«Pero ¿qué son? —quería preguntar—. «¿Con qué propósito los tienen ahí?» En ese instante vio aparecer al primero de ellos entre la multitud: los jóvenes transportaban jarras de plata con las que llenaban las copas de las mesas, haciendo siempre una reverencia al pasar ante la reina y el príncipe. Bella les observó abstraída, olvidándose por un momento de sí misma.
Los muchachos tenían el pelo ligeramente rizado, cortado a la altura de los hombros y peinado con esmero para que enmarcara sus rostros delgados. Nunca levantaban la mirada, aunque algunos de ellos parecían moverse con una gran incomodidad a causa de la dureza de sus penes. No estaba segura de cómo deducía esta incomodidad: era la manera, un modo de soportar la tensión y el deseo, sin expresarlo.
Cuando vio a la primera de las muchachas de cabello largo que se inclinaba sobre la mesa con la jarra, se preguntó si también ella sentía aquel mismo placer de leve agonía. Bella lo experimentaba sólo con mirar a aquellos esclavos, pero sintió un alivio sosegado al darse cuenta de que, por un momento, no era ella el objeto de sus miradas. O al menos eso pensó.
La verdad era que se podía percibir cierta animación en la estancia. Unos se levantaban y caminaban, quizás incluso bailaban al ritmo de la música. No podía estar muy segura. Otros se hallaban cerca de la reina, con las jarras en la mano, y, al parecer, recreaban al príncipe con historias.
El príncipe.
Por un instante pudo vislumbrarlo claramente, y vio cómo le sonreía. Qué regio era su aspecto: aquel pelo negro satinado y abundante, sus deslumbrantes botas blancas que se extendían sobre la alfombra azul, a sus pies. Asentía con gestos y sonreía a los que se dirigían a él, aunque de vez en cuando sus ojos se posaban en Bella.
Había tantas cosas que ver. De repente, Bella notó que alguien estaba muy cerca y que de nuevo la tocaban. A continuación se dio cuenta de que se formaba una fila de bailarines a uno de sus lados. Se percibía un aire frívolo en el ambiente. Corría abundante vino y se sucedían grandes risotadas.
Luego, súbitamente, a lo lejos y a su izquierda, vio que a un joven desnudo se le caía la jarra de vino y que el líquido rojo se derramaba por el suelo mientras otros se apresuraban a limpiarlo.
El noble que estaba al lado de Bella dio inmediatamente una palmada y aparecieron tres pajes exquisitamente vestidos, no mayores que los propios muchachos desnudos, que se apresuraron a acercarse, cogieron al muchacho y lo colgaron rápidamente boca abajo por los tobillos.
Esto provocó una sonora salva de aplausos entre los nobles y las damas más próximos al muchacho, y casi al instante apareció una pala, una hermosa pieza esmaltada en oro y tracería blanca con la que el transgresor fue azotado vigorosamente mientras todos lo miraban fascinados.
Bella sintió que su corazón se aceleraba. Si iban a humillarla de aquel modo, a castigarla de forma tan brusca e ignominiosa por sus torpezas, no sabía cómo podría soportarlo. Ser exhibida en público era una cosa; aún conservaba cierta elegancia, pero no soportaba la idea de que la colgaran por los tobillos como a aquel muchacho. Únicamente veía su espalda y la pala que descendía velozmente, una y otra vez, golpeando sus nalgas enrojecidas. Él mantenía las manos detrás del cuello obedientemente, y cuando lo bajaron se puso a cuatro patas. Un joven paje lo encaminó rápidamente con la pala hacia la reina, propinándole una serie de azotes ruidosos. Allí, el joven culpado, con las nalgas rojísimas, inclinó la cabeza y besó la pantufla de la soberana.
La reina era una mujer madura que ya había florecido, pero era obvio que el príncipe había heredado de ella su belleza. Instantes antes mantenía una viva conversación con el príncipe, y en ese momento se volvió, casi con indiferencia, sin dejar de dirigir rápidas miradas a su hijo, y tras indicarle al joven esclavo que se levantara un poco, le echó hacia atrás el cabello con gesto cariñoso.
Pero luego, con el mismo aire ausente y sin apartarse nunca del príncipe, le indicó al paje, mientras fruncía el ceño, que volvieran a castigar al muchacho.
