros, con la basura, desde luego, por los hombres que la recogen en carros fúnebres y lentos.  |
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