EL VIAJE Y EL CASTIGO EN LA POSADA
A la mañana siguiente toda la corte estaba reunida en el gran vestíbulo para despedir al príncipe. La corte en pleno, incluido el agradecido rey y su reina, permaneció en pie con la mirada baja y la cintura reclinada mientras el príncipe descendía por los peldaños con la desnuda Bella Durmiente caminando tras él, quien le había ordenado que mantuviera las manos enlazadas detrás del cuello por debajo del pelo y que le siguiera justo un poco a su derecha para que pudiera verla por el rabillo del ojo. Ella obedeció sin que sus pies descalzos produjeran el más leve sonido al pisar los gastados escalones de piedra.
—Querido príncipe —dijo la reina cuando éste llegó a la puerta principal y vio que sus soldados lo esperaban a caballo sobre el puente levadizo—, estaremos eternamente en deuda con vos, pero es nuestra única hija.
El príncipe se volvió para mirarla. Todavía era hermosa, a pesar de que le doblaba la edad a Bella, y se preguntó si también ella habría servido a su bisabuelo.
—¿Cómo osáis preguntarme? —inquirió el príncipe pacientemente—. He restaurado vuestro reino y, bien sabéis, si recordáis algo de las costumbres de mi tierra, que Bella mejorará notablemente con su servidumbre allí.
Entonces, en la cara de la reina apareció el mismo rubor revelador que había mostrado antes el rey, y la soberana inclinó la cabeza en señal de aceptación.
—Pero con toda seguridad permitiréis que Bella se ponga algunas ropas —susurró—, como mínimo hasta que llegue al límite de vuestro reino.
—Todos los pueblos comprendidos entre este castillo y mi reino nos han sido leales durante un siglo. En cada uno de ellos proclamaré vuestra restauración y el nuevo gobierno, ¿queréis algo más? Esta primavera está siendo cálida; Bella no sufrirá ninguna enfermedad por servirme desde este mismo instante.
—Perdonadnos, alteza —se apresuró a decir el rey—, pero ¿sigue siendo igual en estos tiempos?, ¿el vasallaje de Bella no será para siempre?
—Nada ha cambiado. Bella será devuelta en su momento. Y habrá mejorado enormemente tanto en sabiduría como en belleza. Ahora, decidle que obedezca al igual que vuestros padres os ordenaron que os sometierais cuando os enviaron a nosotros.
—El príncipe está en lo cierto, Bella —dijo el rey en voz baja, sin querer mirar a su hija—. Obedecedle. Acatad también las órdenes de la reina. Y aunque vuestro vasallaje os parezca sorprendente y difícil en algunos momentos, confiad en que regresaréis, como él dice, habiendo cambiado para mejor.
El príncipe sonrió.
Los caballos se mostraban inquietos sobre el puente levadizo. El corcel del príncipe, un semental negro, era especialmente difícil de refrenar, así que, despidiéndose de todos ellos una vez más, el príncipe se volvió y cogió a Bella.
La alzó con facilidad situándola sobre su hombro derecho, estrechándola a su propia cintura por los tobillos. Cuando Bella cayó sobre la espalda del príncipe, él oyó un suave gemido y vio el largo cabello dorado que barría el suelo justo antes de subirse al corcel.
Todos los soldados se dispusieron en formación y el príncipe abrió la marcha para adentrarse en el bosque.
Los rayos de sol caían a través del tupido follaje verde. El cielo resplandecía todavía azul y luminoso sobre sus cabezas desvaneciéndose en una luz cambiante de tonalidades verdes a medida que el príncipe avanzaba a la cabeza de sus soldados, canturreando para sí y cantando de vez en cuando en voz alta.
El cuerpo elástico y cálido de Bella se balanceaba sobre el hombro del príncipe, que percibía sus temblores y turbación. Las nalgas desnudas de la princesa aún estaban rojas por la zurra que él le había propinado y se imaginaba perfectamente cuán suculenta debía ser aquella visión para los hombres que cabalgaban tras él.
Mientras guiaba su caballo al paso a través de un denso claro con abundantes hojas rojas y marrones, caídas a sus pies, el príncipe ató las riendas a la silla, palpó la piel suave y velluda situada entre las piernas de Bella y, apoyando la cara en la cálida cadera de la princesa, la besó con delicadeza.
Al cabo de un rato, la bajó del hombro y la posó sobre su regazo, dándole la vuelta igual que antes para que descansara contra su brazo izquierdo. Le besó la cara enrojecida y retiró los largos mechones del rostro. Luego chupó sus pechos casi ociosamente, como si bebiera de ellos.
—Apoyad la cabeza en mi hombro —dijo, y al instante ella se inclinó obedientemente hacia él.
Pero cuando fue a arrojarla otra vez sobre el hombro, Bella gimoteó. El príncipe no se detuvo, y en cuanto la princesa estuvo firmemente asida, con los tobillos sujetos a la propia cadera del príncipe, éste la regañó cariñosamente y le dio varias zurras con la mano izquierda hasta que oyó cómo Bella lloraba.
—Jamás debéis protestar —repitió—. Ni con voces, ni gesticulando. Sólo con lágrimas podéis mostrar a vuestro príncipe lo que sentís. Y no se os ocurra pensar que él no desea saberlo. Y ahora, contestadme con todo respeto.
—Sí, mi príncipe —gimoteó Bella.
Él se conmovió.