A 90 centímetros de profundidad se divisan dos cráneos renegridos -apretujado, uno detrás del otro- y un puñado de piezas óseas, a las que este campesino de 76 años de edad no les ha quitado el ojo desde que comenzaron a salir del fango.
Mientras limpia y despeja hueso por hueso, Óscar Hidalgo -el antropólogo de la Unidad de Exhumaciones de la Fiscalía General de la Nación- dice que uno de los cuerpos lleva las manos acomodadas hacia atrás, como si hubiese estado atado por la espalda antes de la inhumación.
De una bolsa de plástico negra, don Alcides saca ese libro sagrado que con tanta maña cuidó durante las 11 horas de camino:
"Yo leo una oracioncita ahí y si quieren se toman de las manos, ya el resto es privado, por favor. Me dicen cuándo".
El silencio del monte apenas es interrumpido por el ruido de las chicharras y el zumbido de un enjambre de abejas que han llegado hasta este filo que se levanta a 1.740 metros sobre el nivel del mar.
Con el sudor azorándole la cara, luego de haber paleado tierra durante más de cuatro horas, Hidalgo mira a su alrededor y le extiende la mano a un compañero, siguiendo con rigor las instrucciones de don Alcides.
Cinco soldados de la compañía Alemania, del Batallón de Infantería "Batalla de Ayacucho", del Ejército, se deshacen de lo que llevan encima para unirse a lo que parece una cadena humana de oración en la mitad de la maleza y la maraña.
"Me dicen cuándo, me dicen cuándo", repite don Alcides, ansioso. En ese momento comienza a escucharse un grito que permaneció anegado durante hace cinco años:
"Hay poder en Jesús de Nazaret, y en el nombre poderoso de nuestro señor Jesucristo yo le ordeno a este espíritu que salga de esos huesos y vaya adonde no le hagan daño, porque son almas de Dios".
Don Alcides marca luego un silencio y no se deja quebrar. A lo mejor deja que las lágrimas le corran por dentro, porque por fuera no se le ve más que el rostro enjuto y barbado.
Llegar hasta la fosa no fue una tarea fácil. Un equipo criminalístico (compuesto por cuatro investigadores y el fiscal de Exhumaciones, Gustavo Duque) había salido de Medellín tres días antes con algunas coordenadas que proporcionaron campesinos de la zona.