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Antiguo 08-08-2011 , 10:01:27   #20
esquimala
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Predeterminado Respuesta: Las aventuras de Bella

Gracias Canti!!!!... aquí va el capítulo de hoy...
EL CASTILLO Y EL GRAN SALÓN



Al dejar la fonda, Bella estaba sofocada y sonrojada. Pero el motivo no eran las multitudes que bordeaban las calles del pueblo, ni las que iban a encontrarse más adelante cuando siguieran la calzada durante el trayecto a través de los campos de trigo.
El príncipe envió mensajeros por delante de la comitiva y explicó a Bella, mientras le adornaban el pelo con flores blancas, que si se daban un poco de prisa llegarían al castillo por la tarde.
—En cuanto crucemos al otro lado de las montañas nos hallaremos en mi reino —anunció orgulloso.
Bella no sabía con certeza qué reacción debía mostrar ante esto.
Pero el príncipe, como si intuyera su extraña confusión, la besó en la boca antes de subir al caballo y le dijo en voz baja, para que sólo lo oyeran los que estaban alrededor:
—Cuando entréis en mi reino, seréis mía de un modo más completo que nunca. Seréis enteramente mía, sin tregua, y os resultará más fácil olvidar todo lo sucedido con anterioridad y entregar vuestra vida tan sólo a mí.
Y entonces partieron del pueblo. El príncipe llevaba su caballo al paso, justo detrás de Bella, que se dispuso a andar a buen ritmo sobre los adoquines recalentados.
El sol brillaba con más fuerza que antes y el gentío era numerosísimo: todos los granjeros se habían acercado a la calzada, la gente apuntaba hacia ella, observaba atentamente y se ponía de puntillas para ver mejor, mientras Bella sentía la gravilla suelta bajo sus pies y de vez en cuando pisaba algunos manojos de hierba sedosa o de flores silvestres.
La princesa caminaba con la cabeza erguida, como el príncipe le había ordenado, pero entrecerraba los ojos. El aire fresco sosegaba sus miembros desnudos y ella pensaba sin cesar en el castillo del príncipe.
De tanto en tanto, alguna murmuración procedente de la multitud la hacía sentirse repentina y dolorosamente consciente de su desnudez; incluso, una o dos veces, alguna mano se adelantó precipitadamente del grupo para tocarle la cadera antes que el príncipe, que iba tras ella, restallara inmediatamente el látigo.
Finalmente penetraron en el oscuro paso entre los árboles que les conduciría a través de las montañas. Allí los grupos de campesinos aparecían más diseminados, atisbaban desde los robles de tupido follaje, entre una bruma que flotaba a ras del suelo. Bella se sintió amodorrada y lánguida pese a que seguía caminando. Notaba sus pechos pesados y blandos, y su desnudez le parecía extrañamente natural.
Pero su corazón se aceleró cuando la luz del sol apareció a raudales y descubrió ante ellos un valle que se extendía completamente verde.
Los soldados que marchaban a su espalda, lanzaron una gran aclamación lo que le permitió adivinar que, en efecto, el príncipe había llegado a casa. Más adelante, al otro lado de la verde pendiente, en lo alto de un precipicio que colgaba sobre el valle, vio alzarse el castillo del príncipe. Era una mescolanza de torreones oscuros, y mucho mayor que el hogar de Bella. Daba la impresión de que encerraba todo un mundo, y sus puertas abiertas se desplegaban como una boca ante el puente levadizo.
En ese instante, empezaron a surgir por doquier los súbditos del príncipe, como meras manchas en la distancia que aumentaban poco a poco de tamaño; todos iban en dirección a la carretera que descendía serpenteante para luego volver a subir ante ellos.
Unos jinetes atravesaron el puente levadizo y se dirigieron al trote hacia la comitiva, haciendo sonar sus trompetas mientras sus numerosos estandartes ondeaban a sus espaldas.
El aire era más cálido, como si este lugar estuviera protegido de la brisa del mar. Tampoco era tan oscuro como los angostos pueblos y bosques por los que habían pasado. Bella advirtió que los atuendos de los campesinos eran más claros y brillantes.
Pero a medida que se acercaban al castillo Bella vio, a lo lejos, no sólo a los campesinos que habían mostrado su admiración a lo largo de todo el camino, sino también una gran multitud de nobles y damas ataviados con suntuosos ropajes.
Bella estaba segura de que articuló un grito ahogado, y es muy probable que bajara la cabeza de inmediato, porque el príncipe se adelantó para situarse a su lado, la acercó al caballo y le susurró al oído:
—Ahora, Bella, ya sabéis lo que espero de vos. Ya habían llegado al empinado camino de acceso al puente y Bella comprobó que se trataba precisamente de lo que ella más temía: allí había hombres y mujeres de su misma condición, todos ellos vestidos de terciopelo blanco con ribetes dorados, o de colores alegres y festivos. No se atrevió a mirar, notó de nuevo el rubor en sus mejillas y por primera vez se sintió tentada a abandonarse a la merced del príncipe y a suplicarle que la ocultara. Una cosa era ser mostrada ante los campesinos que la elogiaban y la convertirían en una leyenda, pero oír las risas, las murmuraciones y los comentarios arrogantes era muy distinto, y le resultaba insoportable.
Sin embargo, el príncipe desmontó, le ordenó que se pusiera a cuatro patas y le dijo con dulzura que así era como debía entrar en el castillo.
Bella se quedó petrificada. La cara le ardía, pero se dejó caer rápidamente para obedecer, y a su izquierda vislumbró las botas del príncipe mientras ella se esforzaba por mantener su ritmo al cruzar el puente levadizo.
Mientras la conducían a través del sombrío corredor, la princesa no se atrevió a alzar la vista, aunque reparó en las espléndidas capas y botas relucientes que la rodeaban. A ambos lados, nobles y damas se inclinaban ante el príncipe. Se oían susurros de bienvenida y le lanzaban besos mientras ella avanzaba desnuda a cuatro patas como si no fuera más que un pobre animal.
Cuando llegaron a la entrada del gran salón, una estancia mucho más vasta y sombría que cualquier sala de su propio palacio, en el hogar ardía un inmenso fuego crepitante, pese a que los cálidos rayos del sol se derramaban a través de las altas y estrechas ventanas. La princesa tenía la impresión de que los nobles y las damas pasaban apresuradamente a su lado y discurrían silenciosamente junto a las paredes en dirección a las largas mesas de madera. Sobre las mesas habían dispuesto ya platos y copas. El aire estaba impregnado del aroma de la cena.

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