Respuesta: Las aventuras de Bella De repente, se detuvo. —Soltad el gancho —ordenó él, y luego la cogió, la puso sobre su hombro y la llevó al otro lado de la habitación, donde la arrojó en la cama. Bella cayó de espaldas sobre la almohada e inmediatamente las nalgas y muslos, irritados e hinchados, notaron una picazón y cierta aspereza. En cuanto giró la cabeza a un lado, Bella vio las joyas que relucían sobre la colcha, y entonces supo cómo la torturarían en cuanto él se pusiera sobre ella. Pero aún así, lo deseaba con tanta intensidad que cuando vio que se alzaba sobre ella, no sintió el dolor palpitante en su cuerpo sino un torrente de jugos que se deslizaba entre sus piernas y soltó un nuevo gemido mientras se abría a él. No podía evitar levantar las caderas, mientras rogaba para no desagradarle. El príncipe se arrodilló sobre ella y sacó su miembro erecto de los pantalones; a continuación, la levantó para ponerla de rodillas y empalarla sobre su miembro. Ella gritó y la cabeza le cayó hacia atrás. Sentía una gran cosa dura que se movía dentro de su orificio irritado y tembloroso. Pero noto que el órgano se bañaba en sus jugos y, mientras el príncipe la penetraba más adentro y la empujaba sobre él, le pareció un espetón que restregaba contra algún núcleo misterioso en su interior enviando el éxtasis por todo su cuerpo y obligándola a soltar quejidos y gemidos en contra de su voluntad. Las embestidas del príncipe eran cada vez más rápidas; luego, él también gimió, y la sostuvo muy cerca, con el pecho contra sus doloridos senos, los labios sobre la nuca de Bella, su cuerpo relajándose lentamente. —Bella, Bella —susurró él—. Ciertamente me habéis conquistado, como yo a vos. Nunca volváis a provocar mis celos. ¡No sé qué haría si eso pasara! —Mi príncipe —gimió ella y lo besó en la boca; cuando vio la angustia en su rostro, lo cubrió de besos—. Soy vuestra esclava, mi príncipe. Pero él sólo gemía, apretaba la cara contra su cuello, y parecía ausente. —Os amo —imploró ella. Luego él la tendió sobre la cama y, acercándose a su lado, cogió el vino del estante situado junto a la cama. Durante un buen rato, mientras él contemplaba fijamente el fuego, pareció que estaba ausente. |