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Antiguo 08-08-2011 , 10:03:38   #22
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Durante un instante, la joven princesa contempló lo que con toda certeza era algo imposible, pero antes de que pudiera volver a cerciorarse o aclararse las lágrimas de los ojos, una gran dama se interpuso entre ella y aquella visión distante y, con un sobresalto, notó que las manos de la dama se posaban sobre su cuerpo.
Sintió cómo los fríos dedos atenazaban sus pesados pechos y los retorcían casi dolorosamente. Empezó a temblar e intentó desesperadamente no gritar. Más personas se habían reunido a su alrededor y, un par de manos, muy lentas y pausadas, le separaban las piernas desde detrás. En aquel instante alguien le tocaba el rostro y otra mano le pellizcaba la pantorrilla casi con crueldad.
Tuvo la impresión de que su cuerpo se concentraba enteramente en los lugares más indecorosos y secretos. Los pezones le palpitaban y aquellas manos parecían frías, como si ella estuviera ardiendo. Entonces notó que unos dedos examinaban sus nalgas e inspeccionaban incluso la más pequeña y escondida de las aberturas.
No tuvo otra opción que gemir, aunque mantuvo los labios fuertemente cerrados mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas.
Por un instante pensó únicamente en lo que había vislumbrado un momento antes de que la procesión de nobles y damas interceptara su visión: en lo alto, a lo largo del muro del gran salón, sobre una ancha repisa de piedra, entrevió durante un instante, una fila de mujeres desnudas.
No parecía posible, pero la había visto. Eran todas jóvenes como ella, permanecían de pie con las manos enlazadas en la nuca, y también mantenían la vista baja como el príncipe le había enseñado. Distinguió el resplandor del fuego sobre el rizo de vello púbico entre cada par de piernas, y los pezones hinchados y rosados de sus senos.
No podía creerlo. No quería que fuera cierto pero, si de todos modos era verdad... bueno todo era tan confuso. ¿Estaba aún más aterrorizada o contenta de no ser la única que soportaba esta indecible humillación?
Ni siquiera pudo seguir pensando en ello, pese a la impresión que le había causado aquella imagen, ya que varias manos se movían sobre todo su cuerpo. Al sentir que le tocaban el sexo y le acariciaban el vello, soltó un grito agudo y a continuación, horrorizada, con la cara ardiendo y los ojos fuertemente apretados, notó cómo un par de largos dedos se escurrían dentro de la abertura vaginal y la abrían.
Estaba todavía irritada por las embestidas del príncipe y, aunque los dedos se movían delicadamente, sintió de nuevo aquel escozor.
Lo cierto era que en ese instante le abrían aquella parte tan mortificante, sin más, mientras oía cómo sus voces serenas hablaban de ella:
—Inocente, muy inocente —decía una, y otra comentaba que tenía unos muslos muy delgados y que su piel era demasiado elástica.
Eso pareció provocar nuevas risas, alegres y tintineantes, como si todo esto fuera la mayor de las diversiones. De pronto, Bella cayó en la cuenta de que estaba forcejeando con toda su alma para cerrar las piernas, aunque era completamente imposible.
Los dedos habían desaparecido de su vagina pero ahora alguien le daba unas palmaditas en el sexo y cerraba con un pellizco los pequeños labios ocultos. Bella volvió a retorcerse y de nuevo oyó las risas, que en esa ocasión provenían del hombre que estaba a su lado.
—Pequeña princesa—le dijo cariñosamente al oído y se inclinó rozándole el brazo desnudo con la capa de terciopelo—, no podéis ocultar a nadie vuestros encantos.
Bella gimió como si intentara pedir clemencia, pero él le tapó la boca con el dedo.
—Ahora tengo que sellaros los labios, si no el príncipe se enfurecerá. Debéis resignaros y aceptar. Es la lección más dura; comparado con esto el dolor ciertamente no es nada.
Bella percibió que él levantaba el brazo para que ella supiera que la mano que ahora le tocaba el pecho era la suya. Había aprisionado su pezón y lo apretaba rítmicamente.
Al mismo tiempo, alguien le acariciaba los muslos y el sexo y, para su vergüenza, Bella experimentó, incluso en esta degradación, aquel placer deshonroso.
—Eso es, eso es —la animó—. No os resistáis; haceos dueña de vuestros encantos, eso es: dejad que vuestra mente ocupe vuestro cuerpo.
»Estáis desnuda e indefensa. Todos se deleitarán con vos y, ¿qué otra cosa podéis hacer? Por cierto, os diré que con vuestros retortijones sólo conseguís mostraros más exquisita. Sería sumamente cautivador si no fuera un gesto tan rebelde. Ahora, volved a mirar, ¿habéis entendido lo que os he explicado?
Bella asintió con un gesto y levantó los ojos temerosa. Veía lo mismo que antes: la hilera de mujeres jóvenes con la vista baja y los cuerpos desnudos exhibidos tan vulnerablemente como el suyo.
Pero ¿qué sentía exactamente? ¿Por qué la sometían a sentimientos tan confusos? Había pensado que ella era la única persona expuesta y humillada de tal modo, como un gran trofeo para el príncipe, al que, por cierto, ya había dejado de ver. ¿Acaso no estaba aquí, al descubierto, en el mismo centro del salón?
Pero entonces, ¿quiénes eran estas prisioneras? ¿Sería ella tan sólo una de ellas? ¿Era éste el significado de la conversación que mantuvo el príncipe con sus padres ? No, ellos no podían haber servido de este modo. Sintió una rara mezcolanza de celos incontenibles y alivio.
Se trataba de un ritual; era un trato. Otros lo habían padecido antes. Estaba preestablecido. Entonces, todavía se sintió más indefensa, pero a pesar de ello, notó cierto alivio.
El noble de los ojos grises volvía a hablarle:
—Ahora vamos a por vuestra segunda lección. Ya habéis visto a las princesas aquí mostradas como tributos. Ahora mirad a vuestra derecha y veréis a los príncipes.
Bella dirigió como pudo la mirada al otro lado del salón, a través de las figuras en movimiento que la rodeaban, y allí, sobre otra alta repisa, bajo la luz y las sombras espectrales del fuego, se hallaba una fila de hombres jóvenes, todos ellos situados en la misma posición.
Sus cabezas estaban inclinadas, con las manos detrás del cuello, y todos eran muy guapos, tan hermosos, cada cual a su modo, como las jóvenes del otro lado, pero la gran diferencia residía en su sexo, ya que todos ellos mostraban sus órganos erectos y duros. Bella no pudo apartar los ojos de esta visión; le parecieron incluso más vulnerables y serviles que las muchachas.
Volvió a gemir y sintió el dedo de lord Gregory sobre sus labios. También percibió, casi en el aire, que los nobles y las damas se alejaban ya de ella.
Sólo quedaban un par de manos, que palpaban la carne más tierna que rodeaba su ano. Esto le provocó tanto miedo, porque casi nadie más la había tocado allí, que, una vez más, volvió a forcejear involuntariamente; lo único que consiguió fue que el noble de ojos grises volviera a pasarle lentamente la mano por el rostro.
En la estancia había un gran alboroto. Bella tan sólo percibía el aroma de la comida que estaban preparando y de los platos que servían, pero supuso que la mayoría de nobles y damas se sentaban a las mesas. La conversación era animada, alzaban las copas, y en algún lugar un grupo de músicos había empezado a tocar unos pausados y rítmicos sones. Se oían trompas, panderetas y el rasgar de múltiples cuerdas. Luego, Bella vio que las largas filas de muchachas y muchachos desnudos, que estaban situadas a ambos lados de la sala, empezaban a moverse.

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