La corte aplaudía y todos gesticulaban mofándose del joven. Luego, mostraron su enorme deleite cuando el paje apoyó el pie en el segundo peldaño del estrado situado ante el trono y alzó al esclavo desobediente sobre su rodilla. Una vez más, ante toda la corte, el esclavo recibió una sonora zurra.
Una larga fila de danzarines le ocultó la visión por un momento, pero una y otra vez la princesa pudo entrever al desafortunado muchacho y apreció cómo, mientras la pala arremetía de nuevo contra su trasero, al muchacho se le hacía cada vez más difícil soportarlo, y forcejeó levemente a su pesar. También era evidente que el paje que lo azotaba disfrutaba enormemente. Su joven rostro estaba colorado y se mordía un poco el labio. Lanzaba la pala con una fuerza innecesaria, o eso parecía, lo que provocó el odio de Bella.
La princesa oía las risas del noble que estaba a su lado y las charlas de un pequeño grupo de gente desperdigada, hombres y mujeres que bebían y hablaban ociosamente. Entretanto, los bailarines se movían en una larga cadena, ejecutando movimientos fluidos y graciosos.
—Así que os habéis dado cuenta de que no sois la única criaturita indefensa en este mundo —dijo lord Gregory—, ¿y os apacigua comprobar los tributos que reciben vuestros soberanos ? Vos sois el primer vasallo del príncipe y creo que tendríais que mostrar tenacidad y dar un buen ejemplo. El joven esclavo que veis, el príncipe Alexi, es ciertamente uno de los favoritos de la reina, por eso es tratado con tanta ligereza.
Bella advirtió que habían cesado los azotes. Una vez más, el esclavo estaba apoyado a cuatro patas y besaba los pies de su majestad mientras el paje permanecía a la espera.
Para entonces, el esclavo mostraba un trasero sumamente rojo. «Príncipe Alexi», se dijo Bella. Era un nombre encantador y, al parecer, él también tenía sangre real y era de alto linaje. Claro, por supuesto, todos ellos lo eran. La idea la cautivó. ¿Qué hubiera pasado si sólo ella lo hubiera sido?
Se quedó mirando aquellas nalgas. Era obvio que tenían moratones y pequeños fragmentos que parecían mucho más rojos que el resto. Mientras el príncipe esclavo besaba los pies de la reina, Bella también distinguió su escroto entre las piernas, oscuro, velludo y misterioso.
Se asombró al comprobar lo terriblemente vulnerable que parecía el joven, en aspectos que ella nunca había considerado. Pero lo habían liberado, o perdonado, puesto que se puso en pie y se apartó el pelo caoba rizado de los ojos y de las mejillas. Bella observó su rostro surcado de lágrimas, también enrojecido, se fijó en que a pesar de todo transmitía una dignidad impresionante. Sin protestar, cogió el jarro que le tendieron y se movió con garbo entre los invitados para llenar las copas de los nobles y damas que se habían levantado.
Él estaba ahora a tan sólo unos pasos de distancia de Bella, y se acercaba cada vez más. Alcanzó a oír las burlas de los hombres y mujeres a su alrededor.
—Otra zurra más, es que sois tan sumamente torpe —dijo una dama muy alta de pelo rubio, que lucía un largo manto verde y diamantes en los dedos, pellizcándole la mejilla enrojecida mientras él sonreía y mantenía la vista baja.
Mostraba el pene duro y erecto como antes, que sobresalía grueso e inmóvil desde un nido de vello oscuro y rizado entre sus piernas. Bella no podía dejar de mirarlo.
Cuando él se acercó aún más, Bella contuvo el aliento.
—Venid aquí, príncipe Alexi —dijo lord Gregory e hizo chasquear los dedos. Luego, sacó un pañuelo blanco e hizo que el muchacho se lo mojara en vino.
En aquel instante el joven estaba tan cerca que Bella podría haberlo tocado. El noble cogió el pañuelo mojado en vino y lo sostuvo contra los labios de Bella. Aquello le pareció a la princesa agradable, fresco y estimulante. Pero no podía evitar mirar al obediente principito que permanecía de pie esperando, y vio que él también la miraba a ella.
Su rostro seguía ligeramente enrojecido y en sus mejillas había restos de lágrimas, pero le dedicó a Bella una sonrisa.