Ver Mensaje Individual
Antiguo 17-08-2011 , 09:42:28   #26
esquimala
Denunciante Novato
 
Avatar de esquimala
Me Gusta
Estadisticas
Mensajes: 249
Me Gusta Recibidos: 1
Me Gustas Dados: 0
Ingreso: 03 ago 2011

Temas Nominados a TDM
Temas Nominados Temas Nominados 0
Nominated Temas Ganadores: 0
Reputacion Poder de Credibilidad: 15
Puntos: 674
esquimala el Usuariox tiene un aura espectacularesquimala el Usuariox tiene un aura espectacularesquimala el Usuariox tiene un aura espectacularesquimala el Usuariox tiene un aura espectacularesquimala el Usuariox tiene un aura espectacularesquimala el Usuariox tiene un aura espectacular
  
Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Bella gemía. Oh, ansiaba tanto que él le diera permiso para hablar. Pero cuando recordó su fascinación por el príncipe castigado, se sonrojó aún más.
Sin embargo, el príncipe se levantó. La cogió por la muñeca, la levantó y, llevándole las manos a la espalda para poder sujetarla firmemente, le zurró en ambos pechos con fuerza hasta que ella gritó al sentir la oscilación de la carne pesada y el escozor de sus manos en los pezones.
—¿Estoy enfadado con vos? ¿O no lo estoy? —le preguntó apaciblemente.
Ella gimió, suplicante. Entonces él la colocó sobre su rodilla, del mismo modo en que había visto que colocaban al joven príncipe cautivo sobre la rodilla del paje, y con su mano desnuda le propinó una estrepitosa avalancha de golpes que le hicieron llorar a voz en grito durante un buen rato.
—¿A quién pertenecéis? —preguntó en voz baja, pero enfadada.
—A vos, mi príncipe, ¡completamente! —gritó. Aquello era atroz. A continuación, de pronto, la princesa, incapaz de controlarse a sí misma, dijo—: Por favor, por favor, mi príncipe, no os enfurezcáis, no...
Pero al instante la mano izquierda del príncipe le cubrió la boca con fuerza y sintió otra terrible descarga de azotes violentos hasta que la carne le quemó y no pudo controlar su llanto.
Sentía los dedos del príncipe contra sus labios, sin embargo, esto apenas la satisfizo. Seguidamente, el príncipe la puso de pie y, asiéndola de las muñecas, la llevó hasta un rincón de la habitación, entre el fuego que ardía en la chimenea y la ventana cuyas cortinas estaban corridas. Allí había un alto taburete de madera tallada en el que él se sentó mientras la sostenía de pie a su lado. Ella lloraba quedamente, pero ya no se atrevía a suplicarle, no le importaba lo que sucediera. Él estaba furioso, su enfado era violento, y aunque ella podía aguantar cualquier dolor para complacerlo, aquello le resultaba insoportable. Debía satisfacerlo, hacer que volviera a ser cariñoso, y entonces ningún dolor sería inaguantable para ella.
El príncipe le dio la vuelta. Bella se quedó frente a él, que permanecía sentado observándola. La princesa no se atrevía a mirarlo a la cara. Entonces él se echó hacia atrás la capa, apoyó la mano en la hebilla dorada de su cinturón y dijo: —Soltad esto.
Al instante, ella se afanó en obedecerlo. Empezó a trabajar con los dientes, aunque no le había dicho cómo hacerlo. Tenía la esperanza de contentarlo y rogaba para que así fuera. Estiró el cuero, con la respiración acelerada, y luego echó hacia atrás la correa para que el cinturón se soltara.
—Ahora, sacadlo —ordenó el príncipe— y dádmelo.
Ella obedeció al instante, aun cuando ya sabía lo que sucedería a continuación. Era un cinturón de cuero ancho y grueso. Quizá no fuera peor que la pala.
Seguidamente él le dijo que levantara las manos y la vista, y vio por encima de ella un gancho de metal que colgaba de una cadena sujeta al techo justo sobre su cabeza.
—Como veis aquí no nos faltan recursos para los pequeños esclavos desobedientes —dijo con su apacible voz de siempre—. Ahora agarrad el gancho, aunque tendréis que poneros de puntillas, y no se os ocurra soltarlo, ¿me habéis entendido?
