Argentina, en su partido contra Egipto, comprobó una verdad tan grande como Buenos Aires, en la cancha no se les quiere, no porque hayan dejado de ser buenos, sino por su soberbia.
Tienen buenos jugadores como Lamela e Iturbe, que están comenzando a brillar en otros latitudes, pero no pueden con su sobradez, con eso ego tan inmenso que no perdonan si no se les premia con aplausos.
No tuvieron un sudamericano para recordar, pero igual no se les desconoce que tienen un buen conjunto y que, incluso, tienen cómo pelear el título de esta Copa.
Contra Egipto tuvieron un partido enredado, sin definición, absurdo, como absurdo fue el resultado, tres penales, dos para Argentina y uno para Camerún y pare de contar.
Hubo oportunidades, pero no las aprovecharon, porque aún les falta la experiencia, aunque no se niega que lucharon, sin eficiencia y buen tino, pero lo hicieron.
Igual los egipcios que por trechos dominaron el partido aunque en general fue parejo, con ganas, errores e ineficiencia y a ratos buen fútbol.
Pero qué se le va a hacer. En Colombia se quiere a Brasil porque no solo juegan bien sino que son alegres, descomplicados, como lo somos los colombianos.
A Argentina hace mucho se le perdió el respeto. Se creen los mejores del mundo, pero al estilo porteño, el insufrible porteño que vive en un mundo pequeño.
Porque hay otros argentinos, los de Córdoba, los de Tucumán, los de Santa Fe, que son diferentes. Pero los porteños... se creen el ombligo del mundo y apenas son lel mugre de la uña del pie izquierdo.
Medellín los chifló, porque no se les quiere, aunque se ame a Messi (porque no es porteño) y ellos, desafiantes, soberbios, altaneros, se enfrentaron a la tribuna.
Si vuelven, y tienen posibilidades de hacerlo si vencen a Portugal, el estadio volverá a silbarlos, y aplaudirán a cualquier rival que los enfrente.
Argentina es un gran país, para admirar y querer, pero los porteños... no hay nadie que los aguante, ni ellos mismos, por eso desprecian a Messi.
Pero en Medellín recibieron de su propia medicina.