—Sí, mi príncipe —lloriqueó ella. La princesa se aferró al gancho, que dio la impresión de estirarla, y él retrocedió hasta el taburete, donde se sentó y pareció acomodarse. Tenía espacio suficiente para blandir la correa que había convertido en un lazo, y durante un momento permaneció en silencio.
Bella se maldijo por haber admirado al joven príncipe Alexi. Estaba avergonzada incluso de haber pensado en él, y cuando resonó el primer golpe del cinturón en sus muslos, soltó un gritito asustado pero se sintió complacida.
Se lo merecía. Nunca más cometería tamaño error, no importaba lo hermosos o tentadores que fueran los esclavos; su descaro al mirarlos había sido una falta imperdonable, y debía pagar por ello.
El ancho y pesado cinturón de cuero la golpeó con un sonido ruidoso y terrorífico. La carne de sus muslos, quizá más tierna que la del trasero, pese a lo irritado que estaba, pareció encenderse bajo los azotes. Bella tenía la boca abierta, no podía mantenerse quieta y, de pronto, el príncipe le ordenó que levantara las rodillas e iniciara una marcha sin moverse del sitio.
—¡Rápido, rápido, sí, sí, mantened el ritmo! —dijo enfadado. Bella, pasmada, se esforzó por obedecer y marchaba deprisa, mientras sus pechos se movían con el esfuerzo y el corazón le latía con violencia.
—Más arriba, más rápido —ordenó el príncipe.
Ella marchó como él le mandaba: los pies resonaban en el suelo de piedra, las rodillas subían muy alto, los pechos suponían un terrible y doloroso peso debido al balanceo y, una vez más, el cinturón la golpeó estrepitosamente y le quemó la piel.
El príncipe parecía colérico.
Los golpes llegaban cada vez más rápidos, tanto como el movimiento de sus piernas. Bella no tardó en retorcerse y forcejear para evitarlos. Lloraba a gritos, incapaz de contenerse, pero lo peor de todo, lo más duro de soportar, era el enfado del príncipe. Si al menos todo esto sirviera para contentarlo, si pudiera complacerlo con ella... Bella lloraba y hundía la cabeza en el brazo, las yemas de sus pies le ardían y los muslos parecían estar hinchados y llenos de ronchas dolorosas mientras él, una vez más, descargaba su ira en su trasero.
Los azotes llegaban muy deprisa. Bella había perdido la cuenta, sólo sabía que eran muchísimos más de los que le había propinado anteriormente, y al parecer cada vez estaba más alterado: su mano izquierda le empujaba la barbilla hacia arriba y le cerraba la boca para que no pudiera gritar, y no dejaba de ordenarle que marchara más deprisa y que levantara las piernas más arriba.
—¡Me pertenecéis! —dijo sin detener ni por un momento el sonoro ritmo del cinturón que la azotaba—. Aprenderéis a satisfacerme en todos los aspectos; nunca me contentaréis si dirigís vuestra mirada a los esclavos varones de mi madre. ¿Queda claro? ¿Lo habéis entendido?
—Sí, mi príncipe —se esforzó por decirle.
Él parecía desesperado por castigarla. De pronto, la detuvo levantándola por la cintura, la arrojó sobre el taburete que acababa de abandonar y la dejó balanceándose del gancho al que se sujetaba como si de ello dependiera su vida. A continuación la lanzó de un empujón encima del taburete, cuyo asiento le apretó el sexo desnudo, mientras las piernas sobresalían indefensas por detrás.
Entonces él le propinó la peor tunda de golpes, fuertes manotadas que hicieron que sus pantorrillas temblaran y le escocieran como antes le habían escocido sus muslos. Pero no importaba cuánto se entretuviera con las piernas, siempre volvía a golpear sus nalgas, castigándolas con toda su fuerza hasta que Bella se sofocaba en sus propios sollozos y tenía la impresión de que aquello se eternizaba.

esquimala no está en línea   Responder Citando
 
Page generated in 0,07011 seconds with 11 queries